Héctor reapareció un miércoles.
No físicamente. Eso habría requerido demasiado esfuerzo.
Reapareció como reaparecen ahora los fantasmas: viendo una historia de Instagram.
Yo había subido una foto con Carmen. Nada especial: las dos tomando algo después de trabajar, ella con una copa, yo con otra, una tapa de aceitunas entre las dos y una frase:
Sobreviviendo a la semana con dignidad cuestionable.
A los siete minutos, Héctor había visto la historia.
A los nueve:
❤️
A los doce:
Qué guapa estás.
Miré el mensaje y esperé. No porque quisiera hacerme la interesante.
Bueno, quizá un poco.
Pero, sobre todo, quería comprobar algo: si seguía pasando, si ese nombre todavía tenía el poder de provocar aquella pequeña descarga en el estómago.
Ese:
mierda.
La tuvo.
Más pequeña, pero la tuvo.
—¿Quién? —preguntó Carmen.
—Nadie.
—Cuando dices «nadie» y miras el móvil con esa cara, siempre es alguien.
Le enseñé la pantalla.
—Ah.
Eso fue todo.
—¿Ah?
—¿Qué quieres que haga? ¿Que llame a emergencias?
—No.
—Pues entonces, ah.
Volví a mirar:
Qué guapa estás.
Hubo una época en la que aquel mensaje habría puesto en marcha una investigación digna de la Guardia Civil. El corazón, la hora, por qué justo esa historia, por qué ahora, si estaba solo, si había bebido, si me echaba de menos, si se había dado un golpe en la cabeza o si Mercurio estaba retrógrado.
Cualquier explicación me habría parecido razonable menos la más sencilla: que un hombre había visto una foto y había escrito cuatro palabras.
Contesté:
Gracias 😊
Y dejé el móvil boca abajo.
—Muy bien —dijo Carmen.
—¿Qué?
—Nada. Estoy observando tu evolución.
—No soy un documental de La 2.
—Todavía.
Bebí. El móvil vibró, pero no lo cogí.
—Eso sí que es nuevo.
—Cállate.
Volvió a vibrar. A la tercera vez lo miré.
¿Qué tal estás?
Después:
Hace tiempo que no sé nada de ti.
Y un minuto más tarde:
El otro día me acordé de aquella cena nuestra fuera de Sevilla.
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Qué ha dicho?
—Que se ha acordado de una cena.
—¿Qué cena?
Le enseñé el mensaje.
Carmen tardó dos segundos en empezar a reírse.
—No te rías.
—¿La del bar?
—Sí.
—¿EL bar?
—Carmen.
—¿El gran escenario romántico de vuestra historia?
—Que te calles.
Pero ya estaba perdida. Y lo peor era que a mí también me estaba entrando la risa.
Porque sí: después de siete años de idas y venidas, mensajes, desapariciones, reapariciones, momentos de creer que aquello podía convertirse en algo y momentos de pensar que definitivamente yo debía de tener un problema de comprensión lectora, nuestro gran recuerdo romántico era una cena en un bar de tapas corriente llevado por una familia china.
Ni París, ni Roma, ni una puesta de sol frente al mar.
Un bar con servilletero de acero inoxidable, una televisión puesta al fondo, una carta con fotos y nosotros dos cenando tapas mientras un señor chino nos preguntaba si queríamos otra de ensaladilla.
Nicholas Sparks podía dormir tranquilo.
—Pues a mí me pareció bonito —dije.
Carmen me miró.
—Diana, una cosa no quita la otra. Pero admite que, como gran escena romántica, tiene margen de mejora.
—No era una escena romántica.
—Por eso precisamente.
Volví a leer el mensaje.
Y ahí estaba el problema: que me acordaba. Perfectamente. De la conversación, de cómo me había mirado aquella noche, de lo cómoda que me había sentido y de aquella sensación tan peligrosa de pensar:
igual esta vez sí.
No había ocurrido nada extraordinario. Y quizá por eso lo recordaba. Porque con Héctor casi nunca había grandes acontecimientos; había momentos pequeños, lo suficiente para mantener viva una historia que nunca terminaba de empezar.
El teléfono vibró otra vez.
Me acuerdo mucho de aquella noche.
Carmen dejó de sonreír.
—Ah.
—Otra vez «ah».
—Este es otro.
Yo también lo sabía.
Escribí:
Yo también.
Lo miré.
Lo borré.
—¿Qué habías puesto?
—Nada.
—Diana.
—He dicho nada.
Escribí otra cosa:
Sí, me acuerdo.
Lo envié. Seco, correcto, sin abrir ninguna puerta que después tuviera que cerrar yo sola.
La respuesta llegó rápido.
Estábamos bien.
Aquello me tocó más, porque era verdad. Habíamos estado bien.
Ése siempre había sido el problema con Héctor: cuando estábamos juntos, estábamos bien. Muy bien, incluso. El desastre empezaba después, en los espacios, en las ausencias, en todo lo que no ocurría.
—¿Qué pone?
—«Estábamos bien».
Carmen apoyó los codos en la mesa.
—¿Y?
—Y nada.
—Mentira.
La miré.
—Sí. Estábamos bien.
—¿Y eso cambia algo?
No contesté porque no lo sabía.
El móvil volvió a vibrar.
A veces pienso que dejamos demasiadas cosas a medias.
Ahí sí me quedé quieta.
—Diana.
Le enseñé el teléfono.
Carmen leyó.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Que ahora ya no está hablando de tapas.
Solté aire lentamente.
No. No estaba hablando de tapas.
Siete años daban para muchas cosas a medias: conversaciones, encuentros, promesas que nunca llegaron a ser promesas porque ninguno había tenido el valor de llamarlas así.
Yo esperando.
Él apareciendo.
Yo cansándome.
Él regresando justo cuando empezaba a cansarme del todo.
Una historia construida sobre el arte de llegar siempre antes de que la otra persona cierre definitivamente la puerta.