La Verdad Sobre Iepcom 2: La Rebelión de los Oprimidos

Capítulo XXI: Cosas de Familia

Era medianoche, la puerta de la casa de la familia Abay se abría lentamente y por ella entraba Sadako, haciendo el menor ruido posible, porque no quería que la descubrieran y le reclamaran por llegar a esa hora- no era la primera vez que lo hacía- como ya era costumbre en ése lugar. Pero ya era tarde, porque las luces de la sala se encendieron, dejando ver a la chica que Cloe se encontraba allí y que seguramente llevaba un buen rato esperándola.

—¿Qué son éstas horas de llegar, jovencita? —preguntó la joven, muy seria.

—Ya deberías saber que yo siempre llego a éstas horas, Cloe —fue la respuesta que le dió la chica, serena.

—¿En dónde estabas? —volvió a preguntarle Cloe, con un tono de voz firme.

—En el bar del señor Livingston, como siempre —le respondió la menor, visiblemente fastidiada por el interrogatorio —. Sabes que me gusta ir allá para ver si me divierto un poco.

—Y para buscar pelea —resaltó Cloe, un poco molesta.

—¡Yo no busco pelea! —protestó Sadako, ante el reclamo de Cloe—. Algunos tipos que van al bar se quieren propasar conmigo y, por eso los pongo en su lugar.

—Una señorita decente no hace eso —le comentó ella, tratando de mantener la compostura, aunque su actitud comenzaba a incomodarla.

—¿Quieres que te recuerde algo? —le preguntó ella, mirándola a los ojos, desafiante, y luego añadió—. Yo soy un experimento, una mujer que ustedes odian me creó y tal vez por eso me gusta pelear y ésas cosas. Tú me salvaste de morir o algo peor, pero es mejor que no se te olvide que no eres nada mío, mucho menos mi madre, porque yo no tengo madre.

Dicho esto, la chica se fue caminando tranquilamente hasta su habitación, para descansar, dejando a Cloe sola en la sala, que comenzó a llorar amargamente, porque le dolía que Sadako no le reconociera todo lo que había hecho por ella desde que vivían en la casa de Garrett, eso la hacía sentir como una fracasada.

De repente, oyó pasar cerca de donde estaba, por lo que comenzó a limpiarse las lágrimas del rostro y a tratar de serenarse un poco, para que ésa persona no se diera cuenta de que estaba triste. Y luego oyó que le preguntaban:

—¿Puedo sentarme contigo, Cloe?

—Sí, claro Doctor Sanders —respondió ella, al darse cuenta de que era su antiguo jefe.

—Jonathan, no estamos en el trabajo.

—Es verdad —comentó ella —, es la costumbre.

—¿Y por qué estabas llorando?

—No estaba llorando —negó la chica, tratando de parecer normal.

—No me mientas, Cloe. Tus ojos están enrojecidos y te ves triste, eso significa que llorabas.

—Está bien —confesó ella, finalmente —, es que discutí con Sadako y me dijo cosas muy fuertes.

—Ya vas a ver que no es tan en serio como crees, Cloe, los adolescentes dicen muchas cosas sin pensar en las consecuencias, pero luego se arrepienten.

—¿Habla en serio? —preguntó ella, un poco desconcertada por la que acababa de escuchar.

—¿Nunca le dijiste algo así a tu madre?

—No —respondió ella, mientras desviaba la mirada al frente, viendo el suelo.

—¿Y nunca quisiste decirle algo así?

—Tampoco —fue su respuesta.

—Eso es raro, pero los adolescentes normalmente le riñen a sus padres cuando no están de acuerdo con ellos, porque creen que se pueden comer el mundo y que siempre tienen la razón en lo que les pasa. Lo que tienes que hacer es ir a descansar y esperar a que se le pase el enojo, no te lo tomes tan en serio.

—De acuerdo —dijo ella, un poco más tranquila—, gracias por el consejo.

La chica se fue a dormir a su habitación, pues ya se encontraba un poco más serena, para ver si podía conciliar el sueño y descansar un poco, cosa que también hizo el Doctor Sanders al ver que ya todo se había resuelto o al menos por el momento. Lo que ellos no se imaginaban era que Sadako no había podido dormir y escuchó todo lo que él y Cloe habían conversado, lo que la hizo reflexionar.

Al otro día, Cloe se levantó, un poco calmada, pero pensaba que Sadako podía haberse ido de la casa a causa del enojo. Sin embargo, al salir de allí y dirigirse a la cocina, encontró a todos sentados en el comedor, por lo que preguntó:

—¿Qué pasa aquí?

—Pues un milagro, niña —le respondió la madre de Garrett —. Sadako está preparando el desayuno.
—Ya, no se sorprendan tanto y siéntense— dijo la chica, que traía algunos platos consigo.

Después de eso, comenzó a servirle a todos, pero Cloe le preguntó, con voz suave:

—¿Te ayudo en algo?

—No —respondió la menor—, yo me encargo de todo. Lo que tienes que hacer es sentarte a desayunar.

Entonces ella se sentó a la mesa, mientras Jonathan la miraba, para darle a entender que tal vez había pasado lo que él le había dicho la noche anterior y ella sonrió, pues eso la hizo ver que era importante en la vida de ésa chica, a pesar de sus problemas.




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