Después de las situaciones de las últimas semanas, la vida escolar de Emilia había vuelto a una normalidad bastante predecible. Las clases continuaban, los profesores seguían encontrando maneras de ponerla a prueba y sus compañeros habían aprendido que discutir con ella no solía producir el resultado que esperaban. La mayoría había dejado de intentar cuestionarla por cosas pequeñas, aunque eso no significaba que todos la aceptaran. Algunos simplemente habían aprendido a evitarla, otros seguían observándola con una mezcla de curiosidad y molestia, y unos cuantos parecían haber decidido que, si no podían cambiar la manera en que Emilia hacía las cosas, al menos podían intentar entenderla. Emilia, por su parte, no prestaba demasiada atención a ninguna de esas categorías. Para ella, las personas podían pensar lo que quisieran mientras no interfirieran con sus actividades. Había aprendido a reconocer ciertos patrones de comportamiento, aunque todavía existían muchos otros que le resultaban difíciles de interpretar. Uno de ellos comenzó a hacerse evidente una mañana, aunque Emilia tardaría bastante en comprender qué significaba. Todo empezó con un alumno de otro grupo. No era alguien completamente desconocido. Emilia lo había visto varias veces durante los cambios de clase, en los descansos y en algunas actividades donde se reunían estudiantes de distintos salones, pero nunca había tenido una conversación con él que pudiera considerarse importante. Sabía quién era porque lo había visto responder algunas preguntas en clase y porque ocasionalmente coincidían en los pasillos, pero no conocía su nombre por una razón muy sencilla: nunca había necesitado utilizarlo. Él, en cambio, parecía saber bastante más sobre ella. Al principio, Emilia notó que comenzaba a aparecer cerca de su salón con cierta frecuencia. No era extraño que estudiantes de otros grupos pasaran por allí, así que no encontró ningún motivo para prestarle atención. Después comenzó a saludarla. La primera vez, Emilia respondió con un movimiento de cabeza y continuó caminando. La segunda, hizo lo mismo. La tercera, el chico se quedó esperando unos segundos, como si esperara algo más. Emilia lo observó brevemente antes de seguir su camino. No entendía qué esperaba de ella. Si quería saludarla, ya lo había hecho. No veía qué otra respuesta podía darle.
Durante los días siguientes, el comportamiento se volvió más evidente. El chico encontraba cualquier motivo para acercarse. A veces le preguntaba algo relacionado con una materia que perfectamente podía preguntarle a cualquiera de sus compañeros. Otras veces hacía algún comentario sobre una actividad escolar que Emilia sabía que no necesitaba explicarle. En una ocasión incluso caminó varios metros a su lado para preguntarle qué había obtenido en un examen cuya calificación podía consultar él mismo cuando fueran publicadas. Emilia respondía siempre con la misma naturalidad, sin sospechar que las preguntas tenían menos importancia que la oportunidad de conversar con ella. Cuando le preguntó cuánto había sacado, Emilia respondió que nueve punto ocho. Él sonrió y dijo que había obtenido nueve punto cinco, como si existiera algún significado especial en la diferencia. Emilia simplemente contestó que ambos eran resultados buenos y continuó caminando. El chico se quedó unos segundos detrás de ella, aparentemente sin saber qué decir después. Emilia tampoco volvió la cabeza para comprobarlo. En otra ocasión le preguntó qué hacía durante los descansos. Emilia respondió que comía. Él se rio, esperando quizá una respuesta más elaborada. Emilia lo miró con cierta confusión. —¿Qué? —preguntó. —Nada. Pensé que hacías algo más. —A veces leo. —Ah. ¿Qué lees? Emilia mencionó el libro que llevaba en la mochila. Él dijo que no lo conocía. Ella le explicó brevemente de qué trataba y luego volvió a concentrarse en lo que estaba haciendo. La conversación terminó ahí. Para Emilia no había sucedido nada fuera de lo normal. Para él, aparentemente, cada conversación era una oportunidad que debía aprovechar.
