La vida que dejé para después

CAPÍTULO 24 — Demasiado cerca

El jueves a las seis y cuarto de la tarde yo estaba intentando convencer a una clienta de que no, que una mancha que llevaba quince años instalada en su cara no iba a desaparecer en una sesión por mucho que ella tuviera una boda el sábado.

—Pero algo se notará, ¿no?

—Algo sí.

—¿Mucho?

—Depende de lo que entendamos por mucho.

Me miró desde la camilla.

—Diana.

—Maribel.

—Quiero estar mona.

—Vas a estar mona.

—Pero sin manchas.

—Eso ya requiere negociación con Dios.

Se rio.

Menos mal.

El móvil vibró encima del mueble.

No lo miré.

Volvió a vibrar.

Maribel levantó una ceja.

—Eso es un hombre.

—¿Cómo sabes que no es Hacienda?

—Porque a Hacienda no le tienes el móvil boca abajo.

La miré.

—Vosotras venís aquí a haceros tratamientos o a controlar mi vida.

—Las dos cosas están incluidas en el precio.

El móvil volvió a vibrar.

—Cógelo, mujer.

—No.

—Entonces sí es un hombre.

—Maribel.

—Vale, vale.

Cinco minutos después terminé.

En cuanto salió por la puerta, cogí el teléfono.

Lolo.

Primer mensaje:

He terminado.

Segundo:

Estoy cerca.

Tercero:

Y tengo hambre, que me parece información importante.

Sonreí.

Habíamos quedado para un café.

Contestó:

El café no alimenta.

Problema tuyo.

Pues me como una tostada y tú miras.

Qué planazo.

Tres puntos.

Te recojo en veinte minutos.

Me quedé mirando el mensaje.

No:

¿te viene bien?

No:

si quieres.

No:

ya me dices.

Una afirmación.

—Qué mandón —dijo Campanilla.

—Un poquito.

—Te gusta.

—No.

—Claro.

Miré el reloj.

Veinte minutos.

Yo llevaba desde las diez de la mañana trabajando.

Uniforme.

Moño medio vencido.

Maquillaje prácticamente inexistente.

Y una cara que decía claramente que había explicado doce veces la importancia del protector solar.

Fui al baño.

Me miré en el espejo.

—No pienso arreglarme.

Campanilla apareció detrás.

—Nadie te lo ha pedido.

Me solté el pelo.

—Esto es por comodidad.

—Naturalmente.

Me puse un poco de pintalabios.

—Tengo la boca seca.

—Ajá.

Me eché perfume.

—He estado trabajando todo el día.

—Diana.

—¿Qué?

—Me encanta cuando discutes contigo misma.

—Que te calles.

A los dieciocho minutos llegó otro mensaje.

Estoy en la puerta.

Cogí el bolso.

Apagué las luces.

Y salí.

Lolo estaba apoyado en el coche.

Pantalón de trabajo.

Camiseta negra.

Una mancha de grasa en un antebrazo.

Y el pelo recogido de cualquier manera.

Nada especialmente sofisticado.

Nada de hombre de anuncio.

Y, sin embargo, lo primero que pensé fue:

Joder.

Lo segundo:

No empieces.

—Buenas tardes —dijo.

—Vienes hecho un cuadro.

Miró la mancha del brazo.

—Trabajo para vivir.

—Podrías haberte lavado.

—Me he lavado.

—Pues vuelve a intentarlo.

Sonrió.

—Tú también estás muy guapa.

—No he preguntado.

—Ya.

Abrió la puerta del coche.

—Sube.

—Esa costumbre tuya de dar órdenes…

—¿Te molesta?

—Muchísimo.

—Y aquí estás.

Maldito.

Subí.

Terminamos en una terraza pequeña.

La idea del café duró aproximadamente treinta segundos.

—Una cerveza —dijo Lolo.

Lo miré.

—¿No íbamos a tomar café?

—He cambiado de opinión.

—¿Y me avisas ahora?

—¿Necesito autorización?

—No.

—Pues cerveza.

La camarera me miró.

—¿Para ti?

—Una sin alcohol.

Lolo giró la cabeza.

—¿Sin alcohol?

—Tengo que conducir.

—Una cerveza no te va a convertir en delincuente.

—No necesito tu permiso.

—Uy.

—¿Qué?

—Nada.

—No hagas «uy».

—¿Siempre eres así de mandona?

—¿Y tú siempre eres así de tocacojones?

La camarera soltó una risa mientras apuntaba.

—Os dejo solos, que esto promete.

—No somos pareja —dijimos los dos.

Otra vez.

Nos miramos.

—Esto empieza a ser preocupante —dije.

—Sobre todo porque nadie ha preguntado.

Me entró la risa.

La camarera se fue.

—¿Cómo ha ido el día? —preguntó.

—Largo.

—¿Cuántas mujeres has dejado hoy veinte años más jóvenes?

—Diecisiete.

—Entonces cuando termine el café me haces algo.

—A ti te hace falta más de una tarde.

—Qué mala persona eres.

—Te lo dije.

—No. Me dijiste que eras esteticista.

—Es parecido.

Llegaron las bebidas.

Lolo levantó la suya.

—Por el Dodge.

—Otra vez no.

—Nos ha unido.

—No exageres.

—Sin él no estarías aquí.

—Sin él tendría varios cientos de euros más.

—No puedes tenerlo todo.

Chocamos las botellas.

Bebí.

Y entonces me di cuenta de algo.

Estábamos sentados demasiado cerca.

No sé si había sido casualidad.

Probablemente no.

La mesa era pequeña.

Nuestras piernas cabían perfectamente sin tocarse.

Y, aun así, su rodilla estaba rozando la mía.

Muy poco.

Lo suficiente.

Moví la pierna.

No para apartarme.

Para colocarme mejor.

Campanilla apareció sentada encima del cenicero.

—Ajá.

La ignoré.

—¿Qué? —preguntó Lolo.

—Nada.

—Has puesto cara.

—Tengo cara todo el rato.

—No. Tú tienes como diecisiete.




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