Sigo avanzando. Busco una forma de salir. Una puerta. Un camino. Una señal.
Pero cuando menos lo espero, aparecen.
Recuerdos.
No son como los que conozco. No vienen en desorden, no llegan a traición. Están organizados. Perfectamente colocados. Como estanterías en una biblioteca infinita.
Hay momentos que ya pasaron. Momentos que no han pasado. Momentos que podrían pasar.
Todo en orden. Todo esperando.
Toco uno por curiosidad. Solo con la punta de los dedos.
Y entonces lo sé.
Puedo entrar.
No se qué momento es. Quizás lo olvide en cuanto salga. Pero es mío. De eso si estoy segura. Lo siento en el pecho, en los huesos, en esa parte de mi que nunca miente.
Entro.
Soy yo. Pero no la que soy ahora. Soy yo de niña. Pequeña. Con el cabello revuelto y los dedos manchados de tinta.
Estoy escribiendo una carta. No recuerdo haberla escrito nunca. Pero allí estoy. Con la lengua fuera, concentrada, dibujando letras torcida en un papel arrugado.
Luego, abrazo a alguien. Una persona que no recuerdo conocer. Mucho menos abrazar.
No recuerdo nada. Pero puedo sentir lo que aquella niña sintió en ese momento.
Tristeza. Dolor. El peso de un mundo que aún no entiende.
Salgo de allí. El recuerdo se cierra detrás de mi como una puerta que no hace ruido.
Y entonces la veo.
Una mujer. No la reconozco.
—Hola — dice.
Su voz es suave. Como la luz. Como la piedra en mi bolsillo.
—Hola — respondo—. ¿Te conozco?
—No—. Sonríe—. Oh, bueno. No ahora. o quizás no quieres reconocerme.
—Entonces, ¿quién eres?
—No puedo decirte —Sus ojos brillan con algo que no se descifrar—. Hasta que tú lo sepas