La vida diaria de un experimento

Capitulo 5 - Larga noche de espionaje

Pasaron unas horas y ahí estaba yo, parado afuera de la imponente estructura del Capitolio. Nunca había puesto un pie en este lugar; siempre fue una vista lejana reservada para la gente importante, no para alguien como yo.

Dila me había pedido que me pusiera mis mejores garras, y vaya si lo intenté. El problema es que mi armario no es precisamente variado. Al final, terminé usando el uniforme formal que Mike me había regalado para el trabajo de ayudante que nunca llegué a tomar. Me quedaba bien, limpio y planchado, pero me sentía como un pingüino.

Estaba ajustándome el cuello de la camisa, sintiéndome ridículo, cuando la vi venir.

El aire se me atoró en la garganta.

Dila caminaba hacia mí con una seguridad aplastante. Llevaba un vestido largo de un color gris, casi plateado, que brillaba bajo las luces artificiales de la ciudad como si fuera metal líquido. No tenía volantes ni adornos innecesarios; era un diseño de cortes rectos y geométricos, con un escote alto y severo, pero con una abertura en la pierna que sugería que podía patearle la cara a alguien en cualquier momento sin romper la tela. Su cabello estaba recogido en un moño tenso y perfecto, dejando ver su cuello largo y pálido. Era hermosa, sí, pero de esa forma en la que es hermosa una espada recién forjada: fría, letal e intocable.

Se detuvo frente a mí, ignorando por completo las miradas que atraía.

—¿Estás listo? —preguntó, con el mismo tono con el que me pediría un informe de misión.

—S-sí, estoy listo —tartamudeé, parpadeando un par de veces—. Es solo que... guau. Tu belleza me cautivó por un segundo. No te reconocí sin el camuflaje de turista.

Ella ni siquiera se sonrojó. Sus ojos fríos me escanearon de arriba abajo con indiferencia.

—Concéntrate —dijo secamente—. No me puse esto para recibir tus halagos vacíos. Es camuflaje social de clase alta. Eficiencia, nada más.

—Okey, okey, jefa —respondí levantando las manos.

Por dentro, me reí. Jajaja, me lo imaginaba. Sabía que reaccionaría así, pero por alguna extraña razón, fastidiar a esta chica con comentarios humanos se estaba convirtiendo en mi pasatiempo favorito. Ver esa grieta en su armadura de robot, aunque fuera por irritación, era divertido.

Entramos al Capitolio y el golpe de realidad fue inmediato. El lugar estaba abarrotado. Era un mar de gente, perfumes caros y joyas ostentosas. Apenas se podía caminar sin chocar con algún dignatario o algún fanático con dinero. El calor humano y el ruido eran sofocantes.

Me acerqué a Dila para no tener que gritar.

—Oye, esto es una locura —le dije al oído—. ¿Cuál es el mejor lugar para posicionarnos? Aquí no veremos nada.

Dila no miró a la multitud. Levantó un dedo y señaló discretamente hacia una estructura conectada al salón principal: un edificio anexo, más alto y custodiado, separado por puertas de cristal blindado.

—El Héroe estará allá —dijo con un tono de desprecio apenas audible—. Rei no es ningún santo como para mezclarse con la plebe. Él y los altos mandos tendrán su propia cena privada en la Torre VIP. Lo de aquí afuera es solo para mantener al ganado contento.

—Ohhh... ya veo —dije, mirando la seguridad pesada que bloqueaba el acceso a esa zona—. Entonces, ¿qué sugieres hacer para llegar allá? Hay guardias por todas partes.

Ella se giró hacia mí, y por primera vez en la noche, vi un destello peligroso en sus ojos.

—¿Que no es obvio? —preguntó, como si yo fuera el ser más lento del planeta.

—¿Ehhh? —La miré con cara de idiota—. ¿No? Ilumíname.

Maldita Dila. De verdad, maldita sea su lógica retorcida. Cuando dijo "¿no es obvio?", jamás imaginé que se refería a sacrificar mi dignidad social para siempre.

—Haz un alboroto —me susurró antes de empujarme hacia la multitud—. Grande. Que los guardias se muevan.

Y ahí estaba yo, subiéndome de un salto al pequeño escenario donde una banda de jazz tocaba música ambiental aburrida. Le arrebaté el micrófono al cantante, que se quedó petrificado, y miré a la marea de gente.

—¡Muy bien, escuchad todos! —grité, y acto seguido, empecé a quitarme la ropa—. ¡Es hora de que empiece la verdadera fiesta!

Me quité el saco y lo lancé al público. Luego empecé a desabotonarme la camisa frenéticamente mientras berreaba una canción inventada totalmente desafinada. Fue, sinceramente, lo más inteligente (y estúpido) que se me ocurrió en el momento para llamar la atención. Me quedé en camiseta interior, girando la camisa sobre mi cabeza como un lazo.

Esperaba gritos, desmayos, insultos... algo.

Pero no pasó nada. Absolutamente nada. La gente seguía hablando de sus negocios, bebiendo champán y riendo como si yo fuera invisible. Ni siquiera me voltearon a ver.

—¿Es en serio? —murmuré, sintiéndome el ser más patético del universo—. ¿Tan poco importo?

En eso, un guardia que pasaba cerca del escenario frunció el ceño y me señaló con su macana.

—¡Eyyy! —bramó—. ¿Qué demonios tratas de hacer, chico? ¡Bájate de ahí!

—¡Mierda! —solté.

Sin pensarlo dos veces, tiré el micrófono (que hizo un ruido agudo horrible) y salí corriendo. No huí hacia la salida, sino directo hacia los dos guardias que custodiaban la puerta de cristal del edificio VIP.

Corrí como un loco, directo hacia ellos.

—¡Alto ahí! —gritaron, poniéndose en posición.

Les hice creer que iba a embestirlos para entrar a la fuerza, pero en el último segundo hice una finta hacia la izquierda. El guardia de la derecha se tensó, pero yo no iba por la puerta. Iba por su cabeza.

Estiré la mano y, con un movimiento rápido y preciso... ¡Zas!

Le arranqué la peluca.

Debajo de ese cabello falso y perfecto, su cabeza brillaba como una bola de boliche bajo las luces del salón. Me detuve a unos metros, jadeando y agitando el peluquín en el aire como un trofeo de guerra.

—¡Jajajaja! —me reí, con una mezcla de histeria y adrenalina—. ¡Eyyyy, pelón! ¡A ver si me atrapas! ¡Te ves más aerodinámico así!




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