La vida de al lado

CAPÍTULO 8: «LUNES, MAÑANA»

Sentada en el suelo, sostenía la mano de Joanne mientras ella descansaba en cama. Apenas había dicho alguna palabra de regreso, solo para pedirme acompañarla a su habitación; accedí sin que tuviera que insistir. En parte, porque me sentía culpable. Si no fuera por mi presencia, de seguro no se habría lastimado.

            La señora no había regresado a casa y Joanne no permitió que le avisara del accidente que tuvo; a pesar de mi insistencia, cedí luego de que me hiciera prometerle no decir nada de lo ocurrido.

Pero ¿cómo pasó? Fue un segundo en el que dejé de verla. Estaba exhausta por todo: el museo, Lois…, Joanne; sin embargo, me negaba a cerrar los ojos por temor a que algo pudiera pasarle de nuevo. Era un pavor sin fundamento; sin embargo, se enredaba y hacía crecer sus espinas dentro de mí con tal intensidad como si fuera Joanne quien corriera peligro de muerte. La sola idea era inconcebible: lejos de casa, libre de mi familia, ella se había convertido en mi hogar. Me aceptó en su vida y cuidó de mí donde mi madre falló en hacerlo.

Acaricié su cabello y contemplé en silencio, la venda que cubría su mano. Su pecho subía tranquilo al compás de su respiración y después de un rato por fin se quedó dormida. Minutos antes rompió el silencio para disculparse por el desastre. Le callé enseguida, incapaz de entender por qué se culpaba.

Sabía que no había motivo para desconfiar de la seguridad de la casa de Joanne, pero aun así decidí comprobar por mí misma que nada estaba fuera de lugar. Revisé primero la cocina donde las pequeñas gotas de su sangre dejaron manchas en el suelo y luego el resto; como era de esperar, nadie más que nosotras dentro.

Volví a la habitación de Joanne para verla una vez más y llevar mis cosas abajo, donde iba a montar guardia en la noche. Al entrar en su recámara, la encontré despierta, con la mirada abierta y una profunda línea entre sus cejas.

—¿A dónde fuiste?

—Al baño —mentí—. ¿Hice ruido?

Apretó los labios y se movió a un lado en el colchón para hacerme espacio. Me acomodé a su lado con el pijama arrugado en una bola entre las manos y pregunté de nuevo.

—¿Te desperté?

—Sentí que te habías ido.

—No —susurré. Otra mentira, si no hacía mi deber con los anteriores ocho y salvar nuestras vidas—. Planeaba dormir abajo para no incomodarte.

—La cama es enorme, Lizzy.

Respiré hondo el suave aroma a rosas y vainilla. 

—Necesitas descansar.

A punto de irme, Joanne se estiró y me agarró del antebrazo. Clavó los ojos en la vieja ropa que trataba de ocultar con los dedos y subió la mirada con tanta lentitud que sentí que me ardía el cuerpo.

—Quédate —dijo.

Podía hacer todo, menos eso. Si permanecía cerca de Joanne, solo lograría que saliera herida; tampoco quería que, si llegaba a fracasar contra el cambia-rostros, la imagen de mi cadáver quedara impreso en su mente para siempre.

»Por favor. —Su voz tenía el lastimero tono de la súplica.

Dejé que tirara de mí hasta el colchón y acepté sentarme en la esquina; me dije a mí misma que podría pararme e irme de allí de inmediato, pero en cuanto pronunció mi nombre, la rodeé con los brazos y hundí mi rostro en su pelo.

Joanne me abrazó hasta que las lágrimas se me secaron. Sobre su rostro, un cuadro preocupado, la cálida luz de una lámpara dibujaba sombras que ocultaban la mitad de sus rasgos. La angustia en su gesto la hacía envejecer.

—¿Me dirás ahora a qué le tienes tanto miedo?

Retiré sus manos de mis mejillas.

—No tengo miedo, Joanne. —Al demonio con todo, ¡claro que lo tenía! Iba a morir si no hacía algo, ¡y todo pasaba tan deprisa que no tenía ninguna idea de por dónde comenzar a buscar!

—Te conozco, Lizzy —respondió—. Sé que ocultas algo. Dime, ¿no confías en mí? Si todavía tienes pesadillas…

Negué con la cabeza. Las pesadillas, se sentían tan lejanas.

—No quiero asustarte.

Joanne sonrió entre las sombras.

—Ninguna de tus pesadillas podría asustarme. Déjame estar de tu lado, por favor. Déjame saber qué es lo que ocurre.

Temblaba, pero lo había decidido. Si algo me ocurría, Joanne merecía conocer la verdad. Bajé la mirada hacia su herida, traicionada por los últimos fragmentos de mí que querían escapar, y luego le vi directo a los ojos.

—Tengo algo que decirte.

Se removió en su puesto, alarmada por la seriedad en mi voz. Guardó silencio, a la expectativa, y yo elevé la primera plegaria desde que era niña, para que con mis palabras no condenara el alma de Joanne.

»Alguien… muy malo me persigue. Si no descubro quién es antes de que me encuentre me pasará algo terrible.

Joanne abrió los ojos, pero permaneció inmóvil, atenta a lo que decía. Di otra bocanada de aire antes de continuar.

»Esto ha sucedido exactamente ocho veces antes de mí. Sé que parece una locura, y lo es, pero es la verdad. Yo… Las pesadillas… Eran ellos. Era yo, los fantasmas de quien fui en el pasado. He logrado hablar con ellos. —Me relamí el labio, nerviosa. Joanne no había apartado hasta el momento y la tensión en mis músculos disminuí—. La conexión que nos ata a todos apareció y ha hecho que la persona que… nos hizo daño regresara. Y soy la última que queda.




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