La vida diaria de un experimento

Capitulo 1 - El despertar

Día 913 | Instalaciones Subterráneas de Ciudad LongMachine Hora: 9:29 PM Bitácora: Experimento 183 "Vista Oscura"

El zumbido de los servidores era lo único que mantenía la calma en el laboratorio principal. El científico líder, con las manos apoyadas sobre la consola de control y el rostro iluminado por la luz azul de los monitores, observaba los signos vitales en la pantalla. Una sonrisa de orgullo curvó sus labios.

—Falta poco... —susurró para sí mismo, ajustando un último parámetro—. Falta muy poco para que mi mayor creación sea por fin un éxito absoluto.

El silencio se rompió violentamente. Las puertas neumáticas de la entrada se abrieron de golpe, dejando entrar a un chico joven, un asistente, con la bata manchada de hollín y el rostro pálido por el terror.

—¡Profesor! —gritó el chico, casi sin aliento—. ¡Tenemos un problema grave! Múltiples experimentos salieron de sus jaulas...

El profesor se giró, molesto por la interrupción, pero la expresión del asistente lo detuvo.

—Vienen liderados por unas bestias terribles —continuó el chico, temblando—. No sabemos quién fue o qué sucedió, los sistemas de seguridad fallaron. ¡Por favor, ayúdenos!

Antes de que el profesor pudiera responder, una alarma estridente comenzó a sonar. La sala se convirtió en un caos instantáneo. Los otros científicos, hasta ese momento absortos en sus datos, empezaron a correr, tirando papeles y equipos en su desesperación. El miedo era palpable, un olor ácido en el aire.

El científico líder, comprendiendo la magnitud del desastre, agarró al asistente por los hombros. Su mirada era fría.

—¡Cierren toda la base de adentro hacia fuera! —ordenó con voz de trueno, sobreponiéndose a los gritos—. ¡Nada de lo que hay aquí debe salir con vida! ¡Activen el Protocolo de Purga!

Un colega corrió hacia la palanca de sellado manual cerca del pasillo oscuro que conectaba con el sector de contención. Pero fue demasiado tarde.

Desde la negrura del pasillo, algo se movió más rápido que la vista humana. Un tentáculo grueso y viscoso salió disparado, envolviendo la cintura del hombre que iba a ejecutar la maniobra. Un grito ahogado fue lo único que se escuchó antes de que fuera arrastrado violentamente hacia la oscuridad.

El silencio que siguió fue peor que los gritos. Desde esa misma oscuridad, dos puntos de luz se encendieron. Luego dos más. Luego diez.

Ojos. Eran ojos de un rojo carmesí brillante.

No era una sola criatura. Eran decenas, tal vez cientos, brillando con una inteligencia malévola desde las sombras, observando el festín que estaba por comenzar.

El científico líder miró a su "mayor creación" en los monitores una última vez, y luego miró a las bestias que avanzaban. No había escapatoria. No había victoria. Solo contención.

Con mano firme, abrió el panel de seguridad de su escritorio y reveló un botón rojo protegido por un cristal.

—Ustedes no saldrán nunca de este lugar —dijo con voz firme, mirando directamente a los ojos carmesí.

Su puño bajó con fuerza.

La explosión fue instantánea. Una luz blanca consumió el laboratorio, las bestias, los científicos y los secretos de Ciudad LongMachine, colapsando la instalación sobre sí misma y dejando, momentáneamente, solo silencio bajo la tierra.

10 años después del incidente. Ubicación: Ciudad NotSpeed.

Las pantallas gigantes en los rascacielos de Ciudad NotSpeed parpadearon al unísono, interrumpiendo los anuncios comerciales para mostrar un letrero de "ALERTA" en rojo brillante.

—¡Interrumpimos la transmisión! —gritó la reportera desde un helicóptero, con el viento azotando su micrófono—. ¡Un monstruo de clase desconocida acaba de atacar el Punto Norte de la ciudad! ¡Por favor, evacuen todas las instalaciones! Repito: ¡Evacuen de inmediato!

En las calles, el pánico era total. La gente corría atropellándose unos a otros. En medio del caos, en una intersección bloqueada por escombros, una mujer abrazaba a su hija pequeña contra el asfalto. La sombra de una bestia colosal, con piel de piedra y garras como guadañas, se alzaba sobre ellas. La criatura rugió, levantando un brazo para aplastarlas. Los gritos de la madre se ahogaron en el estruendo de la ciudad.

Fue en ese preciso instante cuando decidí dejar de ser un espectador.

—¡Vaya, vaya! —grité, aterrizando entre la bestia y la familia con una pose que ensayé mil veces—. Parece que un tipo feo como tú necesita urgentemente una clase de disciplina.

La bestia detuvo su ataque y bajó la mirada hacia mí. Pude oler su aliento podrido. Sonreí, ajustándome los guantes.

—Prepárate, grandulón —dije, flexionando las piernas—. Te voy a patear el trase...

¡PUM!

Un sonido sordo. Oscuridad instantánea.

...

Abrí los ojos tosiendo polvo. Mi cabeza daba vueltas como una lavadora estropeada. Me senté con dificultad y me di cuenta de que estaba incrustado dentro de un edificio de oficinas, a unos trescientos metros de donde estaba parado hace un segundo. Miré hacia atrás: había un hueco perfecto con la forma de mi cuerpo atravesando tres paredes de concreto.

—¿Qué demonios...? —murmuré, sacudiéndome los escombros del cabello—. ¿Acaso fui enviado de un solo golpe hasta este lugar? Ni siquiera lo vi moverse.

Me levanté tambaleándome y caminé hacia el agujero en la pared para ver qué había pasado con la madre y la niña.

Lo que vi me dejó helado, pero no por miedo.

La bestia yacía muerta en el centro de la calle. Tenía una fisura enorme en el estómago, una herida brutal que la había partido casi en dos, y los bordes de la carne estaban cauterizados, cubiertos de llamas doradas que no se apagaban.

Sobre el cadáver, posando para las cámaras de los drones que acababan de llegar, estaban ellos. Capas brillantes, armaduras impecables y sonrisas de revista.

Eran, nada más y nada menos, que los Héroes Más Fuertes del Continente.

—¡Gracias! ¡Gracias por salvarnos! —gritaba la multitud que empezaba a salir de sus escondites. La madre lloraba agradeciendo a un tipo con una espada de fuego.




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