El miércoles 30 de septiembre, a las once y diecisiete de la mañana, recibí una fotografía de una cama deshecha.
De Lolo.
Sin Lolo.
Solo la cama.
Debajo había un mensaje:
Esta mañana he pensado que aquí cabíamos dos.
Me quedé mirando la pantalla.
La volví a mirar.
Y amplié la fotografía.
No sé para qué. La cama no tenía ningún misterio. Sábanas grises, una almohada torcida y una camiseta tirada en una esquina.
Pero allí estaba yo, examinando el dormitorio de un hombre como si trabajara en la Policía Científica.
¿Siempre mandas fotos de tu cama a las once de la mañana?, escribí.
Solo cuando me acuerdo de alguien que me gustaría tener dentro.
Noté un calor bastante poco profesional subiéndome por el cuello.
Qué peligro tienes, Manuel.
Más del que imaginas, Diana.
Sonreí.
Y cometí el error de hacerlo justo cuando Carmen entraba en Aura.
—Uy.
—Buenos días a ti también.
—¿Quién es?
—Nadie.
—Diana, tienes cincuenta y tres años. A estas alturas, cuando una sonríe mirando el móvil, o le ha tocado la lotería o alguien le está diciendo una guarrada.
Bloqueé la pantalla.
—¿Tú no trabajas?
—Estoy de descanso. Y necesito que me cuentes lo del mecánico.
—¿Qué mecánico?
Carmen dejó el bolso sobre el mostrador.
—Mira, no me hagas perder el tiempo, que he venido sin desayunar.
Le conté lo del jueves.
Bueno, una versión.
La versión apta para todos los públicos.
—Nos tomamos algo, hablamos y nos besamos.
Carmen se quedó inmóvil.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Cómo que «y qué»? ¿Besó bien?
—Sí.
—¿Cuánto de bien?
—Carmen.
—Del uno al diez.
—No pienso puntuar a un hombre como si fuera una lavadora.
—Pues dime si centrifuga.
Me entró una carcajada.
—¡Eres una ordinaria!
—Y tú llevas seis días con una sonrisa que no te cabe en la cara.
Era verdad.
Desde el jueves, Lolo y yo habíamos hablado todos los días. Mensajes por la mañana, alguna llamada corta, bromas a deshoras y un par de encuentros fugaces que habían terminado con besos en sitios poco apropiados para una mujer que pretendía conservar cierta reputación.
El sábado apareció cerca de Aura cuando yo terminaba de trabajar. Nos tomamos un café y acabamos besándonos junto a su coche.
El lunes coincidimos veinte minutos al salir del trabajo.
Veinte minutos que dieron para muy poca conversación.
Y bastante imaginación.
—¿Y no habéis…? —Carmen hizo un gesto con las manos que preferí no interpretar.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tengo dos hijos, un negocio y una agenda que parece el cuadrante de un hospital.
—Él tendrá una casa.
La miré.
—¿Os habéis puesto todos de acuerdo?
—¿Quiénes?
—Nadie.
—Ah. Que te ha invitado.
—No exactamente.
—¿Qué te ha dicho?
—Que tiene una casa estupenda, con sofá, cama y cafetera.
Carmen se llevó una mano al pecho.
—Me cae bien.
—No lo conoces.
—Con esos tres electrodomésticos me basta.
—La cama no es un electrodoméstico.
—Depende de cómo la utilices.
—¡Carmen!
Se echó a reír.
Yo también.
Y durante unos minutos me olvidé de todo lo demás.
Hasta que Carmen pronunció el nombre que llevaba varios días intentando mantener fuera de la conversación.
—¿Y Héctor?
Se me borró un poco la sonrisa.
—¿Qué pasa con Héctor?
—Eso te pregunto.
—Quiere verme.
—Qué novedad.
—Esta vez ha puesto día y hora.
Carmen abrió mucho los ojos.
—¿Se ha comprado una agenda?
—El domingo a las siete.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que ya hablaríamos.
—¿Ya hablaríamos?
—Sí.
—O sea, que el hombre lleva siete años mareándote y ahora que ha descubierto el calendario gregoriano, tú vas y le reservas el domingo.
—No le he reservado nada.
—Pues mejor.
Se inclinó sobre el mostrador.
—Escúchame, Diana. Tú habla con quien te dé la gana, pero no vayas a esa conversación como si te fueran a entregar un premio por haber esperado tanto.
Aquello me molestó un poco.
Sobre todo porque tenía razón.
—No voy a esperar nada.
—Eso dices.
—Carmen…
—Vale. Me callo.
Duró exactamente cuatro segundos.
—Pero lo del mecánico me lo cuentas con detalles cuando haya algo que contar.
—Vete a trabajar.
—Qué carácter. Se nota que te falta un buen…
—¡CARMEN!
Salió de Aura riéndose.
Yo seguí sonriendo un rato después.
A las dos y diez llegó otro mensaje de Lolo.
¿Has comido?
Todavía no. Estoy terminando unas cosas.
Yo acabo de sentarme. Hoy he sobrevivido a tres averías y a un cliente que pretendía arreglar el motor con cinta aislante.
¿Y no se puede?
No me provoques, que te retiro la garantía del Dodge.
Me reí.
¿Qué haces esta noche?, preguntó.
En principio, nada emocionante. Salir tarde, cenar y caer rendida.
Me gustaría verte.
Leí aquella frase dos veces.
Había algo muy agradable en que un hombre te dijera que quería verte sin convertirlo en un acertijo.
A mí también me apetece verte.
Los tres puntos aparecieron enseguida.
Entonces te invito a cenar.
¿Hoy?
Hoy. A las nueve, si te viene bien.
Salgo de Aura sobre las ocho y media.
Perfecto. Paso a buscarte.
¿Dónde vamos?
Conozco un sitio que creo que te va a gustar.
¿Me das alguna pista?
Hay croquetas.
Acabas de convencerme.
Lo sabía. Tenía que empezar por las croquetas.
Sonreí.