Lisa estaba de pie junto a la ventana de la cocina, observando la ligera lluvia que golpeaba el cristal y las calles vacías. El número de Daniel parpadeó en la pantalla de su teléfono móvil. Su corazón empezó a acelerarse; no era buena señal, sabiendo que debía de ser otro de esos disgustos cuando él llamaba.
Respiró hondo y pulsó el botón de respuesta, su voz sin rastro de emoción: «Daniel».
«Lisa, es grave, mi madre ha anunciado públicamente que va a luchar por la custodia de Lucas». La voz de Daniel era grave y urgente, completamente ajena al hecho de que su ira aumentaba más con cada palabra que decía. «Sé que probablemente no quieres que interfiera, pero no puedo quedarme de brazos cruzados y ver cómo me quitan a Lucas.»
Lisa apretó el teléfono con fuerza, las puntas de los dedos se le pusieron blancas. Empezó a respirar entrecortadamente. Pero eso no le impidió mantener la calma. «Que tu madre tome una decisión no significa que yo la acepte». Lucas es mi hijo, no la propiedad personal de tu familia».
Hizo una pausa y continuó──: Nunca has entendido que lo he criado yo sola y que no necesito que nadie decida su futuro, y mucho menos tú. Estoy preparada para afrontarlo sola».
El silencio al otro lado de la línea se alargó y la voz de Daniel exhaló una pizca de dolor ── «Lisa, escúchame ──»
Ella lo interrumpió, con voz cortante ── «Deja de hablar. Nunca olvidaré lo que tú y tu madre me hicisteis durante el resto de mi vida. No puedo aceptar tus 'buenas intenciones'».
Cortante ── colgó el teléfono sin vacilar. Sus ojos miraron la calle vacía al otro lado de la ventana y una oleada de rabia recorrió su corazón. Se dirigió a su escritorio, abrió la carpeta y sacó el material de abogacía que había preparado antes. La siguiente batalla no sólo tenía que ver con el futuro de Lucas, sino también con ella misma y con la protección de todo lo que apreciaba.
Aquella noche, Lisa se sentó en su piso y empezó a escribir la carta formal a su abogado. Cada palabra era como un juramento grabado en su corazón. Lo había meditado mil veces hacía mucho tiempo: costara lo que costara, tenía que ganar.
Mientras tanto, Daniel estaba sentado en la mesa de su lujoso despacho, con los ojos empañados y los papeles en las manos, pero las palabras y las frases se desdibujaban ante sus ojos. Tenía el ceño fruncido y la mente llena de Lisa. Su frialdad y determinación le hacían sentir su propia impotencia, y sabía que estaba equivocado.
Cogió el teléfono y marcó el número de Lisa. La llamada fue atendida, pero no hubo respuesta. Daniel guardó silencio un momento y volvió a colgar.
Al día siguiente, Lisa se reunió con su abogado y se sintió más presionada que nunca. El abogado le aconsejó que adoptara una postura pública y presionara a Daniel y a su madre a través de los medios de comunicación. Sabía que era un arma de doble filo, pero no le quedaba más remedio que transigir.
«Podemos aumentar la presión pública a través de los medios de comunicación», dijo tranquilamente el abogado, “Margaret y Daniel se enfrentarán a una enorme presión pública y será una carga para ellos”.
Lisa bajó la vista hacia los papeles de su escritorio y dejó escapar un largo suspiro. Instintivamente se resistió un poco, pero no quería dejar pasar esto tan fácilmente── «Sé que no es sólo por Lucas, sino también por mí misma. Ya no tolero su control».
El abogado la miró con cierta comprensión en sus ojos ── «Entiendo tu decisión, Lisa. Si decides seguir este camino, no hay vuelta atrás».
Los ojos de Lisa eran firmes. Se levantó, se acercó a la ventana y miró al mundo. En su corazón no había miedo ──la guerra era como una pesadilla──, pero había decidido que ya no dejaría que nadie controlara su destino.
Unos días más tarde, por fin comenzó la vista judicial. Lisa estaba en la sala, vestida con su traje negro profesional, frente a una cara desconocida y con una inesperada calma en el corazón. Sabía que aquel era el momento en que el destino de todos, no sólo de ella misma, sino del futuro de Lucas, estaba en sus manos.
Respiró hondo, se irguió, con los ojos fijos en el juez y en el frío rostro de Margaret, y habló con firmeza: «Pido al tribunal que mantenga la custodia de Lucas. Yo he tomado todas las decisiones, es mi hijo, y no hay nada que pueda dejar en manos de nadie más, especialmente de ti y de tu madre».
Hizo una breve pausa, su mirada se dirigió a Daniel, que estaba sentado al margen, y lo miró con frialdad── «Antes confiaba en ti, pero ahora sé que yo, y sólo yo, soy la única persona con la que Lucas puede contar de verdad.»
En la sala reinaba un silencio sepulcral, Margaret la miraba furiosa, el rostro de Daniel complejo como un enigma. Sus palabras cortaron el aire como una cuchilla y fueron directas al corazón de Daniel.
Cada palabra de Lisa estaba llena de una determinación que no podía ser ignorada.
Después de la vista, Daniel se sentó en el banco fuera de la sala, con los ojos bajos, mirando al suelo, con el corazón conmocionado. La firmeza y determinación de Lisa le produjo una oleada de impotencia, y el sentimiento de culpa consumió al instante su compostura y su cordura.
Nunca había imaginado que ella le llevaría a tal extremo. Por mucho que había intentado controlarlo todo mediante el dinero y el poder, se había dado cuenta de que no eran suficientes para reconstruir la confianza entre ellos, ni para conseguir que Lisa volviera a aceptarle, y mucho menos para salvar a su destrozada familia.
Daniel se levantó lentamente, con la mirada clavada en la distancia. Sabía que la batalla no había hecho más que empezar, que el verdadero desafío no había hecho más que llegar.