La Venganza De Elena

CAPITULO 8

Leonardo pasó muy mala noche, no estaba acostumbrado a dormir en otro lado que no fuera su cama, pero después de discutir con Alexa y que esta se fuera muy molesta, subió a su habitación pero estaba cerrada con llave. si bien pudo bajar por la llave no lo hizo, sabía que ella estaba ahí.

—Señor la señora se ha ido me ha dicho que se llevó su auto, lo dejara en la puerta.

—Gracias Matilde, llama a un taxi por favor saldré en 10 minutos.

Leonardo había tomado una decisión, no le daría el divorcio a Elena, no, no se la dejaría así de fácil a Tadeo Valencia.

***

Elena llegó a su casa, los recuerdos sin querer le llegaron, cuando Leonardo la llevó por primera vez sintió muy bonito no solo se había casado con el hombre que amaba también le había comprado la casa más hermosa. se paró junto al ventanal su jardín, su hermoso jardín, ojala pronto consiga una casa igual de espectacular donde pueda volver a plantar planta por planta.

El recuerdo cambió a las incontables noches esperando con la mesa puesta, viendo cómo las velas se consumían hasta apagarse, igual que su esperanza, mientras él llegaba tarde, siempre distante, siempre con el pensamiento en otra parte. Esa fue su realidad Leonardo siempre pensaba en Alexa.

Elena se abrazó a sí misma, sintiendo un escalofrío. El lujo de la casa ahora le resultaba sofocante, una jaula de oro que Leonardo había comprado para cumplir con una formalidad social, no para albergar un corazón.

Intento ya no pensar en lo que nunca pudo ser, sube las escaleras, pensaba no llevarse nada, pero había cosas de su padre que quería conservar por eso volvió, tenía miedo que Leonardo o Alexa tiraran lo poco que le quedaba de su padre.

Entró por pura curiosidad a la habitación de Leonardo, se prometió que sería la última vez que entrara, no pensaba volver a esa casa.

La atmósfera en la habitación de Leonardo era pesada, cargada con el aroma de su perfume amaderado que antes a Elena le resultaba reconfortante y ahora le oprimía el pecho. Se acercó al escritorio de caoba, un mueble que siempre le pareció un altar a su trabajo y a su frialdad.

Vio un cajón abierto, es raro por que Leonardo siempre tiene todo ordenado, seguramente no ha venido a esta casa, ya no tiene por que hacerlo. su nueva vida con Alexa no está aquí.

Cuando va a cerrar el cajón una caja de cuero llama su atención. lo sacó con cuidado, era una caja desgastada, nunca la había visto a pesar que ella limpiaba la habitación. En la caja no había secretos de negocios. Había color. Eran sobres de colores, tarjetas con bordes dorados y notas pequeñas escritas a mano.

Eran todas las cartas que ella le había escrito: los aniversarios, los "te amo" espontáneos, e incluso aquella nota que le dejó en el espejo cuando cumplieron su primer mes de casados.

No estaban tiradas al azar; estaban ordenadas por fecha. Elena tomó la última, la del tercer aniversario la que le escribió ese mismo día que le pidió el divorcio, notó que el papel estaba ligeramente arrugado en las esquinas, como si alguien lo hubiera leído una y otra vez.

¿Por qué lo había guardado? esa pregunta se repetía una y otra vez.

Un crujido en el umbral de la puerta la hizo saltar. Leonardo estaba allí, apoyado en el marco. No lucía como el hombre impecable y altivo de siempre; tenía la corbata desanudada y la mirada extrañamente cansada. Elena se tensó, esperando el reclamo, la orden de que se fuera, el frío habitual.

Pero Leonardo no gritó. Se quedó observándola en silencio, con los ojos fijos en la carta que ella aún sostenía.

—Vine por las cosas de mi padre, Leonardo. No quiero dejar nada que puedas tirar a la basura.

Leonardo dio un paso hacia el interior de la habitación, acortando la distancia pero sin invadir su espacio.

—Nadie va a tirar nada, Elena. Y nadie va a mudarse de esta casa.

Él miró la caja de cartas y, por primera vez en años, Elena vio una grieta en su armadura. No había rastro de la indiferencia que la había asfixiado tanto tiempo.

—Las guardé porque eran lo único real que tenía —continuó él, bajando la vista—. Aunque no sabía qué hacer con tanto amor en ese momento.

Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Esa vulnerabilidad en la voz de Leonardo era un idioma que ella no conocía; él siempre había sido un bloque de hielo, un hombre de certezas y distancias.

Leonardo se acercó un paso más, sus ojos recorriendo el rostro de Elena como si intentara memorizarlo, comparando la realidad con la imagen que había tenido de ella durante tanto tiempo.

Leonardo se lamentaba nunca haber valorado a Elena, sólo cuando la perdió.

—Pensé que la amaba, Elena —confesó él, y el nombre de Alexa flotó en el aire, pero esta vez no como una amenaza, sino como un error admitido—. Durante años guardé una idea de ella en mi cabeza. Una sombra. Pero la Alexa que regresó... no es la mujer por la que descuidé mi hogar. No es nada de lo que imaginé.

Elena soltó un suspiro tembloroso, apretando la carta de aniversario entre sus dedos. —Te tomó demasiado tiempo darte cuenta, Leonardo. Me ignorabas a pesar de siempre intentar todo para llamar tu atención.

—Lo sé —respondió él, y por primera vez, Elena vio que sus manos también temblaban—. Me tomó perderte para empezar a mirar.

Elena no sabía qué pensar, no sabía si creerle, estaba siendo sincera con ella o solo quería volver a tenerla a sus pies como antes.

Ella bajó la mirada a la caja. Recordó cuánto había llorado escribiendo esas palabras, cuánta esperanza había puesto en cada sobre. Ver que él las había atesorado era como recibir un bálsamo en una herida que creía muerta.

—¿Por qué me lo dices ahora? —preguntó ella, con la voz quebrada—. Ya estamos en los trámites de divorcio.

Leonardo dio el paso final, quedando a escasos centímetros de ella. No intentó tocarla, pero su presencia era abrumadora.




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