El primer lunes de mis cincuenta y tres años empezó con una alarma a las siete y media.
La apagué.
Volvió a sonar.
La apagué otra vez.
Y durante aproximadamente treinta segundos valoré seriamente la posibilidad de empezar mi nueva etapa vital al día siguiente.
—Gran comienzo —dijo Campanilla.
—Ayer fue mi cumpleaños.
—Precisamente. Año nuevo, vida nueva.
Abrí un ojo.
—Mi vida nueva necesita dormir.
Bruno estaba atravesado a mis pies.
Ni siquiera se molestó en abrir los ojos.
A él los procesos de transformación personal le afectaban poco.
Tenía comida.
Cama.
Paseos.
Y un sistema perfectamente organizado para ocupar mi sitio en cuanto yo me levantaba.
Había gente que pagaba cursos para alcanzar aquella paz mental.
Me incorporé.
Mi cuerpo protestó.
No por los cincuenta y tres.
O eso quería pensar.
Era el cumpleaños.
La comida.
La sobremesa.
El paseo.
Los dardos con Carlos.
Y probablemente todo el año anterior acumulado en las cervicales.
Miré la mano.
El anillo que me había regalado Carlos seguía allí.
Sonreí.
Lo giré un poco con el dedo.
Después vi la tarjeta de Pili encima de la cómoda.
No la abrí.
No estaba emocionalmente preparada para empezar un lunes llorando antes del café.
—Madurez —dijo Campanilla.
—Supervivencia.
Cogí el móvil.
Mensajes de felicitación que habían llegado tarde.
Alguno de madrugada.
Otros de gente que, al parecer, celebraba los cumpleaños según el huso horario de otro continente.
Contesté un par.
Vi el corazón que había dejado en el mensaje de Héctor.
Nada después.
Y cerré WhatsApp.
Sin ceremonia.
Sin mirar última conexión.
Sin releer.
Aquello merecía al menos una medalla pequeña.
—No te vengas arriba —dijo Campanilla.
—Déjame disfrutar de mis avances.
—Has cerrado WhatsApp.
—Los grandes cambios empiezan por cosas pequeñas.
Me fui a la ducha.
Aquella mañana tenía una presentación profesional de productos.
Y, sinceramente, me apetecía.
Mucho.
Hay gente que vuelve de las vacaciones soñando con otra escapada.
Yo podía emocionarme viendo un producto nuevo para cabina.
Cada una tiene sus patologías.
Mi madre estaba en la cocina cuando entré.
—¿Dónde vas tan temprano?
—A una presentación.
—¿Hoy no trabajas?
—Después.
—¿Y vas a comprar?
La miré.
—Voy a ver.
Mi madre me sostuvo la mirada.
Ella llevaba cincuenta y tres años conociéndome.
Bueno.
Cincuenta y tres no.
Pero los suficientes.
—Vas a comprar.
—No necesariamente.
—Ya.
Campanilla apareció junto a la cafetera.
—Qué fe tiene esta familia en ti.
—Voy con una lista mental.
—Peor.
Me preparé café.
Esta vez caliente.
Sentada.
Segundo día consecutivo.
Estaba batiendo récords.
Pili apareció en pijama.
—¿Llevas el anillo puesto?
Le enseñé la mano.
—Claro.
—Es bonito.
—Me encanta.
—¿Y mi tarjeta?
—Guardada.
—¿Has llorado otra vez?
—No.
—Todavía.
—Vete.
Sonrió.
Antes de salir, mi madre me dijo:
—No compres por comprar.
—Mamá.
—Yo solo lo digo.
—Ya.
Aquella frase debería haber estado bordada en los cojines de casa.
La presentación era en un espacio grande y luminoso, de esos donde todo parece más profesional solo porque las sillas están colocadas en filas y hay botellitas de agua encima de una mesa.
Cuando llegué ya había varias mujeres.
Esteticistas.
Dueñas de centros.
Alguna comercial.
Alguna que parecía conocer a todo el mundo.
Y alguna que, como yo, intentaba recordar de dónde conocía ciertas caras mientras sonreía con seguridad.
—Hola, guapa.
—Hola.
—Cuánto tiempo.
—Sí, muchísimo.
No tenía ni idea de quién era.
Campanilla apareció a mi lado.
—Ni idea.
—Cállate.
—Te ha llamado guapa. Eso reduce bastante las posibilidades.
—Deja de ayudar.
Me senté.
Saqué una libreta.
Bolígrafo.
Móvil.
Agua.
Toda la parafernalia de mujer responsable que va a formarse.
Durante los primeros cinco minutos me sentí exactamente así.
Una empresaria.
Profesional.
Seria.
Con cincuenta y tres años y un centro propio.
Después empezaron a enseñar productos.
Y volví a tener ocho.
—Quiero eso.
—No sabes ni qué hace —dijo Campanilla.
—Tiene buena pinta.
—Eso no es un criterio empresarial.
—También han dicho que lleva activos interesantes.
—Hace cuarenta segundos preguntaste qué era uno de ellos.
—Para eso he venido a aprender.
La formadora hablaba de piel.
De cambios.
De necesidades.
De cómo no todas las pieles maduras eran iguales.
De tratamientos que no podían hacerse con una receta idéntica para todo el mundo.
Y ahí sí dejé de mirar los envases.
Eso me interesaba.
Mucho.
Porque era algo que veía todos los días en Aura.
Dos mujeres podían tener cincuenta años y dos pieles completamente diferentes.
Una seca.
Otra grasa.
Una con manchas.
Otra con sensibilidad.
Una con arrugas marcadas.
Otra con flacidez.
Una que no había usado una crema en su vida.
Otra que llevaba medio cuarto de baño encima antes de desayunar.
Y sin embargo llegaban muchas veces diciendo lo mismo:
—Quiero algo para rejuvenecer.
Como si «rejuvenecer» fuera un botón.
Lo había pensado muchas veces.
Las clientas no necesitaban siempre más tratamientos.
Necesitaban mejores decisiones.
—Eso apúntalo —dijo Campanilla.