Hay hombres que te llevan a cenar y otros que consiguen que te preguntes si vas a llegar a probar el postre.
Lolo pertenecía peligrosamente al segundo grupo.
Lo descubrí antes incluso de salir del aparcamiento.
Se sentó al volante, se puso el cinturón y me miró.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. Que estás muy guapa.
Sonreí.
—Ya me lo has dicho.
—Pues me apetecía repetírtelo.
—Así me gusta. Que tengas iniciativa.
Se rio y arrancó.
Llevaba una camisa azul oscuro con las mangas remangadas. Se había cambiado de ropa, se había soltado el pelo y vuelto a recogerlo. Un par de mechones grises se le escapaban cerca de las orejas.
—Te queda muy bien esa camisa —le dije.
—Me la compró mi hija.
—Pues tiene buen gusto.
—Más que su padre, según ella.
—¿Cuántos años tiene?
—Dieciséis. Y unas opiniones bastante contundentes sobre todo lo que hago.
Me reí.
—Entonces está en la edad de considerar que su padre es un señor antiguo.
—Antiguo, pesado y completamente incapaz de entender su generación. Ayer me dijo que mi música era de dinosaurios.
—¿Y qué escuchabas?
—Dire Straits.
—Pues dile que esta señora también los escucha.
—No pienso decirle que te he llamado señora.
—Más te vale.
Nos reímos.
Me gustaba escucharle hablar de sus hijos. Hasta entonces sabía que tenía dos, que estaba separado y que su vida, como la mía, funcionaba a base de horarios, responsabilidades y una agenda bastante apretada.
—¿Y el pequeño? —pregunté.
—Trece. Fútbol, videojuegos y hambre. Muchísima hambre.
—Entonces se llevaría estupendamente con Carlos.
—¿El tuyo?
—Quince años. Futbolista y con un frigorífico por enemigo natural.
—Podríamos juntarlos un día.
—Y pedir un préstamo para darles de comer.
Lolo soltó una carcajada.
—Me parece un plan estupendo.
En ese momento empezó a sonar su teléfono.
En la pantalla del coche apareció un nombre.
Marta.
Lolo miró de reojo.
—Es mi exmujer.
—Cógelo, por si es algo de los niños.
Pulsó el manos libres.
—Dime, Marta.
—¿Dónde estás?
—Conduciendo. ¿Ha pasado algo?
—No. Es por lo del sábado. ¿Vas a llevar tú al niño?
—Sí, claro.
—Es que tengo que organizarme.
—Lo llevo yo. No te preocupes.
—Vale. ¿Y a qué hora lo recoges?
—A las nueve y media, como hablamos.
—Perfecto. Pues ya está.
—Buenas noches.
Colgó.
—Perdona —me dijo.
—¿Por qué?
—Por la interrupción.
—Lolo, tienes hijos. Las llamadas vienen incluidas en el lote.
Sonrió.
—Eso es verdad.
—Además, bastante suerte tenemos si solo nos llaman para organizar horarios. El día que llaman del instituto, ya es otra historia.
—No me lo recuerdes. El año pasado tuve que ir porque el pequeño había decidido comprobar si un extintor funcionaba.
Me giré hacia él.
—¿Cómo?
—Como lo oyes.
—¿Y funcionaba?
—Perfectamente. Lo comprobaron él y otros veintisiete alumnos.
Me entró tal ataque de risa que tuve que taparme la boca.
—¡No puede ser!
—Pues fue. Y me tocó dar explicaciones delante del director mientras mi hijo decía que lo había hecho por curiosidad científica.
—Hombre, al menos tenía inquietudes.
—Sí. Ahora le hemos apuntado a fútbol para que experimente con un balón.
Seguimos riéndonos hasta llegar al restaurante.
Era un sitio pequeño, con una terraza agradable y luces cálidas. De esos restaurantes en los que puedes hablar sin tener que gritar y donde la carta todavía tiene platos que una entiende sin consultar Google.
—Me gusta —dije al entrar.
—Todavía no has probado la comida.
—Pero el sitio tiene encanto.
—Entonces vamos bien.
Nos sentaron junto a una ventana.
Lolo me acercó la carta.
—Las croquetas son muy buenas.
—Llevas toda la tarde prometiéndomelas. Como no estén buenas, tenemos un problema.
—Me estoy jugando mucho.
—Muchísimo.
Pedimos unas croquetas para compartir, verduras asadas y un solomillo que, según él, era una de las especialidades de la casa.
Mientras esperábamos, apoyé los codos sobre la mesa.
—Cuéntame algo de ti que todavía no sepa.
—¿Por ejemplo?
—Algo que no tenga que ver con coches.
Se quedó pensando.
—Soy bastante desordenado.
—¿Mucho?
—Mi hija dice que tengo un sistema de organización que solo entiendo yo.
—Eso significa que dejas las cosas tiradas.
—Exactamente.
Me reí.
—Por lo menos eres sincero.
—Y cocino fatal.
—Eso ya lo sabía por la fotografía de los huevos fritos.
—Aquello fue un accidente.
—Parecían víctimas de un incendio.
—Eres cruel.
—Soy observadora.
Sonrió.
—¿Y tú? Dime un defecto.
—¿Uno solo?
—Podemos empezar por ahí.
Me acomodé en la silla.
—Me cuesta delegar. Quiero hacerlo todo yo y después me quejo de que no tengo tiempo para nada.
—Eso suena agotador.
—Lo es. Y cuando estoy preocupada, a veces me encierro en mí misma.
Lolo asintió.
—Eso último creo que ya lo he notado.
Lo miré.
—¿Ah, sí?
—El otro día, en la terraza. Cuando sonó tu móvil.
No lo dijo como un reproche.
Más bien con curiosidad.
—Tenía la cabeza en otro sitio un momento —reconocí.
—Ya.
—No era por ti.
—Me alegro.
Se quedó mirándome.
—Me gusta saber cuándo algo te preocupa, Diana. Pero tampoco quiero que sientas que tienes que contarme nada antes de estar preparada.
Le sonreí.
—Gracias.
Y cambiamos de tema.
Sin discusiones.
Sin interrogatorios.
Sin necesidad de convertir cada conversación en un pulso.
Qué descanso, por Dios.
Las croquetas estaban buenísimas.