Respiro suave.
El aire no pesa aquí. No duele. No aprieta. Es ligero, como el primer suspiro después de un largo llanto.
Veo una luz. Ni es el sol. No es una lámpara. Es algo más antiguo, más cálido, como la promesa de un abrazo que nunca llegó.
Camino hacia ella.
Mis pies no tocan el suelo, pero avanzo. Cada paso me aleja del peso que llevaba. Cada paso me acerca a algo que no se nombrar.
Quizás despierte. Quizás regrese a la vida.
O quizás encuentre la paz que siempre busqué.
Mientras más pasos doy, mas olvido. El cansancio se disuelve. El miedo se deshace. El nudo en la garganta se desata. Las ganas de llorar se convierten en brisa.
Llegó a la luz.
No me ciega. Me envuelve. Es tibia como una mano que sostiene la mía.
En el suelo, algo brilla. Una piedra. Parecida a una gema, pero no lo es. No es valiosa para nadie más, pero para mí lo es todo en este momento.
La recojo. La guardo en el bolsillo.
Me da seguridad.