La adrenalina disparó sus sentidos. El cerebro de Fabián intentaba desesperadamente procesar las variables de la ecuación, buscando una salida, una falla en el sistema que lo rodeaba.
Miró fijamente la pantalla de la netbook. El cristal líquido del monitor, ligeramente inclinado, actuaba como un espejo oscuro, reflejando lo que sucedía a sus espaldas en la oficina en penumbras. A través de ese reflejo deforme, vio una silueta alta emerger de la oscuridad del pasillo de servidores. Llevaba una máscara de soldar que reflejaba la luz azul del monitor.
Fabián no se atrevió a girar la cabeza. Sabía, con una certeza espantosa, que si se giraba rompería las reglas del "juego" y el desenlace sería inmediato. En lugar de eso, mantuvo los ojos fijos en el video de la pantalla. Vio cómo la figura en la transmisión levantaba un cable de acero grueso, con los extremos preparados para la estrangulación.
Miró el reflejo del monitor. La silueta real, detrás de su silla, imitó el movimiento exacto, elevando los brazos en la oscuridad.
Fue en ese milisegundo donde Fabián entendió el desfase del algoritmo. El video de la transmisión no era el pasado, ni una grabación. Era el presente, pero la señal de la red del sótano tenía un retraso forzado de transmisión: exactamente dos segundos de retraso entre lo que ocurría en el video y lo que ocurría en la realidad. El video le estaba mostrando lo que el asesino ya había empezado a hacer dos segundos antes en el mundo real.
El cable en el video ya bajaba hacia su cuello. Fabián no intentó esquivarlo hacia los lados; no habría tenido tiempo. En lugar de eso, aprovechando que el asesino calculaba su posición basándose en su inmovilidad, Fabián se dejó caer de rodillas al suelo, arrastrándose bajo el escritorio de la netbook.
El cable de acero azotó el respaldo de la silla vacía con un crujido seco. A ciegas, en la negrura absoluta debajo de la mesa, Fabián estiró la mano hacia arriba, buscando el teclado de la netbook. Sus dedos encontraron el botón de encendido y lo mantuvo presionado con todas sus fuerzas. Cinco, cuatro, tres, dos...
El disco duro de la netbook emitió un último quejido y la pantalla se apagó por completo. La luz verde de la webcam murió. Sin el brillo del monitor, el sótano se hundió en una boca de lobo donde nadie, ni siquiera el hombre de la máscara, podía ver a un palmo de distancia.
Fabián aguantó la respiración, escuchando los pasos ciegos del atacante buscando en la oscuridad, a solo unos centímetros de su rostro.