La vida en una canción [editando]

25


“Marea de sensaciones”... interrumpidas.
Celeste
🍴

     Después de un trago, sostuve el vaso frío por el agua con ambas manos.


No sabía en qué pensar.


¿Cómo debía ordenar mis pensamientos?
Cuando pensaba en Elliot, me invadía una marea de sensaciones disímiles e incomparables. No lograba entender cómo, desde el odio más puro, habíamos escalado tan raudo en el amor. No podía dejar de darle vueltas a mis reacciones cuando él se hallaba presente y a la vez, tampoco lograba explicar porqué seguía sintiendo miedo.


Yo era una banal contradicción.


Sabía que su madre lo había abandonado y por eso había tenido una infancia adusta, eso era lo único que Julie me había contado sobre él. Y por lo que sucedió esta noche, su madre debía ser la mujer pomposa que se presentó tras bambalinas. Me preguntaba qué cosas nuevas sobre él aprendería de lo que me contara sobre su vida y si eso, me daría... terror.


Prorrumpí de mi ensimismamiento cuando sentí una mirada. Su mirada. Estaba recostado de la jamba de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho y una pierna de apoyo. Me miraba fijamente con una pizca de cautela.


Sonreí para animarle que me hablara y darle confianza, yo sabía lo que era tener un pasado y no querer contarlo. No obstante, concederé que me dió un poco de aflicción la manera de comportarse con su madre. Pero no lo juzgaba, ya que, conocí otra forma de su ser. Si pudiera ilustrar a Elliot con un ejemplo, sería un espejo. Él es del tipo de persona que muestra lo que siente con la persona que le entrega lo mismo. Si le muestras odio, te lo devolverá. En cambio, si le muestras amor, el resultado será el mismo, incluso cuando aparenta no conocerlo, va a corresponderte.


Se acercó a mí hasta quedar de frente. Miró hacia otro lado y se pasó una mano por el pelo, a continuación, se situó a mi lado recostando su peso de la encimera. Así que los dos quedamos de perfil, mirando los grabados de la pulida madera de la alacena.


—Tenía trece años cuando mi mamá nos dejó a mi papá y a mí — empezó a relatar —. Ella nunca me dijo porqué se iba, jamás me dijo que me portara bien o que me quería. Pensé que había hecho algo mal como su hijo, que la había defraudado. Me sentía como un fracaso.


No me gustaba que dijera eso de sí mismo, con todo, lo dejé continuar.


»—Con el paso del tiempo, fui a verla, pero no me reconoció. Ella... ella había formado otra familia, tenía otros hijos. Eso me cayó terrible. Me sentí desecho. Estuve así durante mucho tiempo, la directora inclusive trató de contactar a papá para convencerle de llevarme a un psicólogo. Un día, el profesor de música estaba buscando nuevos talentos en la secundaria, y me apunté. No había tocado en mi vida una guitarra. Pero, más tarde, ya no pude separarme. Sin querer, la música me había salvado.


Sonrió al mirarme con una nota de tristeza.


»—Yo no soy el típico chico que es el príncipe de un cuento de hadas, ya me viste, cuando me enojo, me vuelvo impulsivo, me provoca autodestruirme. Incluso se me olvidan las personas que están a mi lado. He recibido tantas fruslerías que a veces, me siento una.


—No digas eso — interrumpí.


—Es la verdad. Fingí que, por tenerlo todo, podia ser dueño de tu amor — pausó con el rostro bañado en pesar —. Pensé que con mi fama y riqueza podía ser dueño del amor, pero he comprendido que estaba equivocado. Todo este tiempo he estado equivocado, estoy roto, podría hacerte daño sin querer... y no quiero. Celeste... yo...


—Elliot — llamé con suavidad para acaparar su atención —, todos tenemos cicatrices. No puedes sentirte superior o inferior a alguien por lo que has vivido. Ciertamente, yo no he vivido lo mismo que tú, pero cargo con mis propias heridas.


Su mirada asumía el castigo que por años él mismo se había formado en su cabeza.


—¿Estás diciendo que no te importa? — preguntó confundido, negué con la cabeza.


—Todo lo contrario — afirmé —. Me importa demasiado, tú me importas Elliot.


—¿No me crees un imbécil por haber tratado a mi propia madre como un cretino?


—No puedo inmiscuirme en ese asunto — hice una mueca —, sé que sabrás resolverlo. Además, el hecho de que te arrepientas, debe decirte algo, ¿no crees?


—¿Y ya no te importa ni siquiera lo que dicen los tebeos sobre cómo soy?


Suspiré antes de hablar escogiendo las palabras adecuadas.


—Los seres humanos somos tan complicados, que no es fácil descifrar qué piensan o sienten. A veces, es como si estuviéramos en un baile de máscaras, podemos estar reflejando sonrisas, cuando lo que sentimos por dentro es dolor.


—¿Así te sientes tú?


Debía ganarse un premio por hacerme tal pregunta.


—Creo que, al final, todos usamos máscaras... y muchas veces, es difícil desprendernos de ellas.


Se tomó su tiempo para meditar. Todo ese tiempo miró al vacío, perdido en sus pensares.


—Ahora lo entiendo. Una vez, mi padre me dijo que cada uno debe buscar su felicidad, no sé si está fuera de contexto, pero me doy cuenta de que, hay cosas que no pueden evitarse, pero sí necesitase.


Me giré para mirarlo, sus palabras tenían un significado profundo, entonces, fui consciente de lo cerca que estábamos, nuestros brazos y codos casi podían tocarse. Sus orbes brillaban intensos, me perdí, no supe si cuando los veía parecían las profundidades de los mares o la infinidad esplendorosa del espacio.


—Te necesito en mi vida, Celeste.


Jadeé, me había quedado sin aliento al tratar de empapelar sus palabras. Literalmente, en mi cabeza se estaba ejecutando un programa de procesamiento de palabras, pero la respuesta que me daba era: cargando, por favor, espere...
Tuve una sobrecarga y menos pude moverme cuando Elliot rodeó los bordes de mi cintura acorralándome contra la encimera. Estaba echando humitos. En mi ser hubo una revolución que me alteró todos los sentidos agudizando cada uno de ellos. Lo miré con la respiración agitada y fui embutida por el azul de sus ojos. Su mano alcanzó mi mejilla y con suavidad trazó una caricia con sus nudillos, mordí mis labios para evitar cualquier suspiro o jadeo que cambiara la atmósfera. Pero yo misma había hecho el cambio, su mirada se posó en mis labios y con tierno mimo, pasó su pulgar por el mismo. Me estremecí y sin evitarlo, suspiré sobre su mano. Lo sentí tensarse y una atmósfera caliente nos envolvió. Podía oír mis latidos acelerados y mi cuerpo reaccionó al suyo cuando su aliento golpeó mis labios entreabiertos.




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