El jueves 1 de octubre me desperté con una sonrisa.
No una sonrisa discreta.
Una de esas sonrisas tontas que se te quedan pegadas a la cara y que hacen que tus hijos sospechen que estás tramando algo.
A las siete y cuarto ya estaba en la cocina, preparando café, mientras Bruno me observaba desde su cama con la expresión de quien lleva diez minutos esperando el desayuno y considera que la situación empieza a ser denunciable.
—Ya voy, hombre. Qué impaciente eres.
Bruno movió la cola.
Mi móvil vibró sobre la encimera.
Lolo.
Buenos días, preciosa. ¿Has dormido bien?
Sonreí.
Muy bien. Aunque me acosté pensando en una cosa.
¿En qué?
En que nos dejamos el café pendiente.
Eso tiene fácil solución.
¿Ah, sí?
Mi cafetera está deseando conocerte.
Me entró la risa.
Dile que no se impaciente. Soy una mujer muy ocupada.
Se lo diré. Pero lleva toda la mañana preguntando por ti.
—Mamá.
Levanté la cabeza.
Carlos estaba en la puerta, despeinado, con el pantalón del pijama torcido y cara de necesitar otras cuatro horas de sueño.
—¿De qué te ríes?
—De nada.
—Pues llevas un rato.
—¿No puede una reírse por la mañana?
—Tú, antes del café, no.
El niño me conocía demasiado bien.
—Anda, desayuna, que vas a llegar tarde.
Carlos abrió la nevera.
—¿Queda jamón?
—En el cajón de abajo.
—¿Y pan?
—En la panera.
—¿Y zumo?
Lo miré.
—Carlos, ¿quieres que te lo mastique también?
—No, gracias.
Cogió el jamón y desapareció tan tranquilo.
Yo volví al móvil.
Me tengo que ir a trabajar. Luego hablamos.
Lolo respondió:
Que tengas un buen día. Y sonríe un poquito, anda.
Miré la pantalla.
No sabes cuánto.
Y guardé el teléfono.
Aquel jueves prometía.
Pobrecita de mí.
A las diez ya tenía la primera clienta en la camilla.
A las doce había hecho dos tratamientos faciales, respondido seis mensajes de WhatsApp y explicado tres veces por qué una crema de treinta euros no podía borrar en una semana unas manchas que llevaban diez años instaladas en la cara.
A las dos y media terminé de atender a la última clienta. Recogí la cabina, dejé todo preparado para la tarde y estaba a punto de coger el bolso cuando Carmen apareció en la puerta de Aura.
Con una cara que no me gustó nada.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—¿Has terminado?
—Sí, por fin. ¿Por?
—Vente a tomar una cerveza.
—Carmen, que a las cuatro y media tengo que estar aquí otra vez.
—Nos da tiempo a tomarnos un par.
—Eso espero, porque con la cara que traes me están entrando ganas de pedir una botella.
Carmen no se rio.
—Tengo que enseñarte una cosa.
Dejé el bolso sobre el mostrador.
—¿Qué has hecho?
—¡Yo nada!
—Pues no me gusta esa cara.
—Anda, vamos a sentarnos.
Cogí las llaves, cerré Aura y nos fuimos a la terraza de enfrente.
Pedimos dos cervezas bien frías y una tapa de ensaladilla.
El camarero acababa de marcharse cuando Carmen sacó el móvil.
—Antes de enseñártelo, quiero que sepas que no estaba investigando.
La miré.
—Cuando empiezas una conversación así, es que has estado investigando.
—Que no, mujer. Me ha salido en Instagram.
—¿El qué?
—Una historia que ha compartido una amiga mía. Ella conoce a la mujer que aparece en la publicación original.
—Muy bien. ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Carmen me puso el móvil delante.
Y se me olvidó la cerveza.
En la pantalla aparecía una pareja.
Una mujer morena, de unos cincuenta años, con el pelo por los hombros y una sonrisa discreta.
A su lado, un hombre con camisa blanca.
La mano apoyada en su cintura.
Héctor.
Mi Héctor.
Bueno.
El Héctor que yo creía conocer.
Me quedé mirando la fotografía.
—¿Ese es…? —empecé.
—Sí.
La historia compartida conservaba el texto de la publicación original:
Cinco años compartiendo vida, casa y muchas historias. No todo ha sido fácil, pero aquí seguimos. Feliz aniversario, Héctor. ❤️
Lo leí.
Una vez.
Dos.
Tres.
Cinco años.
Compartiendo vida.
Casa.
Noté que se me enfriaban las manos.
—¿Estás segura de que es él? —pregunté.
Carmen me miró con una mezcla de pena e incredulidad.
—Diana, tiene la misma cara, el mismo nombre y hasta ese gesto de levantar una ceja que pone en las fotos.
Amplié la imagen.
Era él.
Por supuesto que era él.
Llevaba una camisa que yo había visto antes.
Recordaba una fotografía que me mandó hacía meses, delante de un espejo, diciéndome que iba a salir a cenar con unos amigos.
La misma camisa.
El mismo reloj.
Y aquella sonrisa que yo había interpretado tantas veces como una promesa.
—Cinco años —murmuré.
Carmen no contestó.
—Cinco años, Carmen.
—Ya.
—Cinco años viviendo con una mujer.
—Eso pone.
Dejé el móvil sobre la mesa.
Me quedé mirando la cerveza.
Y entonces empecé a hacer cuentas.
Porque una puede ser de letras, pero cuando descubre que un hombre lleva cinco años conviviendo con otra, las matemáticas salen solas.
Cinco años.
Y yo llevaba siete entrando y saliendo de la vida de Héctor.
O él de la mía.
Ya no sabía ni cómo llamarlo.
—¿Y sabes qué es lo peor? —pregunté.
Carmen negó con la cabeza.
—Que ahora empiezan a cuadrarme cosas.
—¿Qué cosas?
—Las veces que no podía quedar. Los fines de semana imposibles. Las llamadas que cortaba porque tenía que hacer algo. Aquella cena fuera de Sevilla…