La versión de mí que te amó

CAPÍTULO 3

Las semanas pasan a toda velocidad, entre clases, salidas con David, reuniones con mis amigas para ir al río, comer juntas o pasar los fines de semana en la ciudad. Además de la interminable cantidad de trabajos del colegio.

Ya estamos a mitad de mayo, y eso solo significa una cosa: exámenes finales. A pesar de que no soy mala estudiante, no creo que ni a mí ni a nadie le diviertan esos exámenes. Estos definirán las notas finales de este año escolar, así que hay mucha presión sobre nosotros.

Además, por alguna razón, quizá por diversión, a nuestros profesores les parece una buena idea saturarnos de trabajos a pesar de estar en medio de los exámenes finales. Lo que convierte nuestras vidas en un completo caos y nos hace miserables a todos por igual: buenos y malos estudiantes. Porque curiosamente, durante esta época, hasta los peores estudiantes se convierten en los más aplicados.

***

Dos semanas después de dormir apenas unas cuantas horas por noche, hacer un millón de deberes y estudiar desde muy temprano, con unas ojeras tan negras que parezco un panda, por fin se terminan los exámenes finales.

Los primeros días de junio entregarán las notas finales. Los que tengan buenas notas en todas las materias, como premio de parte de la directora, no deben venir más a clases hasta el inicio del nuevo año escolar en septiembre. Lo que significa tres meses completos de vacaciones.

Para el resto, los que hayan tenido problemas en una o más materias, deberán venir a clases durante un mes más para recuperación.

Por fin nos avisan que nuestros padres deben ir a retirar nuestras notas. Ese mismo día también colocarán el cuadro de honor con los 20 mejores estudiantes de todo el colegio.

***

Mi madre va ese día, y aunque sé que no voy a salir mal, siempre me da un poco de nervios.

Al final, como ya sabía, no había nada de qué preocuparse, y cuando por fin levantan la tela que cubre el cuadro de honor veo mi nombre en el puesto 7. Nada mal, la verdad. Ser la número 7 entre casi 400 estudiantes.

Mamá me abraza y me felicita, y después de decirme que me guardará mi comida favorita y un postre para celebrar, se va a casa.

Yo aún debo quedarme el resto del día hasta que termine el horario de clases, aunque oficialmente para mí ya comenzaron las vacaciones.

Nos reunimos en el boulevard, todos los chicos de mi sección y las demás, a pasar el rato, y rayar nuestras camisas. Una tradición típica en nuestro país cuando culmina una parte del ciclo de estudios, en nuestro caso, cambiar nuestra camisa azul por la beige.

Veo a David en medio de su grupo de amigos, algunos ya están a su alrededor escribiendo recuerdos y cosas chistosas en su camisa. No puedo evitar sonreír, este día fue muy esperado por todos nosotros y se siente la emoción en el aire.

David levanta la vista, tal vez sintiendo que alguien lo observa, y al verme me regala una deslumbrante sonrisa. Luego, cuando el chico que está escribiendo en su espalda deja de hacerlo, él les dice algo a sus amigos y se aleja del grupo caminando hacia mi.

Apenas esta a un paso de mi, me toma de la cintura y me jala hacia él, dándome un abrazo fuertísimo. Me levanta en el aire y gira conmigo en sus brazos.

—¿Cómo está mi hermosa y brillante chica?— me besa suavemente aún sin dejar de sonreír —Yo sabía que volverías a ser una de las primeras en esa lista de 20

—Yo no estaba tan segura, somos un montón y hay muchos que también son inteligentes

—Si no te conociera y no supiera que de verdad te subestimas tanto, creería que solo finges modestia

—¡Yo no me subestimo!

—¿Entonces finges ser modesta?

—¿Qué? ¡NO!— el muy condenado se ríe a carcajadas.

—¿Sabias que me encantas?— dice entre risas aún — Eres unica, no te das cuenta de lo maravillosa que eres, divertida, sarcástica, pero también ingenua, y eso te hace ser especial de maneras que no imaginas

—¿Estás tratando de que me sonroje?

—No, aunque de todos modos lo conseguí

—¡Eres un tonto!

—Sí pero uno que te encanta

—Estás muy seguro— digo poniendo los ojos en blanco y riendo.

—Bueno, no te veo negándolo…— No puedo evitar reirme y besarlo sin decir nada más.

Cuando estoy con él no existe el aburrimiento, y siempre me hace sentir como la chica más linda del mundo.

Después de que él escribe su mensaje en mi camisa y yo le escribo en la de él, seguimos allí con nuestros amigos pasando el rato, comiendo helados y dulces que compramos entre todos.

***

Algunos chicos del cuarto año salen de sus clases y se unen a nosotros en el Boulevard. Entre ellos se encuentran Eliana y una de sus amigas, Aimara, quienes son parte de un grupito de unas ocho, consideradas de las populares porque son de las chicas más lindas y sexys del colegio. Y no puedo más que estar de acuerdo, ellas se ganaron la lotería genética, no se como es que tienen esos traseros tan perfectos. Y no es que las envidie del todo, mentira, sí que las envidio. Me parece injusto que les toque todo lo bueno a las chicas más odiosas de todo el lugar.

Aimara se nos queda mirando, a los que todavía están escribiendo en sus camisas y a los que solo estamos comiendo y riendo emocionados.

—¡Aww! ¡Qué bonito! Los niños están creciendo— dice medio en serio medio en burla, y sonríe.

—Sí, y lo están haciendo bastante bien la verdad…— le responde Eliana, con la mirada fija en David que está a un par de pasos de mí, riendo con uno de sus amigos.

La forma en que lo está viendo, tan intensa y descarada, hace que me den ganas de sacarle los ojos. Ella voltea hacia mí y al ver mi expresión de fastidio me habla.

—¡Ay lo siento! No quería ofender a su amiga, porque ¿eres su amiga, no? Nunca lo he escuchado decir que seas su novia.

¡Maldita!

Decir que su comentario no me dolió sería una mentira muy grande. Porque es cierto. Aunque llevamos mucho tiempo saliendo y somos mucho más cariñosos de lo que serían unos simples amigos… Aún no somos novios. No oficialmente.




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