Fabián siempre había creído que el silencio de la madrugada en el sótano de la multinacional era una ventaja. Mientras el resto de la ciudad dormía, él pasaba el turno de 11:00 p.m. a 6:00 a.m. limpiando discos duros obsoletos y ejecutando scripts de mantenimiento en servidores que la empresa ya no usaba. Su único puente con el mundo exterior era una vieja netbook de 11 pulgadas que cargaba a todos lados; un equipo lento, ruidoso, pero extrañamente fiel.
A las 3:14 a.m., el ambiente se sentía especialmente denso. El zumbido monótono de los extractores de aire era lo único que rompía el aislamiento acústico. Fabián tomó un sorbo de café frío y presionó Enter para iniciar el borrado de un lote de datos del año 2012. Sin embargo, la barra de progreso se congeló en el 84%.
La pantalla de la netbook parpadeó y una línea de comando empezó a escribir texto por sí sola, saltándose todos los protocolos de administrador. En el centro del escritorio apareció una carpeta sin ícono, nombrada simplemente: _pendiente.exe. Al hacer doble clic, no se abrió una base de datos ni un documento de texto. La pantalla se tiñó de negro y, tras unos segundos de estática gris, se activó una transmisión de video en vivo.
La calidad era pésima, pixelada y con un tinte verdoso de visión nocturna. La cámara apuntaba al centro de una habitación cúbica, sin ventanas, con paredes de hormigón desnudo. Allí, sentado en una silla de oficina y de espaldas a la lente, había un hombre. Debido a la penumbra y a la inmovilidad de la figura, Fabián tuvo la escalofriante sensación de que estaba atrapado.
Se inclinó hacia la pantalla, ajustándose los lentes. Había algo profundamente perturbador en la imagen. El hombre vestía una sudadera gris con una mancha de lavandina en el hombro izquierdo... exactamente la misma sudadera que Fabián llevaba puesta esa noche.
Antes de que pudiera procesar la coincidencia, la puerta de la habitación en el video se abrió. Una figura alta, vestida por completo de negro y con el rostro cubierto por una máscara de soldar, entró lentamente. No miró al hombre de la silla. Caminó directo hacia la cámara, sacó un trozo de cartón de su chaqueta y lo sostuvo frente a la lente. Escrito con marcador grueso, se leía: "Deja de mirar, Fabián."