De repente, el piso se abre.
No hay advertencia. No hay ruido. Solo el vacío que se trago mis pies y me arrastra hacia abajo.
Caigo.
Pero no me duele el impacto.
Porque hay algo que duele más.
Algo que siempre dolió.
Sigo llorando. Las lágrimas se mezclan con el aire que pasa rápido por mi lado,
Y en esa caída sin fondo, algo se rompe dentro de mi.
Y entonces recuerdo.
Todo.
Todo lo que había olvidado.
E dolor. La sangre. La noche en que la cuchilla encontró su camino. La noche en que el rojo se extendió como un mapa sin destino.
Recuerdo a esa niña. A esa niña que fui. Escribiendo una carta para su padre. Con letras torcida y manos pequeñas. Cartas que nunca llegaron a su destino. Cartas que el nunca leyó.
Recuerdo abrazarlo. Sabiendo que no hiba a regresar. Sintiendo el frió de su ausencia antes de que se fuera. Apretando mis brazos alrededor de su cuello como si pudiera detener el tiempo.
Pero el tiempo no se detiene.
Y el no regresó.
Sigo recordando y mientras recuerdo. la veo.
La mujer que no conozco.
Pero ahora la veo distinta.
Con otros ojos.
Su mirada está más cansada. Más honda. Como si hubiera visto demasiado. Como si hubiera cargado demasiado.
Veo en ella la necesidad de paz. La urgencia de que todo termine. El peso de un padre que nunca la quiso. El vacío que dejó un amor que no llegó.
Veo el amor de una madre que murió. La sonrisa falsa de una mujer rota. El reflejo de una mujer violada.
Y entonces lo entiendo.
La conozco.
Siempre la conocí.
—¿Recordaste? —pregunta. Su voz es suave como la luz. Como la piedra que ya no está en mi bolsillo.
—Si —respondo, y mi voz es un susurro que apenas puedo escuchar—. Lo recuerdo todo.
—¿Ya sabes quién soy?
Asiento. Las lágrimas siguen cayendo, pero ahora son diferentes. Son lágrimas de reconocimiento. De encuentro.
—El reflejo que nunca quise reconocer —digo.
—Si.
—Eres yo
Asiente con la cabeza. Y en su gesto hay algo que no había visto antes. Ha ternura. Hay compasión. Hay el abrazo que nunca recibí.
—Estoy cansada —digo, y es la verdad más profunda que he dicho en toda mi vida.
—Pero todavía debes elegir —responde
—¿Esto todavía no termina?
—No —su voz es firme pero dulce—. ¿Todavía no sabes dónde estamos?
—¿El cielo?
Sonrie. Pero no es una sonrisa triste. Es la sonrisa de quién sabe algo que tú estás a punto de descubrir.
—No. Estás cerca. Solo intenta recordar un poco más
—¿El infierno?
—No
—¿Mi subconsciente?
—Si
E peso de la palabra cae sobre mi como una manta. No pesa. Abriga.
—¿Y que hago ahora? —pregunto, sintiendo que por fin estoy lista para escuchar.
—Ahora dime —da un paso hacia mi—. ¿Qué camino quieres tomar?
—Quiero estar en paz.
—Si mueres —dice, y su voz es suave como una caricia—. No estarás en paz.
—Pero si vivo tampoco —afirmo como alguien que ya sabe lo que le espera en la vida.