La tarjeta de Lolo apareció tres veces aquel día.
La primera, cuando busqué las llaves del centro.
La segunda, cuando saqué un pintalabios.
La tercera, cuando fui a pagar el café.
Y en las tres ocasiones hice exactamente lo mismo.
Mirarla.
Darle la vuelta.
Leer el número escrito detrás.
Y volver a guardarla.
—No vas a llamar —dijo Campanilla.
—Claro que no.
—Entonces deja de mirarla.
—No la estoy mirando.
—La has sacado tres veces.
—Porque está en medio.
—En medio de un bolso en el que podrías perder una cabra.
Aquello era cierto.
Así que decidí ignorarla.
A Campanilla.
A la tarjeta.
Y al hombre del moño.
Tenía trabajo.
Mucho.
La mañana se me fue entre cabinas, aparatología, clientas, preguntas sobre manchas, pieles deshidratadas y una señora que llegó veinte minutos tarde y todavía tuvo la delicadeza de preguntarme si íbamos con tiempo.
A las dos menos cuarto sonó el teléfono.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Sí?
—¿Diana?
Reconocí la voz antes de que dijera quién era.
—Depende. Si vienes a darme una mala noticia sobre el coche, Diana se ha mudado.
Se rio.
—Pues dile a la nueva inquilina que el coche tiene arreglo.
—Eso mejora mucho las cosas.
—No es nada grave. Hay un par de cosas que revisar y una batería que llevaba tiempo pidiéndote la jubilación.
—¿Cuánto?
Me dijo la cantidad.
No era agradable.
Pero tampoco requería tráfico de órganos.
—Hazlo.
—Esta tarde debería estar.
—Perfecto.
—Te llamo yo.
—Vale.
Hubo una pausa absurda.
De esas en las que la conversación ya ha terminado, pero ninguno cuelga.
—Bueno —dije.
—Bueno.
—Pues…
—Pues eso.
—Adiós, Lolo.
—Adiós, Diana.
Colgué.
Me quedé mirando el teléfono.
—Patética —dijo Campanilla.
—¿Qué?
—Nada.
—No ha pasado nada.
—Exacto. Ese es el problema.
A las seis y media volvió a llamar.
El coche estaba listo.
Carmen se ofreció a llevarme.
Error.
Gravísimo error.
Porque Carmen detectaba un posible cotilleo antes incluso de que sucediera.
—¿Es ese?
Ni siquiera habíamos aparcado.
—¿Quién?
—El mecánico.
—Yo qué sé.
—El del moño.
—Sí.
—Pues está bastante bien.
—Carmen.
—¿Qué?
—Compórtate.
—Me estoy comportando.
Aparcó.
—¿Quieres que entre contigo?
—Ni de coña.
—¿Por qué?
—Porque te conozco.
—Yo puedo ser muy discreta.
La miré.
—Tú preguntaste una vez a un camarero si estaba soltero porque me había puesto dos aceitunas más que a ti.
—Había interés.
—Había aceitunas.
Salí del coche.
—Espérame.
—Como tardes más de quince minutos voy a entrar a comprobar si te están cambiando el aceite a ti.
Le hice una peineta.
Lolo estaba dentro del taller.
Me vio entrar y sonrió.
Y aquello me fastidió un poco.
Porque me gustó que sonriera.
—Mira quién viene.
—La propietaria de tu nueva hipoteca.
—Tu coche todavía no me da para tanto.
Me explicó lo que habían hecho.
Yo asentía.
Entendí aproximadamente un treinta por ciento.
—Resumiendo —dije—. ¿Puedo conducir sin explotar?
—Puedes.
—¿Seguro?
—Bastante.
—No me tranquiliza el «bastante».
—Diana, si estuviera seguro de todo en esta vida habría comprado bitcoins en 2010.
Sonreí.
Pagué.
Me entregó las llaves.
—Ven.
Lo seguí hasta el coche.
Arrancó sin problemas.
—Escucha.
—¿Qué?
—Nada.
—Precisamente.
—Ah.
—Ese es el sonido bueno.
Apoyó un brazo sobre la puerta.
Desde cerca se le veían unas pequeñas arrugas alrededor de los ojos.
Me gustaron.
Mucho.
No eran unos ojos perfectos.
Eran unos ojos vividos.
—Pues gracias.
—De nada.
—Espero no volver a verte pronto.
—Eso ha sonado fatal.
—Profesionalmente.
—Ah.
Sonrió.
—Personalmente puedes verme cuando quieras.
Me quedé callada.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Lolo soltó una carcajada.
—Qué cara.
—Es que tienes una seguridad en ti mismo maravillosa.
—La mitad es mentira.
—¿Y la otra mitad?
—También.
Me reí.
Y entonces vi a Carmen dentro de su coche.
Mirándonos.
Con una sonrisa tan grande que podía apreciarse a veinte metros.
—Tengo que irme.
—¿Tu amiga está haciendo una auditoría?
—Mi amiga no tiene vida.
Carmen me saludó desde lejos.
Lolo le devolvió el saludo.
—Me cae bien.
—No la conoces.
—Precisamente.
Abrí la puerta.
—Adiós, Lolo.
—Diana.
Me giré.
—¿Qué?
Señaló mi bolso.
—No pierdas la tarjeta.
—Tengo tu teléfono guardado.
Silencio.
Ah.
Aquello se me había escapado.
Su sonrisa cambió.
—¿Me tienes guardado?
—Por el coche.
—Claro.
—Por si vuelve a dar problemas.
—Evidentemente.
—No te emociones.
—Ya es tarde.
Subí al Dodge.
—Hasta luego.
—Hasta luego, guapa.
Guapa.
Así.
Sin ceremonia.
Sin emoticonos.
Sin esperar tres días.
Sin desaparecer después.
Arranqué.
Cuando me monté en el coche de Carmen diez minutos después, porque habíamos quedado para tomar algo y ella insistió en dejar el suyo aparcado allí, me miró.
—Cuéntamelo todo.
—No hay nada que contar.
—Te ha llamado guapa.
—¿Cómo lo sabes?
—Sé leer labios.
—Estabas a veinte metros.
—Cuando el cotilleo es bueno desarrollo capacidades.
—Es simpático.
—Ajá.
—Muy simpático.
—Ajá.
—Y ya.