Así que aparte la mirada. Y entonces vi el resto. El gris. El blanco y negro. La vida sin color. Llevaba tanto tiempo en ese mundo sin matices que había olvidado que existía el rojo. Que existía el calo. Que existía lgo más que está niebla que me envolvía.
Hasta que encontré la manera de pintar.
La cuchilla era el pincel. Mi brazo, el lienzo. Mis lágrimas, el agua que diluía la pintura.
Pensé que pintar sería la mejor forma de escapar. Qué el rojo, al brotar, se llevaría todo el gris. Qué la sangre, al salir, arrastraría consigo el cansancio, el miedo, el nudo, las ganas de llorar. Qué cada trozo sería un adiós. Qué cada gota sería un alivio.
Pero no fue así.
El dolor no se fue. Aumento. Se hizo más grande, más denso, más real. Como si al abrir la puerta, hubiera dejado entrar a más oscuridad, no ha la luz que esperaba.
El filo mordió mi piel y yo esperé el alivio. Pero el alivio no llego. Llegó el frío. El vértigo. El eco de mi propio latido diciendo "esto no es lo que querías".
Y entonces entendí.
No había forma de escapar. No había pincel que borrará el gris. No había sangre que llevará el dolor. No había nada. Solo yo. Y mi error. Y el rojo extendiéndose como un mapa sin destino.
Ya era tarde para otro intento. Ya era tarde para volver atrás. Ya era tarde para pedir ayuda.
Cerré los ojos.
Y no fue como esperaba.
No había calma. No había paz. No había ese susurro de "todo va a estar bien" que tanto habia imaginado.
Solo había miedo. Oscuridad. Un vacío que no era alivio, sino ausencia. Un silencio que no era descanso, sino final.
Y en ese último instante, justo cuando todo empezaba a nublarse, supe la verdad.
Que no quería morir.
Qué solo quería que el dolor se fuera.
Que había confundido el final con el descanso.
Y que ya era demasiado tarde para decirlo.