Debajo del escritorio, el suelo de cemento estaba helado. Fabián tapó su boca con ambas manos, intentando ahogar el sonido de su propia respiración desbocada. A los pocos segundos, el crujido de la silla giratoria al moverse delató que el atacante había descubierto que su víctima ya no estaba en el asiento.
Un pesado silencio inundó el sector 4B. Luego, resonó el sonido metálico de la máscara de soldar al ser arrojada al suelo. El asesino ya no la necesitaba; en la negrura total, las ventajas se habían nivelado.
Fabián escuchó el roce de una bota arrastrándose y, de inmediato, el impacto de una mano enguantada tanteando el borde de la mesa de trabajo, justo sobre su cabeza. El atacante estaba buscando a ciegas, barriendo el espacio. Si se quedaba allí, era cuestión de tiempo para que una bota tropezara con su cuerpo.
Tenía que moverse, pero la puerta de salida estaba al otro extremo del sótano, cruzando un laberinto de pasillos idénticos. Si encendía la linterna de su teléfono, se convertiría en un blanco instantáneo. Necesitaba una distracción o una ventaja táctica.
Tanteando en la oscuridad, sus dedos rozaron el plástico texturizado de su netbook, que había quedado al borde de la mesa. Recordó que el equipo tenía una batería vieja, de esas que tardaban en descargarse por completo. Con sumo cuidado de no hacer ruido, deslizó la pequeña laptop hacia el suelo.
Fabián sabía que, aunque el sistema tardaría al menos veinte segundos en arrancar por completo, la pantalla emitiría un destello blanco casi instantáneo al mostrar el logo de inicio. Alineó la netbook apuntando hacia el pasillo opuesto, el de los servidores del sector 4A. Presionó el botón de encendido y, con la agilidad de quien se juega la vida, se impulsó hacia atrás, arrastrándose de espaldas por el suelo para alejarse tres metros en dirección contraria.
Fueron dos segundos de un silencio agónico. De repente, la pantalla de la netbook cobró vida con un destello brillante. La luz pálida iluminó el pasillo vacío del sector 4A. El atacante reaccionó al instante: Fabián escuchó el estallido de las botas corriendo con violencia hacia la luz. El asesino se lanzó sobre el reflejo, pateando la netbook y destrozando la pantalla de un pisotón, creyendo que Fabián estaba allí.
Ese segundo de violencia y ruido fue la ventana que Fabián necesitaba. Poniéndose en pie de un salto, corrió en la dirección opuesta, guiándose únicamente por la memoria muscular de los meses que llevaba trabajando en ese turno. Avanzó a trompicones por el pasillo central, golpeándose el hombro contra un rack de servidores, pero sin detenerse. Detrás de él, un grito de furia contenida resonó en el sótano: el asesino se había dado cuenta del engaño.
Fabián llegó a la puerta de emergencia y empujó la barra antipánico con todo el peso de su cuerpo. La puerta se abrió y la luz amarillenta y cálida del pasillo exterior lo cegó por un instante. Salió despedido, la puerta se cerró detrás de él con un golpe seco y el seguro magnético se activó automáticamente, bloqueando el acceso desde el interior. Cayó de rodillas en el suelo del pasillo, a salvo, mientras las alarmas de la empresa empezaban a sonar con fuerza por la apertura de la salida de emergencia.
Minutos después, cuando el equipo de seguridad privada de la multinacional llegó al sótano, no encontraron a nadie. Solo los servidores zumbando en la penumbra, una silla volcada y, en medio del pasillo, los restos aplastados de una pequeña netbook de 11 pulgadas.
Sin embargo, cuando los técnicos de sistemas lograron extraer el disco duro intacto del equipo de Fabián al día siguiente, descubrieron algo que los dejó mudos: el archivo _pendiente.exe se había autoeliminado, dejando en su lugar una única línea de código de un solo bit: 0. El bucle se había cerrado.