La diferencia entre ambas interpretaciones comenzó a hacerse evidente para otros antes que para Emilia. Algunos compañeros del chico empezaron a molestarlo cuando lo veían acercarse a ella. No necesitaban decir demasiado para que Emilia notara que existía una broma de la que ella no conocía el contexto. Una mañana, mientras esperaba que comenzara una clase, escuchó a dos alumnos del otro grupo hablar con él a unos metros de distancia. —Ya dile de una vez. —Todavía no. —¿Y qué estás esperando? —No sé. Emilia levantó la mirada durante unos segundos. Los tres guardaron silencio al notar que los estaba observando. Ella volvió a su cuaderno. No le dio importancia. Si estaban hablando de algo que no querían que escuchara, podían hacerlo en otro lugar. El chico se acercó después de unos minutos. —¿Estás ocupada? —Sí. Emilia continuó escribiendo. Él esperó. —¿Mucho? —Depende de lo que quieras. —Solo quería hablar contigo. Emilia levantó la mirada. —Ya estás hablando conmigo. El chico soltó una pequeña risa, aunque parecía un poco nervioso. —Sí, pero... quería preguntarte algo. —Pregunta. Él dudó unos segundos. —¿Te caigo bien? Emilia dejó el lápiz sobre la mesa. La pregunta le parecía extraña porque no encontraba una razón para formularla. —No tengo una opinión negativa de ti. —Entonces sí te caigo bien. —No dije eso. —Pero tampoco dijiste que te caigo mal. —Porque no me caes mal. Él sonrió. —Entonces está bien. Emilia volvió a tomar el lápiz. Para ella, la conversación había terminado. Para él, aparentemente, había sido todo lo contrario.
El problema fue que el chico no parecía comprender que Emilia respondía exactamente lo que se le preguntaba y nada más. Si alguien le preguntaba si una persona le caía mal, podía responder que sí o que no. Si le preguntaban si le parecía inteligente, podía responder de la misma manera. No añadía información para hacer sentir mejor a nadie ni modificaba sus respuestas para evitar interpretaciones incómodas. Esa costumbre, que hasta entonces había provocado principalmente discusiones con compañeros y profesores, empezaba a producir otro tipo de confusiones. Unos días después, el chico volvió a acercarse. Esta vez parecía haber tomado una decisión. Se quedó frente a Emilia durante el descanso mientras ella revisaba unas hojas de una materia que tenía después. —Emilia. Ella levantó la mirada. Era la primera vez que la llamaba directamente por su nombre. —¿Sí? —¿Puedo preguntarte algo? —Ya lo hiciste. El chico sonrió con nerviosismo. —Otra cosa. —Pregunta. Él respiró profundamente, como si estuviera preparándose para decir algo difícil. Emilia esperó. No tenía prisa. Tampoco parecía interesada en descubrir qué podía ser tan complicado de decir. Finalmente, él habló. —¿Quieres salir conmigo algún día? Emilia lo observó durante unos segundos. La pregunta no le pareció especialmente extraña. Salir podía significar muchas cosas. Podían salir del salón, ir a alguna parte de la escuela o simplemente caminar durante el descanso. —¿Para qué? El chico pareció desconcertado. —¿Cómo que para qué? —Si quieres que salgamos, supongo que tienes algún motivo. Él se quedó callado. Emilia esperó pacientemente. —Quiero pasar tiempo contigo. —Ya pasamos tiempo juntos algunas veces. —Sí, pero... no así. —¿Entonces cómo? El chico abrió la boca, pero tardó unos segundos en responder. —Solo... quería estar contigo. Emilia lo observó sin encontrar todavía una explicación suficiente. No era que la presencia de él le molestara. Tampoco entendía por qué tendría que ser importante pasar más tiempo juntos. —No veo ninguna razón para hacerlo —respondió finalmente. El chico bajó ligeramente la mirada. —¿Nunca has pensado que podríamos llevarnos bien? —Nos llevamos bien. —No me refiero a eso. Emilia frunció apenas el ceño, no por enojo, sino porque la conversación comenzaba a parecer innecesariamente complicada. —Entonces tendrás que explicarme a qué te refieres. El chico respiró profundamente una vez más. Esta vez parecía haber comprendido que no podía seguir dando vueltas al asunto. —Me gustas, Emilia.