La vida diaria de un experimento

Capitulo 4 - La chica humana robot

La mujer no esperó una respuesta. Con la misma eficiencia con la que había entrado, dio media vuelta y salió de la habitación, dejándome con esa frase resonando en mi cabeza: "Felicidades por sobrevivir".

El silencio volvió a adueñarse del cuarto, pero no duró mucho. Apenas unos minutos después, el siseo de la puerta automática volvió a sonar. Esta vez, quien entró no traía la frialdad de un burócrata, sino la ansiedad dibujada en el rostro.

Era Mike.

Se le veía agotado, con el uniforme algo desaliñado y ojeras marcadas, como si no hubiera pegado el ojo en toda la noche. Al verme despierto, soltó un suspiro que pareció desinflar toda la tensión que traía en los hombros. Se acercó a la camilla, pero no con la distancia clínica de la secretaria, sino con la cercanía de quien teme haber perdido algo importante.

—Hola, amigo —dijo, su voz sonando un poco ronca—. ¿Cómo te encuentras?

Intenté acomodarme mejor en la almohada, pero una punzada de dolor recorrió mi espalda, recordándome cada golpe recibido. Solté una risa seca, sin humor.

—Me siento de la mierda, jajaja —admití, llevándome una mano a las costillas—. Pero al menos estoy vivo, que es lo más importante, ¿no?

Mike no se rio. Al contrario, bajó la mirada, visiblemente avergonzado. Se pasó una mano por el cabello, frustrado.

—Perdón por esa misión, Dustin —dijo, y pude notar que lo decía en serio—. Perdón por no evitarla. Ni siquiera me informaron de que te asignarían eso. Yo... yo tenía pensado ponerte como mi ayudante de servicio. Algo tranquilo, papeleo, logística... No es nada comparado con arriesgar tu vida de esa forma.

Me quedé mirándolo un momento. "Ayudante de servicio". La imagen de mí mismo detrás de un escritorio, seguro pero aburrido, llenando formularios mientras otros vivían la acción, cruzó por mi mente. Hace unos días, quizá hubiera deseado eso. Seguridad. Calma.

Pero ahora... ahora recordaba el latido frenético de mi corazón cuando me enfrente a esas bestias.

Negué con la cabeza despacio.

—Me alegro de que no me hayas utilizado de esa forma, Mike —respondí, y mi tono fue tan serio que él levantó la vista, sorprendido—. Esta misión fue... muy buena para mí.

—¿Buena? —repitió, incrédulo—. Dustin, casi te matan.

—Lo sé. Pero me sentí vivo —cerré el puño, sintiendo la fuerza regresar a mis dedos—. Sentí como si mi motivación por vivir se encendiera otra vez. Hacía mucho que no sentía algo así.

Mike me observó en silencio durante unos segundos, buscando algún rastro de locura en mis ojos o quizás esperando que fuera una broma. Al ver que no lo era, relajó los hombros, resignado, aunque todavía con un rastro de preocupación en el ceño.

—Está bien —suspiró, levantando las manos en señal de paz—. No te voy a juzgar por eso, cada uno lidia con esto a su manera. Pero, por favor... ten cuidado para la próxima vez. No siempre tendrás tanta suerte.

—Lo tendré en cuenta, amigo —prometí, aunque en el fondo sabía que la suerte era solo una parte de la ecuación.

Mike asintió, me dio una última palmada en el hombro (con cuidado de no tocar ninguna herida) y se dirigió a la salida.

Una semana. Eso fue todo lo que tardó la tecnología médica de este lugar en borrar cualquier rastro de la paliza que recibí. Mi brazo, que hace unos días parecía carne molida, ahora estaba como nuevo; ni siquiera quedó una cicatriz. Era impresionante, y a la vez, un poco aterrador.

Apenas me dieron el alta, no hubo tiempo para celebraciones. Fui convocado de inmediato por la misma orden de ingenieros dentro de la Colmena que me había asignado la misión suicida anterior. Esta vez, la reunión fue en una sala llena de pantallas holográficas y planos que no entendía.

Uno de los ingenieros, un tipo calvo con gafas que reflejaban la luz azul de los monitores, me miró como quien mira a una rata de laboratorio que ha aprendido a presionar el botón correcto.

—Felicidades, Dustin —dijo, asintiendo con aprobación—. Parece que serás un buen objeto de pruebas. Eres... interesante. Tu fisiología reacciona al estrés mejor de lo calculado.

—¿Muchas gracias? —respondí, dudando si debía sentirme halagado o insultado.

Ignoró mi tono y fue directo al grano.

—Para la siguiente tarea, no serás el cebo. Ya probamos tu durabilidad. Esta vez harás una misión de espionaje utilizando nueva tecnología de camuflaje, pero no irás solo. Por el momento, tu rango es bajo, así que servirás únicamente como apoyo para una de nuestras mejores agentes.

En ese preciso instante, la puerta se deslizó y entró ella.

Era, sin lugar a dudas, una mujer hermosa. Tenía unos rasgos tan simétricos y una piel tan inmaculada que por un segundo pensé que era un androide de última generación. Su mirada era hielo puro, fría y calculadora, sin un ápice de imperfección. Caminó hasta el centro de la sala y se detuvo con una postura militar perfecta.

Traté de ser amable.

—Hola —dije, levantando la mano—. Soy Dustin, un gusto ser tu apo...

Ni me miró. Simplemente siguió con la vista fija al frente, como si yo fuera una planta decorativa en la esquina de la habitación. Bajé la mano lentamente.

Vaya, pensé. Tal vez en este lugar el sentido del humor o sera que nunca a tenido novio?.

Hubo un silencio incómodo de unos segundos. Y entonces, sin previo aviso, ella giró la cabeza mecánicamente hacia mí, me clavó esos ojos fríos y abrió la boca.

—Soy Dila —dijo con voz monótona pero increíblemente rápida—. Tengo veintitrés años, nacida en el Sector 4, tipo de sangre A positivo, graduada con honores en la Academia de Infiltración Táctica, especialidad en armas de corto alcance, alergia leve a la pendejes humana, mi color favorito es el gris pizarra, tengo un récord de cuarenta y dos misiones exitosas, tres fallidas por incompetencia de terceros, mi rutina de entrenamiento comienza a las 4:00 horas, prefiero la comida deshidratada sabor pollo y...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.