Paso el tiempo.
Y la vida, lentamente, comenzó a mejorar.
No fue fácil. Hubo días en los que quería rendirme. Días en los que la oscuridad llamaba a mi puerta. Días en los que la cuchilla me susurraba desde el cajón.
Pero cada vez que sentía el peso del dolor, recordaba la puerta dorada. Recordaba el miedo que me trajo de vuelta. Recordaba a esa mujer que era yo. Y entendía que la vida no se trata de ser feliz todo el tiempo.
Se trata de seguir.
De elegir.
De caminar.
Termine casándome. Con una persona a la que realmente amo. Alguien que me vio rota y no huyó. Alguien que sostuvo mi mano en los días grises y bailo conmigo en los días de sol.
Aprendi que el amor no salva. Pero acompaña.
Aprendi que la felicidad no es un destino. Es una práctica. U. ejercicio diario de elegir la luz, aunque la oscuridad esté cerca.
Y aprendí que la mujer del espejo, la que nunca quise reconocer, no era mi enemiga. Era mi maestra.