La vida diaria de un experimento

Capitulo 6 - Un héroe a medias

Perspectiva de Dustin

—¡Diablos! —jadeé, esquivando una bandeja de canapés que voló cerca de mi cabeza—. ¡Estos malditos orangutanes no paran de seguirme!

Llevaba cinco minutos corriendo en círculos por el jardín exterior del Capitolio, y los dos guardias (el calvo y su compañero) tenían más resistencia de la que aparentaban. Mis pulmones empezaban a quemar, pero entonces recordé el plan: Distracción. Si yo dejaba de correr o me atrapaban rápido, Dila perdería su cobertura.

—Así es cierto —pensé en voz alta, frenando de golpe cerca de una estatua—. Para que Dila tenga más tiempo, aprovecharé para hacer más escándalo.

Me giré hacia mis perseguidores, que venían resoplando como toros furiosos. Levanté la peluca que todavía tenía en la mano.

—¡Eh, idiotas! —les grité, asegurándome de que todos los invitados cercanos me escucharan—. ¿Buscan esto? ¡Miren dónde me la pongo!

Con un movimiento teatral y totalmente irrespetuoso, me metí la peluca dentro del pantalón, justo en la entrepierna, dejando que un mechón de pelo falso asomara por la cremallera.

—¡Ahora tiene más volumen! —me burlé, haciendo un gesto obsceno con la cadera.

El guardia calvo se puso de un color rojo violáceo que desafiaba a la naturaleza.

—¡Maldito! —rugió, con los ojos inyectados en sangre—. ¡No te la pongas en el pantalón! ¡Te voy a matar!

Estaba a punto de echarme a correr de nuevo, riéndome de mi propia estupidez, cuando el aire cambió. No fue una brisa, fue un impacto sólido.

Un fuerte viento me golpeó de la nada, como si un muro invisible me hubiera embestido a cien kilómetros por hora.

—¡Zas!

Salí disparado hacia atrás, mis pies dejaron el suelo y volé unos metros hasta estrellarme de espaldas contra el borde de piedra de una fuente decorativa. El agua me empapó al instante y el golpe me sacó todo el aire de los pulmones.

—Cof, cof... —tosió, tratando de incorporarme mientras el agua me chorreaba por la cara.

Al levantar la vista, noté que el jardín se había quedado en silencio. Las miradas de las personas, antes centradas en mi espectáculo denigrante, ahora observaban con admiración y temor hacia el cielo.

Descendiendo lentamente, envuelto en corrientes de aire que agitaban su capa, estaba Ralf, el Héroe del Viento. Aterrizó con una elegancia ensayada frente a mí, cruzándose de brazos.

Me miró con un desprecio absoluto, como si yo fuera una cucaracha en su zapato.

—Oye, tú... —dijo con voz potente—. Deja de causar revuelo en mi noche. O tendré que matar...

Se detuvo un milisegundo, dándose cuenta de que había cámaras y civiles cerca. Carraspeó y corrigió su tono con una sonrisa forzada.

—...digo, tendré que impartir justicia contra ti. De manera contundente.

Tragué saliva, sintiendo el frío del agua y el miedo mezclarse en mi espalda.

—Mierda —susurré, viendo cómo el viento a su alrededor empezaba a cortar las hojas de los arbustos cercanos—. Esto no es bueno.

A pesar del miedo y del agua fría, algo en mi cerebro hizo cortocircuito. Tal vez fue la adrenalina, o tal vez simplemente soy idiota, pero me puse de pie, empapado y temblando de rabia.

—¡Inténtalo, malnacido! —grité, y en un arranque de valor suicida, me dirigí corriendo hacia él con los puños en alto.

Ralf ni siquiera se molestó en cambiar de postura. Me miró con aburrimiento, se llevó una mano a la boca y soltó un bostezo exagerado.

—Qué pereza —murmuró.

Con un simple movimiento de su mano libre, como quien espanta una mosca, desató una ráfaga de viento concentrado.

No tuve oportunidad. Mis pies se despegaron del suelo al instante. Salí disparado hacia arriba y hacia atrás con una violencia brutal. Mientras el mundo se alejaba rápidamente bajo mis pies, alcancé a escuchar la voz de Ralf, que sonaba más preocupada por su imagen pública que por mi vida:

Mierda, se me pasó la mano...

Pero ya era tarde para disculpas. Había perdido la noción de arriba y abajo. Iba a toda velocidad, convertido en un proyectil humano, directo hacia la cúpula de cristal del edificio principal. El viento aullaba en mis oídos y la altura era vertiginosa.

—¡Maldición! —grité mientras veía el techo acercarse—. ¡Me voy a morir! ¡Ahora sí me maté!

Cerré los ojos esperando el final, pero entonces, en medio del pánico, mi cerebro recordó algo crucial. ¡El equipo! Los ingenieros locos no solo me habían dado ropa rara; me habían dado mejoras.

Recordé sus palabras: "Las botas ahora son zapatos cómodos con amortiguación de impacto de grado militar, y el chaleco antibalas es invisible bajo la tela, capaz de absorber traumas contundentes".

Endurecí el cuerpo justo cuando impacté contra el vidrio.

¡CRAAASHHH!

El sonido fue ensordecedor. Atravesé el tragaluz como una bala de cañón, llevándome conmigo una lluvia de cristales. La gravedad hizo el resto y caí en picada hacia el interior del salón.

—¡Maldito seaaaa! —grité mientras caía.

Choqué contra una viga (gracias, chaleco), reboté, giré y finalmente me estampé de cara contra el piso de mármol. El impacto me sacó el aire, pero increíblemente, no sentí huesos rotos. El traje había absorbido lo peor.

Gemí de dolor, frotándome la nariz contra el suelo frío. Levanté la cabeza, mareado, con la visión borrosa.

Delante de mí había tres pares de zapatos. Levanté la vista un poco más. Vi a un tipo con gafas (Snake), al Héroe Rei con el puño levantado y cara de confusión, y a una mujer con una armadura negra echando humo.

Parpadeé, reconociéndola.

—¿Ehhh... Dila? —pregunté, con la voz pastosa—. ¿Llego en mal momento?

Y así, volvemos a la actualidad.

El Doctor Snake no parecía preocupado por la derrota de su experimento. Al contrario, nos miró con una sonrisa torcida, ajustándose los puños de la camisa.

—Felicidades —dijo con un tono burlón—. Has mandado a volar al Héroe Rei. Impresionante. Pero no crean que todo saldrá bien para ustedes. La noche es joven y yo apenas estoy calentando.




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