Y cuando llego mi momento, no tuve miedo.
No porque hubiera dejado de sentir. No porque la muerte se hubiera vuelto un deseo. Si no porque ya no necesitaba huir de ella.
Habia vivido.
Habia amado.
Habia elegido.
Y cuando la luz volvió a llamarme, está vez no era un espejo. No era un laberinto. No era un subconsciente lleno de preguntas.
Era paz.
La paz que no encontré en la cuchilla. La paz que encontré en el camino.
Cerre los ojos. Sonreí. Y supe que, está vez, no estaba huyendo de nada.
Estaba llegando a casa