La Venganza De Elena

CAPITULO 11

Pasaron tres días desde el tenso encuentro en el club, Elena ya estaba viviendo de nuevo en la mansión Gonzaga, pero ahora no era la mujer sumisa, ya no le lavaba la ropa a Leonardo, ya no limpiaba la casa, y mucho menos le rogaba amor, Leonardo ahora iba a casa temprano, sus ojos seguían a Elena una mezcla de curiosidad y un sentimiento que ella no lograba descifrar sin embargo , Elena ya no buscaba su aprobación.

Elena se fijó en el espejo que mandó a poner en su oficina. Vestía un traje de sastre rojo. Esa mañana no esperé a Leonardo, ya no era su sombra.

Tadeo llegó puntual a la reunión que tendrían.

—Los accionistas están un poco nerviosos — Tu padre era el mejor y no te ofendas pero tienen dudas sobre ti y si llevarías bien la empresa de tu padre.

—Les voy a demostrar a todos que yo puedo, estoy preparada para esto. Y también para la empresa Gonzaga Internacional. Vamos a hacer negocios Tadeo.

Elena camino hacia la sala de reuniones pasando por un lado del despacho de Leonardo, ahora toda la empresa estaba al tanto que Leonardo y ella eran esposos.

Desde su despacho, Leonardo la miro pasar a través del cristal. Alexa estaba sentado enfrente de él, pero a Leonardo ya no le importaba, no le importaba mirar a Elena.

—¿No entiendo por qué sigue aquí?

—Elena es la dueña del 15% y del 30% de los activos de este proyecto por derecho por la empresa de su padre.

—¿Sabías que dejó prácticamente en la calle a mi tía? Es de lo peor.

—Beatriz no es la mejor madre, nunca ha querido a Elena, nunca he sabido por que.

—¿Tú por qué crees?

—No lo sé Alexa, ya me voy tengo trabajo. —Lo único que quería es ir tras de Elena, ni él entendía porque estaba obsesionado con la nueva Elena.

***

Al final de su jornada laboral Elena regresó a su oficina para tomar sus cosas, trabajar y ocuparse de dos empresas era agotador pero no imposible.

—¿Todavía estás jugando a ser empresaria, Elena? —Su madre que estaba esperándola en la oficina le tiró el veneno contenido.

—¿Qué quieres mama?

—Me des lo que me corresponde.

—Soy la única heredera, agradece que te deje vivir a mis costas por tantos años, ahora pídele a tu sobrina favorita que te mantenga.

—¡Ya basta de insolencias, Elena!—Los gritos se escucharon por todo el piso. Te olvidas de quién soy. Fui la esposa de Hector. Exigo que me entregues lo que me corresponde por ley.

—Ya tienes tu casa madre, eso es lo que te corresponde.

—no voy a permitir que una niña caprichosa me deje en la calle.

Elena dio un paso hacia ella, obligando a su madre a retroceder.

—Yo soy la única y absoluta heredera de Hector Ponce, en el testamento quedó claro que mi padre te dejó una propiedad y una renta mensual para que vivieras con dignidad.

Elena miró a su madre directamente a los ojos, con una claridad que nunca antes había tenido.

—Siempre dijiste que Alexa era la hija que siempre quisiste, ¿no? pues felicidades, ya la tienes. pero no esperes que la hija que siempre desgraciaste siga financiando tu estilo de vida.

Sin esperar respuesta, Elena se dio la vuelta. Sus tacones resonaron en el mármol con una fuerza renovada.

Leonardo observó la escena, Elena era una fiera, antes jamás la había visto enfrentarse a su madre, al contrario él era testigo de las veces que la humillaba, todas esas veces a él no le importaba.

La noche había caído Elena cansada llegó a la casa Gonzaga. Pero a pesar del cansancio entró a la biblioteca rodeada de carpetas de ambas empresas, ni siquiera fue a su habitación para cambiarse, se quitó solo los tacones y desabrochó el primer botón de su blusa.

El sonido de la puerta abriéndose la hizo tensarse, sabía quién era, Leonardo. Pero no tenía su habitual máscara de frialdad, también estaba cansado.

—Te vi hoy en la oficina —dijo él, rompiendo el silencio. Su voz era grave, casi un susurro—. Nunca te había visto defenderte así. Ni siquiera de mí.

Elena no levantó la vista de sus papeles, aunque el pulso se le aceleró. El perfume de Leonardo, esa mezcla de madera y cítricos que tanto conocía, empezó a llenar el espacio.

—Me canse de ser la presa ahora soy el cazador.

Leonardo se acercó lentamente hasta quedar detrás de su silla. Elena sintió el calor de su cuerpo. Ella seguía enamorada de él; cada fibra de su ser lo gritaba, pero su orgullo era ahora su armadura.

De pronto, las manos de Leonardo se posaron en los hombros de Elena. Ella se sobresaltó, pero no se alejó. Él comenzó a masajear con suavidad los músculos tensos de su cuello.

—Lo siento —soltó él. Esa palabra que nunca antes había cruzado sus labios—. Siento haber dejado que Alexa y tu madre te pisotearan. Siento no haber visto quién eras realmente.

Elena cerró los ojos, luchando contra las lágrimas. su toque era eléctrico. Era la primera vez que la tocaba no por compromiso sino con una ternura que la desarmaba.

—¿Por qué ahora, Leonardo? —preguntó ella con la voz quebrada.

— Porque hoy, cuando te vi enfrentarla, sentí miedo. Miedo de que ya sea demasiado tarde para recuperar a la mujer que tuve a mi lado tres años y a la que nunca supe valorar.

Leonardo acortó la distancia. Sus rostros estaban a milímetros. Elena podía sentir su respiración. El conflicto interno la desgarraba: quería besarlo, quería perderse en él, pero también recordaba cada desprecio.

—Sigues siendo mi esposa, Elena —murmuró él, rozando sus labios con los suyos.

—Solo en el papel, Leonardo… —susurró ella, aunque sus manos se cerraron con fuerza sobre la camisa de él, atrayéndolo más.

Él no esperó más y la besó. Fue un beso hambriento, cargado de arrepentimiento por parte de él y de una pasión contenida por años por parte de ella. Por un momento, las empresas, Alexa y la herencia dejaron de existir. Solo quedaban ellos dos en la penumbra.




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