La vida diaria de un experimento

Capitulo 3 - En busca del peligro

CRACK.

El sonido de un cráneo rompiéndose resonó en el callejón. Retiré mi Guantelete de Asalto del cadáver de una bestia cuadrúpeda que se parecía a un perro desollado, sacudiendo la sangre negra y viscosa que goteaba de los pistones hidráulicos.

Miré a mi alrededor. Había al menos diez cadáveres esparcidos por la calle. Llevaba una hora luchando, moviéndome de una cuadra a otra, y ni siquiera estaba sudando.

—Al parecer, esta cosa que me dieron los ingenieros es una barbaridad —exclamé, admirando el brillo del metal en mi brazo izquierdo—. De haber sabido, hubiera estado trabajando con ellos desde hace años.

Sin embargo, mi pequeña celebración duró poco. Un chillido agudo rebotó en los edificios cercanos, seguido por otro, y otro más. El eco de la batalla había funcionado como una campana para la cena.

—Mierda —susurré—. Llamé la atención de demasiados.

Este lugar, la Zona Cero, era tal como decían las historias: una tumba a cielo abierto. Fue uno de los primeros lugares en caer y quedar deshabitados tras la catástrofe de hace una década. No había humanos, solo depredadores.

—Tal vez deba descansar un momento —me dije, evaluando mis opciones.

Activé la visión térmica de la Máscara de Detección Táctica. A través de los muros de concreto de un edificio comercial cercano, vi que el interior estaba frío. Sin firmas de calor. Sin movimiento.

Corrí hacia la entrada, destrocé la puerta bloqueada con un empujón del hombro (gracias al chaleco, apenas sentí el impacto) y me deslicé hacia la penumbra del vestíbulo. Subí rápidamente hasta el tercer piso y me atrincheré en lo que alguna vez fue una oficina.

Me senté contra la pared, bajo una ventana rota, y verifiqué el perímetro con la máscara una vez más. Nada entraba. Estaba seguro, por ahora.

Miré el reloj "inútil" en mi muñeca derecha. El tiempo seguía corriendo.

—Bien, pensemos —murmuré, tratando de trazar un mapa mental.

El piloto dijo que el punto de extracción estaba a cinco kilómetros al sur. Desde mi posición actual, eso significaba atravesar el distrito financiero y luego cruzar un viejo parque industrial.

Cinco kilómetros.

En una ciudad normal, con estas Botas de Flujo, podría cubrir esa distancia en menos de veinte minutos corriendo a máxima potencia. Pero esto no era una ciudad normal. Era un laberinto.

—Si voy por la avenida principal, seré un blanco fácil para los voladores —razoné—. Si voy por los callejones, me arriesgo a una emboscada en espacios cerrados donde el brazo mecánico no tiene tanto rango de movimiento.

Me asomé con cuidado por la ventana. Al sur, la silueta de los edificios se recortaba contra el cielo gris. Parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

—Lo mejor será ir saltando de azotea en azotea. Las botas deberían aguantar el impacto y tendré ventaja de altura.

Me puse de pie, sintiendo el peso reconfortante del equipo. La confianza volvió a mí. Había matado a diez de esas cosas sin despeinarme. ¿Qué tan difícil podía ser correr cinco kilómetros?

—Bueno, no será tan difícil —dije, ajustándome los guantes—. Solo es una caminata larga con obstáculos.

Salté hacia la siguiente azotea, sintiéndome el rey del mundo, cuando de repente el sol se bloqueó. Una sombra inmensa cubrió todo el edificio.

Alcé la vista y me quedé helado.

Para mi sorpresa, no era una nube. Era una bestia.

Tenía una estructura similar a un pulpo, pero era una abominación terrestre, con una piel húmeda y grisácea que goteaba lodo negro. ¿Cuánto medía esa cosa? ¿Veinte metros? ¿Treinta? Era colosal, deslizándose entre los rascacielos como si fueran juguetes de cartón. Sus tentáculos, gruesos como troncos de árboles, se arrastraban por las fachadas, triturando el concreto con cada movimiento.

Ya tenía los ojos encima de mí. O al menos eso creía, porque su "cabeza" bulbosa estaba llena de orificios que palpitaban.

O al menos eso creía, porque su "cabeza" bulbosa estaba llena de orificios que palpitaban

Me quedé completamente inmóvil. Mi instinto gritaba corre, pero mi cerebro decía "si te mueves, estás muerto".

La bestia pareció dudar un segundo. Sus tentáculos se movieron perezosamente hacia el otro lado de la calle.

—No me vio —pensé, sintiendo un alivio momentáneo—. Siguió su camino. Soy demasiado pequeño para que le impor...

El pensamiento ni siquiera terminó.

¡ZAS!

No lo vi venir. Solo sentí el aire comprimirse y luego un tirón brutal. Un tentáculo más rápido que un látigo me atrapó por la cintura. La fuerza fue tal que sentí como si mis órganos internos se desplazaran de lugar.

Me elevó por los aires con una violencia absurda y, sin ninguna ceremonia, me lanzó como si fuera una pelota de béisbol.

—¡Mierdaaaaaa! —grité mientras el mundo giraba a mi alrededor.

Volé a través de la calle, directo hacia un edificio de oficinas con ventanales de cristal.

¡CRASH!

Atravesé el cristal y golpeé una columna de concreto en el interior. El impacto fue seco, terrible.

Caí al suelo rodando, tosiendo polvo y cristales. El mundo me daba vueltas, pero extrañamente, no perdí el conocimiento. El Chaleco de Disipación había hecho su trabajo: mi pecho y mis costillas estaban intactos. Había absorbido el golpe mortal contra la columna.

Pero el chaleco no cubría todo.

Intenté levantarme y un grito de dolor desgarrador escapó de mi garganta.

—¡Ahhh! —Miré mi brazo derecho.




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