Elena tiene el control de su vida y lo está disfrutando, Ya no le importa nada ni lo que diga su mama, alexa o Leonardo. Es por eso que está en un exclusivo restaurante esperando a Eric, por un momento se sorprendió cuando le llamó para invitarla a comer, pero despues tenia claro que Eric se quedó impresionado con ella, no se iba a aprovechar de él, ella no es como Alexa no iba a jugar con los sentimientos de un hombre, más que nadie sabe cómo se siente, ella lo vivió por muchos años, enamorada de un hombre que nunca la valoro.
—¿Quiere otro trago señora?
—Si por favor.
Eric no suele ser impuntual pero no esperaba la visita de Alexa ¡Que mujer! fue a suplicarle que la dejara en paz y que estaba dispuesta a decirle donde se había ido su socio a huir. Pero lo que Alexa no sabía es que su socio ya estaba en la cárcel solo le faltaba ella.
—Por favor Eric, ya tienes que dejar todo esto en el pasado, ya no soy esa mujer.
—Ya no tienes nada que ofrecerme. Y ahora vete que tu llanto solo me provocan dolor de cabeza, me engañaste una vez jamas lo volveras a hacer.
Sin una pizca de remordimiento, Eric se apartó de ella y tomó su teléfono, ya era tarde, odiaba llegar tarde y ahora por culpa de Alexa Elena estaba esperándolo, le envió un mensaje disculpándose.
Eric entró al restaurante intentando que la adrenalina de su encuentro con Alexa no se reflejara en su rostro. Al ver a Elena, sentada con una copa de vino y la mirada perdida en el paisaje nocturno de la ciudad, sintió un vuelco. Se veía radiante, dueña de sí misma de una forma que nunca antes había notado.
—Siento mucho la demora, Elena —dijo él, tomando asiento frente a ella.
Elena le dedicó una sonrisa tranquila, sin reproches. —No te preocupes, Eric. Estaba disfrutando de mi propia compañía. Hacía mucho que no me sentía tan cómoda conmigo misma.
La cena transcurrió entre risas ligeras y anécdotas. Eric estaba cautivado; la conversación de Elena era inteligente, fluida y, sobre todo, honesta. Sin embargo, cuando él intentó deslizar un cumplido, ella dejó su copa en la mesa y lo miró fijamente.
—Eric, valoro mucho este detalle y que hayas querido verme —comenzó ella con voz firme
—Pero quiero ser muy clara desde el principio. He pasado años viviendo para los deseos de otros, intentando encajar en los planes de hombres que no me veían. Hoy, mi prioridad soy yo. No estoy buscando una relación, ni compromisos, ni drama. Si lo que buscas es una amistad sincera, alguien con quien hablar y compartir momentos como este, la tendrás. Pero nada más. No quiero que te hagas ideas equivocadas.
Eric no hacía más que admirar a Elena, era una mujer honesta y le gustaba que le hablara con la verdad eso hacía que le gustara más.
La velada continuó con una atmósfera mucho más relajada. Ya no había juegos de seducción pesados, sino una conexión real.
A la mañana siguiente Leonardo estaba de mal humor, porque Elena llegó a media noche, con unas copas de más, no le dijo dónde había estado ni con quién pero él lo sabía, Eric Montenegro.
Cuando Elena bajó las escaleras, luciendo fresca y sin una pizca de arrepentimiento, Leonardo estalló. No soporto mirarla feliz.
—¿Se puede saber dónde estabas? —soltó él, interceptándola en el pasillo
— Llegaste en un estado deplorable, Elena. A medianoche. ¿Con quién estabas? ¿Quién te trajo?
Elena ni siquiera se detuvo. Caminó hacia la cocina.
—Estaba cenando, Leonardo. Y no sabía que ahora tenía un horario de llegada como si fuera una adolescente —respondió ella, sirviéndose un vaso de agua con total calma.
—Eres mi esposa se te olvida.
—Discúlpame por olvidarlo. Estaba tan acostumbrada a estar sola —le reprocha.
—¡No me salgas con eso! —gritó él, golpeando la barra de la cocina.
—Lo que yo haga con mi tiempo, con quién cené o a qué hora regrese, ya no es de tu incumbencia —dijo ella en un tono bajo, pero firme—. Tus celos son tu problema, no el mío. Si piensas lo peor, es porque eso es lo que tú harías en mi lugar. Pero yo no soy como tú, ni como Alexa.
Elena pasó por su lado, rozando su hombro con una indiferencia que le dolió más que cualquier insulto.
El teléfono de Elena vibró con un mensaje que la hizo palidecer:
"Elena, por favor, ven a verme. Me siento mal y me remuerde la conciencia. Si todavía me queda algo de tu perdón, ven por las pertenencias de tu padre. Te pertenecen a ti".
A pesar de toda la fortaleza que Elena había construido, el nombre de su padre era su único punto débil. Con el corazón en un hilo y olvidando por un momento la frialdad de su madre, condujo a toda prisa.
Al llegar, la casa estaba en una penumbra inusual. Su madre la esperaba al pie de la escalera, con un pañuelo en la mano y fingiendo una fragilidad que nunca había tenido.
—Qué bueno que viniste, hija —dijo con una voz que pretendía ser dulce, pero que escondía un veneno mortal
— Todo lo de tu padre... sus diarios, sus fotos, sus relojes... lo subí al ático. No tengo fuerzas para bajar las cajas. Sube tú, recógelo todo. Es tu herencia, es lo único que te dejaré.
Elena, conmovida por lo que creía era un gesto de redención, asintió. —Está bien, mamá. Gracias por esto. Subiré por ellas.
Mientras Elena subía peldaño a peldaño, la expresión de su madre se transformaba. La máscara de fragilidad cayó, dejando ver un rostro desencajado por el odio y la envidia hacia su propia hija.
Elena llegó al descanso superior, pero sólo encontró cajas vacías. Confundida, se dio la vuelta para preguntar, cuando vio a su madre frente a ella. Los ojos de la mujer no tenían rastro de amor, solo una oscuridad absoluta.
—¡Nunca debiste nacer! ¡Siempre fuiste un estorbo para mis planes! —gritó su madre.
Antes de que Elena pudiera reaccionar o sujetarse del barandal, sintió el empujón violento y certero en el pecho. El mundo se volvió un torbellino de dolor. Elena sintió cada escalón golpeando su cuerpo, el sonido seco de sus huesos chocando contra la madera, hasta que el último impacto en el suelo de mármol de la entrada retumbó en toda la casa.