El sábado empezó sin ninguna expectativa.
Y aquello, últimamente, era casi un lujo.
No esperaba mensajes.
No esperaba llamadas.
No esperaba que nadie apareciera de repente con un plan extraordinario.
Tenía la mañana medio ocupada y la tarde libre.
Una tarde completamente mía.
Café.
Ducha.
Sofá.
Serie.
Bruno ocupando el ochenta por ciento de la cama aunque pesara menos de diez kilos.
Perfecto.
A las once y veintitrés vibró el teléfono.
Lolo.
Me quedé mirándolo.
No porque aquello fuera importante.
Sino porque mi cerebro tuvo la amabilidad de recordarme inmediatamente que llevaba dos días intentando no pensar en él.
Sin demasiado éxito.
Había pensado.
Un poco.
Abrí.
¿Sigue vivo el Dodge?
Sonreí.
De momento sí.
Contestó casi inmediatamente.
Entonces soy buenísimo en mi trabajo.
O has tenido suerte.
Eso también cuenta.
Dejé el móvil.
Volvió a vibrar.
¿Y la dueña?
Me mordí la sonrisa.
—No —dije en voz alta.
Campanilla apareció.
—¿No qué?
—Nada.
La dueña también funciona.
Tres puntos.
Eso habría que comprobarlo.
Abrí mucho los ojos.
—Será…
Campanilla aplaudió.
Tú vas sobrado, ¿no?
Solo los sábados. Entre semana soy tímido.
Me reí.
Una clienta, que estaba tumbada con una mascarilla puesta, preguntó:
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Pues te estás riendo sola.
—Cosas del trabajo.
Mentira.
Absolutamente mentira.
A las dos cerré.
Cuando llegué a casa tenía otro mensaje.
¿Tienes plan esta tarde?
Y ahí estaba.
La pregunta.
Sencilla.
Directa.
Sin misterios.
Sin «ya veremos».
Sin «igual luego».
Sin aparecer a las diez de la noche porque se había quedado libre un hueco inesperado.
Solo una pregunta.
No.
Respondió:
Pues café. A las seis.
Lo miré.
Campanilla se cruzó de brazos.
—¿Eso es una invitación o una orden?
¿Eso es una pregunta?
La respuesta llegó acompañada de un audio.
Lo reproduje.
—Vale, perdón. Señorita Diana, ¿tendría usted a bien concederme el honor de tomar un café conmigo esta tarde a las seis, siempre y cuando su apretadísima agenda social se lo permita?
Me reí sola en mitad de la cocina.
Adrián levantó la cabeza.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Últimamente te pasa mucho nada.
—Ocúpate de tu vida.
—Vale.
Volví al teléfono.
Ahora mejor.
¿Eso es un sí?
Miré la hora.
Miré a Bruno.
Miré mi sábado.
Y pensé que llevaba demasiado tiempo midiendo cada gesto, interpretando silencios y esperando señales.
Un café era un café.
Nada más.
Sí.
A las cinco y media estaba delante del armario.
—Para ser solo un café llevas veinte minutos —dijo Campanilla.
—No sé qué ponerme.
—Pero no te importa.
—No.
—Claro.
Elegí vaqueros.
Una blusa sencilla.
Sandalias.
Nada especial.
Después cambié la blusa.
—Patética.
—No empieces.
A las seis menos cinco recibí un mensaje.
Estoy aquí.
No:
Voy saliendo.
No:
Ahora te digo.
No:
Se me ha complicado.
Estoy aquí.
Qué concepto tan fascinante.
Bajé.
Lolo estaba apoyado en su coche.
Fuera del taller parecía diferente.
Pantalón vaquero.
Camiseta blanca.
El pelo gris recogido igual.
Bronceado.
Sonrisa.
—Puntual —dije.
—No quería que me pusieras una reseña mala.
—Todavía estoy a tiempo.
—Sube.
—¿Dónde vamos?
—A tomar café.
—Eso ya lo sé.
—Entonces, ¿para qué preguntas?
—Control.
—Mala cosa.
Terminamos en una terraza.
Nada romántico.
Nada preparado.
Nada de luces bajas ni música de fondo.
Una mesa.
Dos cafés.
Y Sevilla todavía ardiendo a mediados de septiembre.
—No entiendo por qué seguimos viviendo aquí —dije, abanicándome con la carta.
—Porque en febrero se nos olvida.
—Cierto.
Lolo hablaba.
Mucho.
Pero sabía escuchar.
Eso fue lo que más me sorprendió.
No esperaba su turno para volver a hablar de sí mismo.
Preguntaba.
Se interesaba.
Se reía conmigo.
No de mí.
Bueno.
A veces también de mí.
—¿Siempre eres así? —me preguntó.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a pegarme y abrazarme con una diferencia de treinta segundos.
Solté una carcajada.
—No voy abrazando mecánicos.
—Todavía.
—Lolo.
—Diana.
Nos miramos.
Y otra vez apareció aquello.
Ese silencio pequeñísimo.
Esa mirada que duraba un poco más.
—¿Tienes pareja? —preguntó.
Directo.
Casi me atraganté con el café.
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
—Qué discreto eres.
—¿Para qué voy a fingir?
—La gente suele hacerlo.
Se encogió de hombros.
—Yo ya tengo una edad para perder tiempo.
Aquella frase me tocó un sitio raro.
Porque yo también.
Yo también tenía una edad para perder tiempo.
Y, sin embargo, llevaba años haciéndolo a ratitos.
Esperando.
Entendiendo.
Justificando.
—¿Y tú? —pregunté.
—¿Yo qué?
—¿Tienes pareja?
—No.
—Bien.
Ahora fue él quien levantó una ceja.
—¿Bien?
Bebí café.