Marta pasó el resto de la noche flotando por la ciudad, explorando las calles vacías y las sombras profundas. La ciudad, con su mezcla de lo antiguo y lo moderno, parecía tener vida propia. Los faroles emitían una luz tenue, y las ventanas reflejaban el brillo plateado de la luna. Marta sentía una conexión especial con las esquinas oscuras y los callejones estrechos, como si su nuevo estado la hiciera parte de la misma esencia de la ciudad.
Mientras flotaba, Marta se dio cuenta de que, aunque no podía interactuar físicamente con el mundo, podía percibir los pensamientos y emociones de las personas. Este nuevo sentido la llenó de una mezcla de fascinación y terror. Podía sentir el miedo, la alegría, la tristeza y la esperanza de los habitantes de la ciudad. Era una maraña de emociones que, de alguna manera, la ayudaba a sentirse menos sola en su estado espectral.
Al amanecer, Marta volvió al pequeño apartamento que compartía con Javier. La luz del sol comenzó a filtrarse por las cortinas, iluminando la habitación donde había ocurrido su muerte. Observó a Javier, que había regresado en algún momento de la noche. Estaba dormido en el sofá, su rostro aún contorsionado por la culpa y el miedo. La ira de Marta se intensificó al verlo tan plácidamente dormido, como si nada hubiera pasado.
Marta decidió probar los límites de sus nuevas habilidades. Concentrándose con toda su fuerza, logró mover una pequeña fotografía sobre la mesa de café. La imagen de ellos dos en tiempos más felices cayó al suelo con un sonido sordo. Javier se despertó sobresaltado, mirando alrededor con ojos llenos de pánico.
—¿Quién está ahí? —gritó, su voz quebrada por el miedo.
Marta no respondió, pero sintió una oleada de satisfacción al ver su reacción. Sabía que tenía el poder de atormentarlo, de hacerle pagar por lo que le había hecho. Pero necesitaba más que eso; necesitaba justicia, no solo venganza.
Decidida a seguir adelante con su plan, Marta volvió al campus universitario. Encontró a Marcos en su sala de arte, tal como lo había dejado la noche anterior. Estaba trabajando en su lienzo, pero su mente claramente estaba en otra parte. Marta podía sentir su confusión y curiosidad. Decidió hacer su presencia conocida de una manera más sutil.
—Marcos, estoy aquí —susurró, su voz acariciando el aire como una brisa suave.
Marcos dejó caer su pincel y miró alrededor, buscando la fuente de la voz.
—Marta, si eres real, muéstrame una señal —dijo en voz baja.
Marta concentró su energía en un pequeño cuaderno de bocetos sobre la mesa. Con un esfuerzo considerable, logró abrirlo y pasar las páginas hasta que una quedó expuesta, mostrando un dibujo que Marcos había hecho de Sofía.
Marcos se quedó sin aliento, sus ojos fijos en el cuaderno. Sabía que nadie más conocía ese dibujo. Era una prueba de que Marta era real, o al menos de que algo sobrenatural estaba ocurriendo.
—Está bien, Marta. Te creo. ¿Qué necesitas que haga? —preguntó, su voz temblando, pero decidida.
—Necesito tu ayuda para exponer a Javier y hacer que pague por lo que me hizo —respondió Marta, su voz llena de una determinación fría—. Pero primero, déjame contarte mi historia.
Marcos se sentó, escuchando atentamente mientras Marta le relataba los eventos que llevaron a su muerte. Le habló de su relación con Javier, de cómo él había pasado de ser un amante atento a un hombre consumido por los celos. Le contó sobre la fatídica noche en que todo había terminado, sobre la discusión que se había convertido en una pelea y, finalmente, en su asesinato.
—Javier no solo me quitó la vida —dijo Marta, su voz cargada de tristeza—. Me arrebató todo lo que era y todo lo que podría haber sido. No puedo descansar hasta que pague por lo que hizo.
Marcos sintió una mezcla de compasión y horror al escuchar la historia de Marta. No podía imaginar el dolor y la traición que había sufrido. Pero también sabía que, al ayudarla, se estaba adentrando en un mundo peligroso y desconocido.
—Haré lo que pueda para ayudarte, Marta —dijo finalmente—. Pero necesito saber cómo. ¿Qué esperas que haga?
Marta explicó su plan. Necesitaban recolectar pruebas de los crímenes de Javier, algo que pudieran llevar a la policía o usar para exponerlo públicamente. Sabía que Javier tenía un diario donde anotaba sus pensamientos más oscuros y sus secretos. Si podían encontrarlo, sería la clave para su venganza.
—Primero, necesitamos entrar en el apartamento y encontrar ese diario —dijo Marta—. Luego, podemos pensar en cómo usar la información.
Marcos asintió, aunque su mente estaba llena de dudas y miedos. Sabía que estaba a punto de cruzar una línea peligrosa, pero no podía retroceder. Algo en la desesperación de Marta lo había tocado profundamente, y estaba decidido a ayudarla, sin importar el costo.
Esa noche, mientras la ciudad dormía, Marta y Marcos se dirigieron al apartamento de Javier. El corazón de Marcos latía con fuerza mientras se acercaban a la puerta. Marta, invisible y etérea, flotaba a su lado, susurrándole palabras de ánimo.
—Puedes hacerlo, Marcos. Confía en mí.
Con manos temblorosas, Marcos intentó abrir la puerta. Para su sorpresa, estaba cerrada con llave. Miró a Marta, desesperado.
—¿Y ahora qué? —preguntó en un susurro.
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historia corta, fantasmas y venganza, narración en tercera persona
Editado: 01.08.2025