La vida que dejé para después

CAPÍTULO 28 — La otra versión

Hay mensajes que deberían venir acompañados de un tranquilizante.

O de una botella de vino.

O, como mínimo, de un abogado.

Elena sabe quién eres.

Cinco palabras.

Las había leído tantas veces que empezaban a perder el sentido.

Y allí estaba yo, sentada en una terraza de Sevilla, con una cerveza delante, un hombre que me gustaba sujetándome la mano y otro, a bastantes kilómetros de distancia, desmontándome siete años de recuerdos a golpe de WhatsApp.

—Diana.

Levanté la cabeza.

Lolo me observaba.

—Te has quedado blanca.

Bloqueé el móvil.

—Es que acabo de enterarme de una cosa que no esperaba.

—Eso ya me lo imaginaba.

Me acarició los dedos con el pulgar.

—¿Quieres que nos vayamos?

Negué con la cabeza.

—No. Precisamente eso es lo último que quiero.

Miré nuestras manos.

La suya era grande, con pequeñas marcas de trabajar en el taller. La mía llevaba las uñas pintadas de un rojo que aquella mañana me había parecido estupendo y que ahora se me antojaba demasiado alegre para el día que estaba teniendo.

—Lolo, ¿puedo contarte algo?

—Claro.

—Pero no sé ni por dónde empezar.

—Pues empieza por donde te dé la gana. No estamos haciendo un examen.

Sonreí.

Y se lo conté.

No todo.

No los siete años con pelos y señales, porque para eso habríamos necesitado otra terraza, una botella de vino y posiblemente un descanso para cenar.

Pero sí lo importante.

Que había tenido una historia intermitente con un hombre.

Que ese hombre llevaba tiempo apareciendo y desapareciendo.

Que últimamente había vuelto a buscarme.

Y que aquella tarde había descubierto que llevaba cinco años viviendo con otra mujer.

Lolo escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, cogió su cerveza.

Dio un trago.

Y dijo:

—Menudo artista.

Solté una carcajada.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—Tengo más cosas, pero ninguna especialmente bonita.

—Puedes decirlas.

—No, porque no lo conozco. Y porque me parece que hoy ya has tenido bastante.

Se quedó un momento pensativo.

—¿Y tú qué quieres hacer?

—Hablar con él. Necesito entender algunas cosas.

Lolo asintió.

—Lo entiendo.

Después me miró directamente.

—Pero te voy a decir una cosa.

—Dime.

—Me gustas, Diana. Bastante. Y no voy a fingir que me da igual que haya otro hombre dando vueltas por tu cabeza.

Aquello me sorprendió.

No por lo que decía.

Sino por cómo lo decía.

Sin reproches.

Sin dramatismos.

—No quiero volver con Héctor —respondí.

—No te he preguntado eso.

Tenía razón.

Y me fastidió un poquito que la tuviera.

—Quiero saber qué ha pasado. Son muchos años, Lolo.

—Ya.

—Pero eso no cambia lo que siento cuando estoy contigo.

Me miró.

—¿Y qué sientes?

Sonreí.

—Que me gustas.

—Eso ya me lo has dicho.

—Que me encanta besarte.

—También.

—Y que estoy haciendo un esfuerzo considerable por comportarme como una señora respetable.

Lolo soltó una carcajada.

—Pues no te esfuerces tanto, mujer.

Me acerqué a él.

—¿No?

—No.

Lo besé.

Allí mismo.

En la terraza.

Sin preocuparme de quién miraba.

Cuando me aparté, Lolo sonreía.

—Pues menos mal que estabas haciendo un esfuerzo.

—No me provoques.

—Si yo estoy aquí quietecito.

Y por primera vez desde que Carmen me había enseñado aquella fotografía, sentí que podía respirar con normalidad.

El viernes 2 de octubre amaneció con una notificación de Héctor.

Por supuesto.

Había conseguido pasar de desaparecer durante semanas a convertirse en el hombre más comunicativo de Andalucía.

Aunque ni siquiera viviera allí.

Buenos días, Diana. Siento mucho todo esto.

Me quedé mirando el mensaje desde la cama.

¿Qué sabe Elena de mí?

Lo envié sin añadir ni los buenos días.

Cinco minutos después:

Sabe que nos conocemos desde hace años.

Me incorporé.

Eso no responde a mi pregunta.

Prefiero explicártelo el domingo.

Resoplé.

Pues el domingo vas a tener que explicarme bastantes cosas.

¿Entonces nos vemos?

Miré el techo.

La verdad era que no tenía ninguna gana de verlo.

Pero tenía todavía menos ganas de quedarme con aquellas preguntas dando vueltas en la cabeza durante otros siete años.

Sí. El domingo a las siete. En Sevilla. Y esta vez no quiero medias verdades.

Allí estaré.

Dejé el teléfono sobre la mesilla.

Campanilla apareció sentada a los pies de la cama, vestida con una bata de seda y unas gafas de sol enormes.

—¿Qué? —le pregunté.

—Que yo llevaría una libreta.

—¿Para qué?

—Para apuntar las mentiras. Como empecemos a contar de memoria, nos dan las uvas.

Me tapé la cara con la almohada.

—Necesito vacaciones.

—Y un novio que viva solo.

—Campanilla…

—Lo digo por simplificar la agenda.

A las once y media de la mañana, Carmen me llamó.

—¿Qué haces?

—Trabajar.

—Ya lo sé. ¿Qué vas a hacer?

—Carmen, ¿podrías concretar un poquito?

—¡Con Héctor, mujer!

Suspiré.

—He quedado con él el domingo.

—¿Dónde?

—Todavía no hemos decidido el sitio. Le he dicho que venga a Sevilla.

—Bien. Que se desplace él, que tú ya has hecho suficientes kilómetros emocionales.

Me reí.

—¿Y sabes lo que me dijo anoche?

—Sorpréndeme.

—Que Elena sabe quién soy.

Silencio.

—¿Cómo?

—Eso mismo dije yo.

—¿Y qué sabe?

—Que nos conocemos desde hace años. O eso dice él.

—Diana, ese hombre habla como los políticos cuando les preguntan por las cuentas.




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