A la mañana siguiente, la luz naranja seguía encendida.
Ahí.
Pequeña.
Inofensiva.
Con esa apariencia de no haber roto nunca un plato.
Pero yo sabía perfectamente que las luces naranjas de los coches eran como los mensajes que empiezan por «tenemos que hablar».
Nunca traían nada bueno.
—Igual no es nada —dije, mirando el cuadro.
—Claro —contestó Campanilla—. Y Héctor igual estaba organizándote una fiesta sorpresa.
—No hace falta que mezcles conceptos.
—Yo solo digo.
El Dodge arrancó.
Eso ya me pareció una buena señal.
Salí del garaje despacio, con la misma delicadeza con la que una transportaría una bomba de la Segunda Guerra Mundial recién encontrada en un descampado.
Mi intención era sencilla.
Llegar al taller.
Dejar el coche.
Preguntar qué demonios significaba aquella luz.
Y marcharme.
Sin dramas.
Sin averías millonarias.
Sin tener que vender un riñón.
El plan duró aproximadamente siete minutos.
Estaba parada en un semáforo cuando el coche hizo un ruido.
No un ruido normal.
No.
Un ruido de esos que hacen que automáticamente apagues la radio para escuchar mejor, como si por bajar el volumen de Dani Martín pudieras adquirir conocimientos de mecánica.
—Eso no me ha gustado —murmuré.
El Dodge tampoco pareció muy satisfecho consigo mismo.
Avanzó unos metros.
Tosió.
Sí.
Mi coche tosió.
Y finalmente decidió que hasta allí habíamos llegado.
—No.
Giré la llave.
Nada.
—No, no, no, no.
Otra vez.
Nada.
Los coches que tenía detrás empezaron a pitar.
Porque evidentemente mi intención aquella mañana había sido detener el tráfico sevillano por puro entretenimiento.
Puse los cuatro intermitentes.
—¡Ya voy, hombre!
No sé por qué les grité.
Probablemente porque todavía no se había inventado la opción de salir del coche con un cartel luminoso que dijera:
NO ME HE PARADO POR GUSTO, IMBÉCIL.
Llamé a asistencia.
Me pidieron ubicación.
Matrícula.
Modelo.
Y después pronunciaron la frase universal:
—Enviamos una grúa.
Perfecto.
Diez de la mañana.
Dos clientas reorganizadas.
Un coche muerto.
Y yo apoyada en la puerta del Dodge con cuarenta grados a la sombra.
—Feliz martes —dijo Campanilla.
—Como vuelvas a hablar te arranco las alas.
La grúa tardó algo más de media hora.
La vi acercarse desde lejos.
Y lo primero que pensé fue:
Por fin.
Lo segundo lo pensé cuando se abrió la puerta.
El hombre que bajó no era especialmente alto.
De hecho, calculé que sería incluso un poco más bajo que yo.
Llevaba pantalón de trabajo oscuro y una camiseta que dejaba bastante claro que aquel señor no necesitaba pagar una cuota de gimnasio para mantenerse en forma.
Piel bronceada.
Mucho.
Pelo canoso, bastante largo, recogido en un pequeño moño.
Y cuando se quitó las gafas de sol descubrí unos ojos marrones que se quedaron mirando los míos durante un segundo más de lo estrictamente necesario.
Un segundo.
Quizá dos.
Lo suficiente.
—Buenos días.
Sonrió.
Bonita sonrisa.
—Depende de para quién.
Se rio.
—Tú debes de ser Diana.
—¿Y tú debes de ser mi salvador?
—Eso depende de lo que tenga el coche. Si es barato, soy tu salvador. Si es caro, probablemente me insultes dentro de media hora.
—Me caes bien y todavía no has tocado el coche.
—Dame tiempo.
Se acercó al Dodge.
—¿Qué ha hecho?
—Morirse.
—Diagnóstico preciso.
—Soy esteticista, no mecánica.
—Menos mal. Si fueras mecánica me preocuparía más.
Volvió a sonreír.
Yo también.
Y Campanilla se despertó.
—Uy.
—Ni uy ni nada.
—Yo no he dicho nada.
—Te conozco.
Se inclinó para mirar el interior.
—¿Intentamos arrancarlo?
—Puedes intentarlo tú. A mí ya me ha humillado bastante por hoy.
Subió.
Giró la llave.
El coche hizo exactamente el mismo sonido miserable.
—Vale.
—¿Ves?
—Veo.
—¿Y?
—Que está muerto.
Lo miré.
Él aguantó serio exactamente dos segundos.
Después empezó a reírse.
—Eres gilipollas.
—Y tú tienes poca paciencia.
—Tengo dos hijos adolescentes.
—Entonces retiro lo dicho. Tienes más paciencia que un santo.
No sé por qué aquella conversación era tan fácil.
Quizá porque él hablaba como si me conociera.
No en el sentido incómodo.
En el bueno.
Como esas personas que tienen el don de hacer que no tengas que pensar demasiado qué decir después.
Preparó el coche para subirlo a la grúa.
Yo observaba desde un lado.
—¿Cómo te llamas?
—Manuel.
Asentí.
—Pero nadie me llama Manuel.
—¿Entonces?
—Lolo.
—Mucho mejor.
—Gracias. Mis padres tardaron años en superarlo.
Volví a reírme.
Lolo.
Le pegaba.
No sabía explicar por qué.
Cuando terminó, señaló la cabina.
—Sube.
—¿Dónde me llevas?
—Primero al taller. Después ya veremos si te vendo por piezas.
—Te aviso de que los riñones con cincuenta y tres años tienen menos mercado.
Se quedó mirándome.
—¿Cincuenta y tres?
—Sí.
—Pues te conservas bastante mejor que el Dodge.
Me reí.
—Eso ha sido muy malo.
—Pero ha funcionado.
Y sí.
Había funcionado.
Subimos a la grúa.
La cabina olía a ambientador de pino y café.
—Perdona el desastre.
Miré alrededor.
—¿Qué desastre?
—Pues eso.
Había una sudadera, una botella de agua y varias tarjetas encima del salpicadero.
—Si vieras el asiento trasero de mi coche entenderías que esto para mí es minimalismo japonés.