El lunes me desperté a las siete y doce.
Tenía un mensaje en el móvil, pero no lo vi hasta media hora después.
Y eso fue importante.
Porque hubo una época en la que dormir con el teléfono cerca significaba abrir un ojo de madrugada en cuanto vibraba.
Por si era él.
Por si Héctor había decidido aparecer.
Por si aquella noche sí.
Por si.
Qué agotamiento de expresión.
Buenos días, mecánica.
Lolo.
Sonreí.
Esteticista.
Contestó:
Lo que tú digas. ¿El coche bien?
Sí.
¿La dueña?
También.
Un emoji sonriente.
Nada más.
No conversación eterna.
No declaración de intenciones.
No bombas emocionales a las ocho de la mañana.
Un buenos días.
Y a trabajar.
Me gustó.
Precisamente porque no necesitaba buscarle un significado oculto.
Carmen, naturalmente, tenía una opinión.
—Le gustas.
—Hemos tomado un café.
—Tres horas.
—Tú también has tomado cafés de tres horas conmigo.
—Sí, pero yo no quiero acostarme contigo.
La miré.
—No puedes hablar cinco minutos como una persona normal.
—Podría, pero perdería encanto.
Estábamos desayunando antes de abrir Aura.
—¿Te gusta?
—Es simpático.
—Eso no responde.
—Me cae bien.
—Tampoco.
—Carmen.
—Diana.
—No lo sé.
Y era verdad.
No lo sabía.
Lolo no era el tipo de hombre que habría descrito si alguien me hubiese preguntado años atrás qué me gustaba.
No era alto.
No tenía esa presencia que entraba primero en una habitación y después aparecía el hombre.
Era distinto.
Pero tenía algo.
Algo en los ojos.
En la forma de hablar.
En cómo conseguía que cualquier conversación pareciera fácil.
—Me gusta estar con él —admití.
Carmen sonrió como si hubiera ganado dinero.
—Ya está.
—No he dicho que me guste él.
—No hace falta.
—No empieces a montar una boda.
—Yo solo estoy eligiendo mantelería.
Le lancé una servilleta.
Aquel día trabajé hasta tarde.
Y agradecí hacerlo.
Porque la vida real tenía una habilidad extraordinaria para bajarte de cualquier nube.
Facturas.
Pedidos.
Una clienta que quería eliminar una mancha de treinta años en una sola sesión.
Otra convencida de que beber dos litros de agua debía hidratarle directamente la cara.
Y un mensaje relacionado con una mensualidad que seguía pendiente y que me cambió el humor en menos de un minuto.
Lo leí dos veces.
Bloqueé el teléfono.
Respiré.
—No —dije.
—¿No qué? —preguntó Campanilla.
—No voy a dejar que esto me fastidie el día.
Durante demasiado tiempo había confundido ser comprensiva con permitir.
No eran lo mismo.
Ser buena persona no significaba tener que aceptar eternamente que otros decidieran cuándo cumplir con sus responsabilidades.
Escribí lo que tenía que escribir.
Correcto.
Claro.
Sin gritos.
Sin insultos.
Sin adornos.
Y pulsé enviar.
Después dejé el móvil boca abajo.
A las ocho y media, mientras recogía la última cabina, llamaron a la puerta.
Pensé que sería una clienta.
Abrí.
Lolo.
Me quedé quieta.
—¿Qué haces aquí?
—Qué recibimiento.
—No, digo… ¿qué haces aquí?
Levantó una pequeña bolsa.
—Te has dejado esto en mi coche.
Miré.
Mis gafas de sol.
—¡Anda!
—Estaban debajo del asiento.
—Ni sabía que las había perdido.
—Lo cual demuestra el nivel de control que tienes sobre tus pertenencias.
—Tengo otras.
—Claro. Seguro que también tienes otro Dodge.
—Ese me sobra a veces.
Le hice pasar.
Miró alrededor.
—Así que este es tu reino.
—Aura.
—Bonito.
Se acercó a una de las máquinas.
—¿Esto qué hace?
—Muchas cosas.
—¿Me quita diez años?
—No.
—Entonces no me interesa.
—Puedo dejarte la cara estupenda.
—Ya la tengo.
—La autoestima tampoco te hace falta tratarla.
Se rio.
Entonces me miró de arriba abajo.
No de una forma desagradable.
Solo miró.
—Estás cansada.
—Un poco.
—Pues no te entretengo.
Aquello me sorprendió.
No intentó quedarse.
No buscó una excusa.
No me pidió nada.
Simplemente había venido a traer las gafas que me dejé en su coche el sábado.
—Gracias por acercarte.
—Me pillaba relativamente de camino.
—¿Relativamente?
Sonrió.
—Vale. Me he desviado bastante.
Ahí estaba.
Otra vez la sinceridad.
—Podrías haber esperado.
—Podría.
—O decirme que fuera a buscarlas.
—También.
—Entonces…
Se encogió de hombros.
—Me apetecía verte.
Silencio.
No tuve respuesta.
Yo.
La mujer que siempre tenía algo que decir.
Callada.
Lolo sonrió.
—Esa cara otra vez.
—¿Qué cara?
—La que pones cuando digo algo que no esperas.
—Es que tú no tienes filtro.
—Tengo poco.
—Ya.
Se acercó a la puerta.
—Descansa.
—¿Ya te vas?
La pregunta salió antes de pensarla.
Lolo se giró.
Su sonrisa apareció despacio.
—¿Quieres que me quede?
Maldito.
—No he dicho eso.
—Ya.
—Solo me ha sorprendido.
—Diana.
—¿Qué?
—Te voy a dejar descansar antes de que empieces a echarme la culpa de todo lo que dices.
Abrió.
—Buenas noches, guapa.
—Buenas noches.
Se marchó.
Yo cerré.
Me apoyé contra la puerta.
Campanilla apareció sentada encima del mostrador.
—No lo estabas buscando.
—No.
—Eso parece molestarte.
—No me molesta.