—¡Wow, pero qué lugar tan gigantesco! —exclamé, con la voz rebotando en las paredes de acero y cristal. Mi cuello dolía de tanto mirar hacia arriba, intentando encontrar el techo entre la bruma de luces artificiales.
—No te quedes atrás, Dustin —dijo Mike sin detener su paso—. Acompáñame, te llevaré a donde estará tu nuevo dormitorio.
Caminamos por una pasarela elevada que cruzaba la nave principal. Debajo de nosotros se extendía un área impresionante: filas interminables de máquinas en reposo. Había cientos de ellas. Algunas parecían vehículos blindados, otras eran esqueletos metálicos con formas humanoides y muchas otras eran simplemente masas de cables y pistones que no lograba comprender. Parecía un cementerio de gigantes de hierro esperando una orden para despertar.
Minutos después, tras cruzar varios pasillos laberínticos, Mike se detuvo frente a una puerta gris con un panel numérico. Tecleó un código rápido y la puerta se deslizó con un siseo suave.
—Muy bien, este será tu nuevo hogar —dijo Mike, haciéndose a un lado para dejarme entrar.
La habitación era esterilizada, blanca y compacta, pero comparada con mi departamento lleno de basura, parecía una suite de hotel cinco estrellas. Me giré hacia Mike, todavía procesando todo lo que había visto en el camino.
—Mike, en serio... ¿qué es todo esto? —pregunté, señalando hacia el pasillo—. Esas máquinas allá atrás no parecían simples "herramientas de defensa". Parecían un ejército.
—Digamos que es un centro de... soluciones, Dustin —respondió él con una sonrisa ensayada, apoyándose en el marco de la puerta—. Aquí fabricamos lo que la sociedad necesita para sobrevivir, aunque no sepa que lo necesita.
—Eso suena muy bonito, pero no me dice nada —insistí, cruzándome de brazos—. ¿Quién financia esto? ¿El gobierno? ¿Empresas privadas? Porque el nivel de tecnología que vi ahí abajo cuesta billones.
—La procedencia del dinero no es importante, lo que importa es el resultado —dijo Mike, evadiendo mi mirada mientras se ajustaba los puños de la camisa—. Solo necesitas saber que estamos del lado de la humanidad.
—¿Entonces por qué estamos escondidos bajo tierra como ratas? Si estamos salvando al mundo, ¿no deberíamos estar allá afuera?
—La luz atrae a las polillas, Dustin, y nosotros preferimos trabajar sin interferencias —su tono se volvió más seco, cortando el interrogatorio—. La privacidad es nuestra mayor arma. Cuanto menos preguntes sobre el "qué" y te enfoques más en el "cómo", más larga será tu estancia aquí.
Me quedé callado. Estaba claro que no iba a sacar más información, al menos no por ahora.
—Ponte cómodo, pero no te duermas —dijo Mike, recuperando su tono amistoso y mirando su reloj—. En unos minutos vendrá la secretaria administrativa. Ella te dará los detalles para tu primer trabajo de prueba. Y un consejo: trata de ser puntual y educado. No tiene mucha paciencia con los novatos.
Después de que Mike se fue, me quedé mirando el techo blanco inmaculado de mi nueva habitación. El silencio era absoluto, casi inquietante para alguien acostumbrado al ruido del tráfico y los gritos de los vecinos. Me recosté en la cama —que era más cómoda que cualquier cosa que hubiera tocado en mi vida— y esperé.
Pasaron exactamente quince minutos. Ni uno más, ni uno menos.
Toc, toc.
Dos golpes secos y precisos. Me levanté y abrí la puerta.
Frente a mí había una chica. Era un poco más baja que yo, pero su presencia llenaba el umbral como si midiera dos metros. Tenía el cabello negro recogido en una coleta tan tensa que me dolía la cabeza solo de verla, y unos ojos oscuros que me escanearon de arriba a abajo con la calidez de un iceberg.
—Dustin —dijo, no como una pregunta, sino como quien lee una etiqueta en un frasco—. Soy Sara. Sígueme.
Mientras caminábamos por el pasillo, ella comenzó a hablar sin mirarme, con un tono monótono y eficiente.
—Tu función principal será la de Operador de Pruebas de Estrés. Evaluarás la durabilidad de los prototipos en escenarios simulados de alto riesgo. Básicamente, te pondremos el equipo y te lanzaremos contra obstáculos para ver si se rompe el equipo... o si te rompes tú.
Me detuve un microsegundo, procesando sus palabras.
—Mmm —pensé, sintiendo una punzada de ironía—. Con que solo quieren un peón para saber qué tan fuertes son sus juguetes, ¿eh? Carne de cañón con sueldo.
No dije nada en voz alta, simplemente seguí caminando. Llegamos a una puerta doble reforzada. Sara puso su palma en el escáner y entramos.
La habitación estaba llena de actividad. Una docena de ingenieros con batas blancas y tabletas en mano dejaron de hablar en cuanto entramos. En el centro de la sala, sobre maniquíes y mesas de metal, estaba el equipo.
Un ingeniero mayor, con gafas gruesas, se adelantó sin perder tiempo en saludos.
—Bienvenido, sujeto de pruebas. Presta atención, no voy a repetir esto.
Empezó a señalar las piezas una por una.
—Primero, la Máscara de Detección Táctica. —Señaló un casco elegante y anguloso—. Tiene sensores térmicos y de sonar. Te permitirá ver a través de los muros a corta distancia. Nada se te escapará.
Asentí, impresionado.
—Segundo, el Chaleco de Disipación. —Era una pechera negra con placas hexagonales—. Absorbe y dispersa el impacto físico y cinético. Un camión podría golpearte en el pecho y apenas lo sentirías. Pero ojo... —me miró por encima de sus gafas—, solo cubre el torso. Si te rompen los brazos o las piernas, es tu problema. No te descuides.
—Anotado —dije, tragando saliva.
—Tercero, las Botas de Flujo. Tienen servomotores en los tobillos para corrección de caída y aumento de velocidad. Te moverás como el agua.
Luego señaló una pieza que descansaba sola en una mesa especial. Era una manga blindada de metal plateado y negro, con articulaciones hidráulicas visibles.
—Y para tu brazo izquierdo, un Guantelete de Asalto Mecanizado. Aumenta tu fuerza de agarre y golpe en un 300%.
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Editado: 10.01.2026