Leonardo miró a Elena. Sus ojos se encontraron y, por un segundo, la rabia de él fue reemplazada por un desconcierto profundo. Ella no retrocedía. Ya no había rastro de la mujer que le servía la cena en silencio. Había una frialdad en su mirada que lo volvía loco; era la misma mirada que tenía Héctor Ponce como no lo vio antes
—Firma el divorcio con mis condiciones, Leonardo —susurró Elena.
—No lo haré, si quieres un puesto en la empresa lo tendrás pero tu y yo vamos a poner las cartas sobre la mesa.
Las miradas curiosas de los empleados estaban atenta a lo que pasaba afuera de la oficina de la nueva socia, Elena no retrocede ni un segundo, no podía creer que a pesar de todo lo que le había hecho Leonardo en sus pensamientos estaba lo guapo que se miraba con ese traje ese traje que ella muchas veces llevó a la tintorería, conocía todo de leonardo, como le gustaba el café, sus alergias alimentarias, su perfume favorito, su color predilecto.
Elena soltó una risa seca, desprovista de humor.
—¿Cartas sobre la mesa? —Elena se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Leonardo—. Durante años, la única carta que hubo sobre la mesa fue mi entrega absoluta mientras tú me ignorabas. Ahora que quiero ser libre, ¿quieres negociar? Es tarde, Leonardo. Firma. No voy a ser el adorno de tu casa nunca más.
Leonardo la observaba, atrapado en una contradicción interna que lo asfixiaba. Hace apenas una semana, el divorcio era su única meta; ahora, verla así —altiva, poderosa, con ese perfume que él mismo olvidó notar durante años— hacía que algo primitivo y posesivo se retorciera en su pecho.
—No voy a firmar nada hasta que entienda qué juego estás jugando —respondió él, con la voz ronca.
—¡Leonardo! ¿Qué significa esto?
Alexa llegó levantando la voz sin importarle que los curiosos estaban viendo la escena
Miro a Elena con desprecio.
—¿Es verdad lo que dice esta mentirosa ¿Ya vas a firmar el divorcio? ya le has dado las acciones que quería ¿Que mas quieres Elena?
—Yo solo quiero el divorcio, pero tu Leo no quiere darmelo, habla con él.
Elena se aleja dejándolos para que discutan, Elena no pudo evitar una sonrisa de satisfacción.
Elena caminó hacia el ascensor donde Tadeo la esperaba con una sonrisa lánguida. Se fueron juntos a un exclusivo restaurante cercano. Leonardo, impulsado por una rabia que no podía controlar, los siguió a una distancia prudente. no se sacaba de la cabeza que Tadeo y ella estaban juntos e iba a ir personalmente a comprobarlo.
Sentados a la mesa, Tadeo notó por el reflejo del cristal la figura de Leonardo en la entrada del local. No era bueno para esconderse, nunca había tenido la necesidad de hacerlo, a esta hora debería estar en la oficina haciéndose cargo de su empresa pero estaba espiando a la mujer que hasta hace una semana vivía con él.
Tadeo se iba a divertir, aprovechó que Elena se manchó para acercarse a ella y delicadamente limpiarla con la servilleta. Quería que Leonardo supiera lo que se perdió, tuvo a una mujer tan hermosa a su lado y no la valoro.
—Siempre me mancho. papá siempre me regañaba porque manchaba la ropa y eso no era de señoritas solía decirme.
—Eres su adoración, siempre hablaba de ti.
—Papá era el mejor
Tadeo intentó acercarse más a Elena, Elena se lo permitió confiaba en él, pero no había ningún sentimiento entre ellos, Leonardo prometió a su difunto mentor proteger a Elena siempre y lo haría y ahora que estaba divorciada no iba a permitir que cayera de nuevo con un hombre que no la amara.
Leonardo estaba viendo como reían, como Tadeo la tomaba de la mano, como le limpiaba los labios, por un momento se vio yendo hacia la mesa y reclamando lo que legalmente es de él su esposa. Pero no lo hizo pago el refresco que tomó y se fue pero con la idea que Elena aprovechó que quería divorciarse para estar con Tadeo y no lo iba a permitir ahora más que nunca, no le daría el divorcio
***
Al día siguiente, Elena recibió la invitación a la Gala de Beneficencia del Sector Empresarial. Era su debut oficial. Aunque planeaba ir con Tadeo, pero al final tenía que presentarse con su socio, y para su desgracia Leonardo lo era.
La noche de la gala, Elena lucía espectacular lució un vestido de una chica local, le encanto era rojo fuego parecía cobrar vida propia bajo las lámparas de cristal era de seda pesada se sujetaba a su silueta con una precisión. Al llegar.
Leonardo llega sosteniéndola del brazo, Elena se sobresalta, habían decidido que se mirarían en el estacionamiento fue decisión de elena no quería compartir auto con el.
Leonardo por un momento se vio eclipsado por la belleza de Elena, que por un momento se olvidó de Alexa que sabía que iba asistir a la gala.
—Sonríe, Elena. Sigo siendo tu esposo —le dijo al oído.
—Por ahora —replicó ella entre dientes.
Para sorpresa de Elena, cuando los periodistas se acercaron, Leonardo declaró con voz firme: —Les presento formalmente a mi esposa, Elena de Gonzaga.
los flashes empezaron dejando casi ciega a Elena. Todos la querían para portada, para la prensa era una desconocida, lo último que saben es que Leonardo Gonzaga era soltero pero que actualmente estaba saliendo con Alexa.
Para Elena era difícil estar entre tantas personas, ropa cara, perfumes caros, estaba consciente que ella también llevaba un vestido elegante pero ella no se identificaba con eso.
La puerta del salón se abrió y el aire parecía congelarse. Alexa entró con una sonrisa triunfal, pero no venía sola: traía del brazo a la madre de Elena, una mujer que siempre había preferido el estatus del apellido Ponce sobre la felicidad de su propia hija.
Alexa fue directamente hacia Leonardo mientra los reporteros tomaban fotos para ellos era la gran nota. Alexa ¿estaba saliendo con un hombre casado? se preguntaban.