Después del último conflicto, la secundaria volvió poco a poco a la normalidad. Las semanas continuaron pasando sin que ocurriera nada que pudiera compararse con los problemas que Emilia había tenido durante los primeros meses. Las discusiones por el uniforme dejaron de ser un tema de conversación, las invitaciones para que se uniera a algún equipo deportivo finalmente desaparecieron y la mayoría de los alumnos terminó acostumbrándose a su presencia, aunque eso no significaba que todos hubieran cambiado de opinión sobre ella. Algunos seguían considerándola presumida, otros simplemente preferían mantenerse alejados y unos cuantos habían aprendido que hablar con Emilia podía resultar extraño, no porque ella fuera incapaz de conversar, sino porque casi nunca respondía de la manera que esperaban. Para Emilia, en cambio, nada había cambiado demasiado. Continuaba asistiendo a clases, entregando sus trabajos, obteniendo buenas calificaciones y regresando a casa. El semestre avanzaba sin que ella tuviera ningún motivo para preocuparse.
Incluso su relación con Mascota se había vuelto parte de aquella rutina. Ya no era extraño verlas juntas durante los descansos o al terminar alguna clase. Mascota seguía obedeciendo la mayoría de las cosas que Emilia le pedía, aunque con el paso del tiempo había comenzado a distinguir entre las órdenes que realmente necesitaban cumplirse y aquellas que podía discutir. Emilia, por su parte, había dejado de utilizarla únicamente para hacer pequeños encargos y había empezado a hablar con ella con mayor frecuencia. No podría decirse que se habían convertido en amigas, al menos no desde la perspectiva de Emilia, pero tampoco eran simplemente dos compañeras que coincidían por casualidad. Había una familiaridad que antes no existía, aunque ninguna de las dos pareciera saber exactamente en qué momento había aparecido.
Mascota también había cambiado. El uniforme ya no estaba arrugado, su cabello había dejado de parecer recién levantado de la cama y había aprendido a cuidar algunas cosas que antes simplemente ignoraba. Sus calificaciones todavía estaban lejos de las de Emilia, pero ya no entregaba trabajos en blanco con la misma frecuencia. Algunas veces incluso terminaba las tareas antes de que llegara la fecha límite. Los profesores habían comenzado a notarlo, aunque no todos estaban convencidos de que el cambio fuera permanente.
Emilia sí lo había notado.
No porque estuviera pendiente de ella.
Simplemente era difícil no hacerlo cuando alguien que durante meses había faltado a clases, olvidado tareas y llegado con el uniforme en malas condiciones empezaba a comportarse de manera diferente.
Nunca se lo había dicho directamente.
Para Emilia, la explicación era bastante sencilla. Mascota había decidido cambiar algunas cosas y estaba cumpliendo con ello. No había mucho más que analizar.
El resto del semestre transcurrió de esa manera. Hubo exámenes, trabajos, exposiciones, actividades deportivas, proyectos en equipo y las mismas discusiones habituales entre alumnos y profesores por cosas que parecían importantes durante unos días y después dejaban de serlo. Emilia continuó destacando en prácticamente todas las materias sin que pareciera esforzarse demasiado. Si un profesor explicaba algo, lo comprendía. Si había un examen, estudiaba lo necesario y obtenía una calificación alta. Si debía hacer un trabajo, lo hacía correctamente. Si alguien le pedía ayuda, podía explicar el tema con tanta facilidad que en ocasiones el alumno terminaba preguntándose por qué el profesor no lo había explicado de esa manera desde el principio.
La única diferencia era que, conforme avanzaban los meses, cada vez menos personas se sorprendían.
Ya conocían el resultado antes de que ocurriera.
Si había una competencia, Emilia probablemente destacaría. Si había un examen, probablemente obtendría una de las mejores calificaciones. Si había una actividad que requería organización, probablemente terminaría antes que los demás. Al principio eso había provocado admiración, molestia o curiosidad. Después simplemente se convirtió en una característica más de ella, como su cabello siempre recogido en una coleta alta, los pantalones del uniforme o el pequeño bordado que continuaba llevando en la camisa.
Hasta que llegó el final del semestre.
La noticia había sido anunciada con varios días de anticipación. Los padres o tutores tendrían que acudir a la escuela para reunirse con los maestros y recibir las calificaciones finales. No sería una ceremonia ni una celebración. Cada grupo tendría un horario determinado y los alumnos permanecerían fuera de los salones mientras sus familiares hablaban con los profesores.
La noticia produjo reacciones muy distintas.
Para algunos estudiantes significaba poco más que recoger una hoja con números y regresar a casa. Para otros, en cambio, aquella reunión era prácticamente un juicio.
Desde varios días antes comenzaron las conversaciones sobre las posibles calificaciones.
—Creo que pasé matemáticas.
—¿Crees?
—Sí.
—Eso no suena muy convincente.
—Porque no estoy convencido.
—Yo seguro reprobé inglés.
—¿Cuánto sacaste en el último examen?
—No me acuerdo.
—Entonces sí reprobaste.
—No necesariamente.
—Sí necesariamente.
Las conversaciones aparecían en cualquier lugar. En el salón, durante el descanso, en los pasillos e incluso mientras los profesores intentaban dar las últimas clases del semestre. Algunos alumnos hacían cuentas para calcular cuánto necesitaban haber obtenido en cada examen. Otros recordaban trabajos que habían entregado tarde. Unos cuantos preguntaban desesperadamente a sus compañeros si alguien recordaba cuánto habían sacado en determinada actividad.
Emilia no participaba en ninguna de esas conversaciones.
No tenía necesidad de hacer cuentas.
Sabía cuáles serían sus resultados.
El día de la entrega de calificaciones, la escuela se sintió diferente desde primera hora. Los alumnos estaban más inquietos de lo habitual. Algunos hablaban demasiado, otros casi no hablaban y varios parecían incapaces de quedarse quietos. La mayoría miraba constantemente hacia la entrada, esperando ver aparecer a sus padres.