La ventana activa

Epílogo: La memoria caché

Tres meses después, el sótano de la multinacional era solo un mal recuerdo. Fabián había renunciado al día siguiente del incidente. Consiguió un empleo diurno, un puesto de oficina común en una empresa de desarrollo de software en el centro de la ciudad. Ya no había turnos de noche, ni servidores obsoletos, ni pasillos en penumbras. Su vida había vuelto a la normalidad, o al menos eso intentaba demostrarle a su psicólogo.

Era un martes por la tarde. El sol de las cinco entraba por el gran ventanal de la oficina, tiñendo todo de un tono cálido y seguro. Fabián trabajaba en una computadora de escritorio de última generación, con una pantalla enorme y nítida.

Un mensajero entró al piso y dejó un paquete sobre su escritorio. Era una caja de cartón pequeña, envuelta en papel madera, sin remitente. Solo llevaba su nombre escrito a máquina.

Con una ligera punzada de ansiedad en el estómago, Fabián abrió la caja. Dentro, envuelto en plástico de burbujas, había un disco duro interno de 2.5 pulgadas, chamuscado y con una etiqueta de inventario de su viejo trabajo. Era el componente de su netbook destruida. Adjunta al disco, había una nota de un excompañero de sistemas que decía: «Fabi, encontramos esto en el depósito de chatarra antes de que lo compactaran. Pensé que querrías recuperar tus fotos y archivos personales. Suerte».

Fabián suspiró, aliviado por la explicación racional. Conectó el dispositivo a un adaptador USB y lo enchufó a su nueva computadora. El sistema lo reconoció de inmediato; la estructura de carpetas estaba intacta. Navegó por sus viejos archivos, sintiendo una mezcla de nostalgia y triunfo: había sobrevivido.

Sin embargo, al llegar a la carpeta raíz, notó algo extraño. El disco duro estaba casi lleno, pero el espacio libre no coincidía con el peso de sus archivos. Activó la opción de «Mostrar archivos ocultos». En el fondo de la lista, apareció un directorio llamado _Caché_Sistema. Al abrirlo, se topó con un único archivo de video en formato .mp4.

Lo perturbador no era solo su presencia, sino los metadatos que el sistema operativo leía en ese instante: el reproductor indicaba que el archivo se estaba ejecutando en streaming, transmitiéndose en vivo en ese preciso momento, oculto bajo la apariencia de un archivo local.

Fabián, con el corazón empezando a latir a un ritmo frenético, hizo doble clic.

La pantalla se tiñó de negro. No era la transmisión verdosa del sótano. El video, en alta definición y a todo color, mostraba una perspectiva desde arriba. Era una toma picada, nítida, que apuntaba directamente a un escritorio iluminado por el sol de la tarde.

En la pantalla, un hombre abría una caja de cartón y conectaba un disco duro a su computadora. Fabián vio su propia espalda. Vio la sudadera azul que llevaba puesta ese mismo día.

Y en el último segundo del video, justo antes de que se cortara la emisión, vio cómo la puerta de cristal de la oficina, la que estaba justo detrás de él, empezaba a abrirse lentamente.

Fabián despegó los dedos del mouse. El sol de la tarde, de repente, se sintió helado. Y por primera vez en tres meses, no se atrevió a mirar el reflejo de la pantalla.

FIN

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