Fabián se quedó rígido en la silla giratoria. Quería correr hacia la salida de emergencia, pero el miedo lo tenía clavado al suelo. La pantalla de la netbook parpadeó de nuevo y la transmisión de video volvió a maximizarse, esta vez ocupando cada milímetro del monitor, ocultando el reloj y el menú del sistema.
El video seguía en vivo, pero la perspectiva había cambiado ligeramente. Ahora se apreciaban más detalles del fondo de la habitación donde estaba el rehén. Fabián ahogó un grito cuando reconoció las estructuras del fondo: no eran paredes de hormigón comunes, eran las filas de armarios metálicos de los servidores. Esos mismos armarios que estaban a solo unos metros de él, sumergidos en la oscuridad del sótano.
En la transmisión, el intruso de la máscara de soldar sacó un teléfono del bolsillo. En el mundo real, el celular de Fabián empezó a sonar con una melodía estridente que cortó el silencio como un cuchillo. Con dedos torpes y entumecidos, Fabián deslizó la pantalla para contestar. No hubo saludos.
Al principio solo se escuchaba el pitido agudo y rítmico de un módem antiguo, una frecuencia molesta que le taladraba el oído. Luego, una voz modulada por un software de distorsión, artificial y carente de cualquier rastro humano, susurró:
—Estás en el sector 4B. Los servidores viejos no tienen cámaras de seguridad oficiales, Fabián. Por eso tuvimos que instalar la nuestra.
Fabián despegó el teléfono de la oreja y miró la pantalla de la netbook. En el video, el secuestrador caminaba hacia el pasillo trasero de la habitación, perdiéndose en la penumbra. Dos segundos después, en el mundo real, el eco de unos pasos pesados con suela de goma resonó al fondo del pasillo de servidores, justo detrás de la fila donde Fabián estaba sentado.