El teléfono vibró a las doce en punto.
Lo miré.
No era Héctor.
Era Lola.
Mi amore.
«FELIZ CUMPLEAÑOS, AMOREEEEEE ❤️🎂🥂»
Sonreí.
De esas sonrisas que salen solas.
Sin análisis.
Sin interpretación.
Sin tener que preguntarle a Campanilla qué significaban ocho eses, cuatro corazones o cuánto había tardado en escribir.
Lola se había acordado.
Punto.
Bueno, tampoco tenía demasiado mérito.
Era también su cumpleaños.
Cumplíamos el mismo día.
Yo cincuenta y tres.
Ella cuarenta y ocho.
Separadas al nacer con cinco años de retraso administrativo.
Le contesté:
«Feliz cumpleaños a ti también, amoreeeee ❤️❤️❤️ Te quiero.»
Tres segundos después aparecieron los puntitos.
«Yo más.»
—Eso es imposible de demostrar —dijo Campanilla.
—Cállate.
«Este año tranquilitas, ¿eh?», escribió Lola.
Me dio la risa.
«Eso llevamos diciendo años.»
«Pero este año va en serio.»
«Claro.»
«Bueno… un poquito celebraremos.»
Ahí estaba.
Un poquito.
La unidad de medida oficial de todas las cosas que terminan alargándose más de la cuenta.
Guardé el móvil.
No había ningún otro mensaje.
Todavía.
Y durante un instante apareció la tentación.
Pequeña.
Ridícula.
Pero apareció.
Miré la pantalla.
00:04.
—No —dijo Campanilla.
—No estoy haciendo nada.
—Ya.
—Estoy mirando la hora.
—Por supuesto. Como los controladores aéreos.
Dejé el móvil boca abajo.
No quería empezar mis cincuenta y tres años esperando.
Ya había esperado bastante durante los cincuenta y dos.
Bruno levantó la cabeza desde mi lado de la cama.
Me miró con cara de no entender por qué una humana adulta seguía despierta a esas horas mirando un rectángulo luminoso.
—Es mi cumpleaños.
Bostezó.
—Gracias por el entusiasmo.
Volvió a dormirse.
A las doce y cuarto habían entrado algunos mensajes más.
Una prima.
Una amiga.
Alguien que hacía tiempo que no veía.
Un par de felicitaciones de esas que empiezan con:
«Aunque ya no nos veamos tanto…»
La frase oficial de las relaciones que viven de las rentas.
Contesté.
Agradecí.
Sonreí con algunas.
Con otras pensé:
Anda, mira.
Pero no hice inventario.
O intenté no hacerlo.
Héctor no había escrito.
Tampoco Jaime.
Y eran las doce y veinte de la noche, no el cierre de urnas.
—Te estás portando estupendamente —dijo Campanilla.
—Estoy durmiendo.
—Estás mirando WhatsApp.
—Ya he terminado.
—Hasta dentro de seis minutos.
Puse el móvil a cargar.
Apagué la luz.
Y me obligué a cerrar los ojos.
Cincuenta y tres.
Habían llegado.
Sin trompetas.
Sin revelaciones espirituales.
Sin notar cómo el colágeno abandonaba mi cuerpo a medianoche.
Seguía siendo yo.
Con un año más.
Y, curiosamente, con bastante menos ganas de pedir permiso.
Me despertó Bruno.
No mi madre.
No mis hijos.
No las felicitaciones.
Bruno.
Había decidido que las ocho y media era una hora perfectamente razonable para apoyar una pata sobre mi pecho.
—Buenos días a ti también.
Movió el rabo.
—Hoy cumplo cincuenta y tres.
Más rabo.
—Me gusta tu actitud ante la edad.
Cogí el móvil.
Ahora sí había bastantes mensajes.
WhatsApp.
Instagram.
Familia.
Clientas.
Conocidas.
Amigas.
Gente que llevaba meses sin aparecer y que, sin embargo, aquella mañana había pensado en mí.
Algunos mensajes eran un simple:
«Felicidades, guapa 😘»
Otros tenían historia.
Fotos antiguas.
Audios.
Recuerdos.
Y me gustaron todos.
Porque aquel día decidí no clasificar el cariño por número de palabras.
Hay gente que te quiere y escribe tres líneas.
Y gente que puede mandarte un testamento y desaparecer el resto del año.
A mis cincuenta y tres empezaba a sospechar que la presencia tenía más valor que la literatura.
Busqué sin querer.
Bueno.
Queriendo un poco.
Nada de Héctor.
Campanilla se desperezó.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Lo has buscado?
—He visto los mensajes.
—Diana.
—Sí.
—Gracias.
De Jaime tampoco había nada.
Y aquello me sorprendió menos.
Con Jaime había conseguido colocar la historia en otro sitio.
Uno donde ya no esperaba demasiado.
Héctor era distinto.
Porque unos días antes había estado hablando conmigo.
Porque me había preguntado por Adrián.
Porque había aparecido.
Porque, por mucho que yo estuviera evolucionando estupendamente y acumulando frases preciosas en un cuaderno, había una parte de mí que quería que se acordara.
Sin estado.
Sin aviso.
Sin que nadie le soplara la respuesta.
Que se acordara él.
—Todavía queda día —dijo Campanilla.
—Ya lo sé.
—Y no vas a estar pendiente.
—No.
Me miró.
—Mucho.
—Pesada.
Salí de la habitación.
Mi madre estaba ya en modo cumpleaños.
Eso significa exactamente lo mismo que su modo normal, pero con comida adicional.
—Felicidades.
Me dio un beso.
—Gracias, mamá.
—¿Has dormido?
—Sí.
—Tienes mala cara.
—Qué bonito empezar así los cincuenta y tres.
—No digo que estés fea.
—Menos mal.
Pili apareció después.
—Felicidades.
Me abrazó.
—Gracias.
—Luego te doy una cosa.
—¿Qué cosa?
—Luego.
—No me gustan los misterios.
—Pues te esperas.
Carlos salió despeinado.
—Felicidades, mamá.
Me dio un beso.
—Gracias, mi vida.
Adrián llegó después.
—Felicidades, mami.