—¿Tu lo sabes todo?
—Se lo que necesito saber
—¿Sabes dónde estoy?
Sonrie. no es una sonrisa burlona. Es tierna. Como la de alguien que espera a que tú mismo encuentres la respuesta.
—Tu sabes mejor que yo
—No entiendo
—Entenderas cuando recuerdes
—¿Y que hago aquí?
—Yo te ayudaré a saberlo
—¿Como?
—Te ayudaré a encontrar el camino —da un paso hacia mi—. Pero solo tú puedes decidir qué camino tomar.
—¿Y qué camino tomó ahora?
—Elige un recuerdo —señala la estantería infinita—. O un momento.
Pienso. Busco en lo mas profundo.
—Elijo vivir algo que no haya vivido
—Entonces entra en el
No hay puerta. No hay umbral. Solo la certeza de que estoy en otra parte.
Y allí estoy.
Yo. pero otra yo. Una yo que no conozco.
Estoy en una relación estable. Feliz. Hay una mano que sostiene la mía. Una risa que llena la habitación. Un futuro que se ve claro y luminoso.
Miro a la mujer que no conozco. está a mi lado, observando conmigo.
—¿Qué ves? —pregunta
—Soy yo —susurro—. Estoy feliz
—Si
—¿Y porque este momento no pasó?
—Tu decidiste que no pasara
—¿Como?
—Solo tú tienes la respuesta a tus preguntas
Quiero preguntar más. Quiero entender. Pero algo en mi pecho se retuerce.
—Quiero salir de aquí —digo.
Y salgo.
El recuerdo se desvanece como humo.
Pero no vuelvo al lugar de la luz. No vuelvo a la mujer. No vuelvo a la estantería de recuerdos.
Aparezco en otro lugar.
Un lugar que no reconozco.
Pero me hace sentir mal.
E aire aquí es pesado. Frío. Huele a algo que no se nombrar, pero que conozco demasiado bien.
Huele a miedo.
Huele a perdida.
Huele a todo lo que deje atrás.
Y entonces entiendo.
No he llegado a la paz. No he llegado a la luz.
He llegado al lugar donde todos mis miedo viven.
Y la piedra en mi bolsillo ya no me da seguridad.