La vida de al lado

CAPÍTULO 5: «HAY UNA FORMA DE CONTACTARLOS»

El impacto de verme como una presa para él hizo que aceptara sin rechistar la propuesta de Joanne de quedarme en su casa. Después de las pocas clases que quedaban, llegamos a casa poco antes de que cayera el sol para recoger unas pocas pertenencias; y yo, aunque quise negarlo, para comprobar que todo estuviera en su lugar. ¿Era exagerado creer que irrumpirían en casa? La seguridad no era la mejor, pero para ello requerían hacerlo por la fuerza y desde la entrada principal, a falta de salientes en los muros del exterior que les permitiera utilizar las ventanas. Aun así, mientras Joanne se entretenía con mi cajita musical, que seguía junto a la cama, me cercioré de las pequeñas trampas que dejé preparadas: el libro donde se encontraba el ritual, en el mismo ángulo dentro la pequeña biblioteca, y las cuentas de un viejo collar dañado, cinco sobre él y una en el suelo. Mi nerviosismo disminuyó cuando noté que todo estaba en orden.

—¿Buscas algo? —Joanne se acercó y se sentó en la silla del escritorio. Me tendió su celular con una imagen del museo donde trabajaba en la pantalla; lo recibí con cuidado: aquel aparato podría costar cuatro veces el valor de mi alquiler—. ¿Cuándo piensas volver?

La leyenda anunciaba un evento que se iba a realizar la próxima semana, el nueve de abril, la exposición de la sección de cerámica y vidrio en la que participaba hasta el asalto. Desde esa noche no había podido retomar mi trabajo y aunque durante el día no tenía mayor problema y mi jefe se mostró comprensivo de más, gracias al profesor Lois, los últimos días pretendía vestirme para presentarme comenzaba a temblar hasta tarde, cuando ya no valía la pena intentarlo; sin embargo, era cuestión de tiempo para que tomara una decisión: amaba el trabajo en el museo como guía para estudiantes e incluso encontraba cierto confort mientras me aseguraba de que las esculturas en exhibición estuvieran impecables; era aquella la única razón por la que me negaba hasta ahora de buscar otro empleo. Pero el dinero por los percances se agotaba junto a mis ahorros y pronto necesitaría suficiente para seguir con un techo sobre la cabeza. Me encogí de hombros y Joanne recuperó su celular.

—De pronto mañana. —Alcancé a observar otro momento la imagen del museo y un suspiro que Joanne no deja de advertir delató mi pesar—. No me mires así.

Joanne se puso de pie y echó un vistazo a la estantería hasta que se encontró con el libro que había dejado como señuelo y se inclinó para leer el título impreso con relieve.

—No conocía este. —Me miró—. ¿Puedo?

—Ah, sí. Estoy tratando de ampliar mis conocimientos.

Comencé a descargar mi maleta para hacerle espacio a la ropa que me llevaría a casa de Joanne; dejé el texto de los guerreros romanos dentro y empaqué una camiseta ligera y un pantalón corto, además de unos cuantos implementos de aseo personal.

—Primero Roma y luego… esto. ¿Exactamente qué es? —Hojeó algunos capítulos y crucé dedos para que no se riera si acaso descubría la marca sobre el pasaje donde encontré el ritual—. Creo que me cambiaron a mi amiga, ¿dónde está la verdadera Lizzy?, pareces otra persona.  

Le quité el libro en cuanto acabé el improvisado equipaje, y Joanne sonrió y volvió a su celular. Cada vez que le preguntaba cómo podía enfrascarse tanto en él, me dedicaba una larga mirada incrédula antes de verme obligada a escuchar por casi media hora lo fantástico que resultaba el encontrar la información al alcance de la mano. «Deberías intentarlo», decía al terminar su sermón; no obstante, por más razón que pudiera tener, Joanne no comprendía el apego que tenía con mi viejo teléfono, funcional para apenas lo básico, además de que disfrutaba al igual que el museo, de la experiencia del peso del libro entre mis manos y de las anotaciones al margen de la hoja. Todo como era yo, tal vez con un exceso de antiguo.

Pasado. Ahí estaba persiguiéndome de nuevo, y aquel pensamiento me hizo caer en cuenta de lo silenciosos que estaban los fantasmas del espejo desde el último encuentro.

—La misma de siempre —respondí tras colocar el libro en su lugar—, lista para irnos.

Ya era de noche cuando una hora después, llegamos a casa de Joanne. Su madre nos esperaba en el recibidor de la amplia casa de dos pisos y lindo jardín, aunque fuera artificial. Un paso de baldosas de piedra lisa indicaba el camino hacia la puerta, aunque fuera imposible no verla: de más de dos metros y en forma de arco, lucía como una mansión en miniatura. La madre de Joanne mantuvo distancias cuando nos saludó con una sonrisa.

—Mamá, Alice se quedará el fin de semana.

—Por supuesto, linda. ¿Tienen hambre? —Lizzy asintió y le imité de una forma menos evidente—. Pasa, Alice, siéntete como en casa.

—Gracias, señora Martin.

—Dime Jodie.

El frío paró en cuanto estuvimos dentro; Joanne me guio a través del pasillo principal hasta el comedor, pero era imposible perderse por el camino debido al fuerte aroma de la comida recién hecha. Cenamos rápido, sin esperar a que Jodie se presentara, y corrimos escaleras arriba hasta la espaciosa recámara de Joanne, tan grande como mi apartamento en el edificio de alquiler. Esperaba ver las paredes con tonos extravagantes, repletas de afiches y colgantes, pero la decoración era sencilla: una cama doble, cortinas de color crema, un armario y un largo escritorio con repisas alrededor donde guardaba unos cuantos libros y varios retratos. El único detalle que sobresalía era una pintura al fondo de la habitación. Absorta, no me percaté del instante en que me acerqué a ella y repasé los trazos de la mujer del cuadro. 




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