El reloj marca la 01:50 a. m. y aún no he podido conciliar el sueño. El corazón me palpita con fuerza mientras un ardor en el pecho consume la poca paz que me queda. Todo el cuerpo me quema, como si una hoguera estuviera ardiendo aquí adentro. Unas escasas lágrimas caen de mis ojos, hartos de derramarse por la misma razón innumerables veces en el pasado.
Estoy escribiendo esto en este momento de desespero para aliviar un poco este dolor. Tal vez publique estas palabras en alguna plataforma digital o tal vez solo queden arrumbadas en el olvido, como las innumerables historias que tengo guardadas en mis archivos; historias que comenzaron con el sueño de ser escritora, un sueño que muere cada día por la pereza que me da continuar escribiendo hasta terminar cada una de ellas. Es que mi mente me sabotea constantemente. Me dice que soy pésima escritora, que lo que escribo no tiene sentido y, qué te digo, tal vez tenga razón… ¿Cómo podría ser escritora si apenas puedo utilizar los signos de puntuación, mucho menos conectar frases que tengan relación? Aun así, hoy solo quiero vomitar todo lo que llevo aquí adentro desde hace muchos años. Escribir para despejar esta tristeza del corazón es la única vía de escape que tengo a disposición.
Hoy a mi cerebro le dio la grandísima gana de recordarme por qué todos los días de mi vida son pesados de vivir. Me recordó que en 2 meses cumplo 31 años con una historia de vida cómica, pero no creas que de comedia divertida y feliz; no, más bien es de esas comedias baratas, pésimas de digerir. Si te interesa, puedes seguir leyendo. No prometo una narrativa extraordinaria de superación personal; más bien, solo es un relato de una vida que quizás alguien más tiene la desdicha de compartir. Y aquí comienza la historia de mi vida caótica.
Mi nombre es Marisa, nací y crecí en un barrio pobre de un país latinoamericano, penúltima hija de varios hermanos. Una niña de tez morena, delgada y de talla pequeña, con el rostro poco armonioso, hacían un contraste poco agradable al ojo público, un público despiadado que sin remordimiento me atacó desde entonces.
Antes de todo, déjame contarte un poco de mi rutina familiar y de cómo esta influyó en mi vida social. Mi último hermano nació cuando yo tenía 6 años y, sin predecirlo, su nacimiento vino a tambalear mi vida. Las atenciones de las que había disfrutado durante seis años se esfumaron con su llegada. Pasé de ser la niña mimada a ser reemplazada y poco atendida dentro de mi círculo familiar. Tal vez esa sea la principal razón por la que hasta la fecha siga buscando aquella atención que me fue arrebatada cuando aún era una niña.
La dinámica familiar fue dura de vivir. Éramos una familia disfuncional, con uno que otro momento feliz, formada por unos padres poco expresivos y poco afectuosos que, sumergidos en sus propios problemas, dejaron casi a la deriva a sus hijos. Y con esto no culpo a mis padres ni mucho menos les reprocho los problemas que surgieron en mi vida pues en este punto de mi existencia, soy consciente de que ellos también vinieron de esa misma realidad y, sin poder romper ese círculo vicioso, cometieron los mismos errores.
Tampoco voy a hablar por mis hermanos, pues estoy segura de que cada uno tuvo su propia realidad. En cuanto a mi experiencia de convivencia, no voy a exagerar ni caer en el victimismo. Solo voy a contar lo que yo viví y sufrí en silencio, sin comprender entonces que en cada rechazó iba dejando pequeñas grietas en aquella muñeca de trapo que descubriría rota muchos años después.