La noche cayó sobre Sion. Las luces del apartamento se encendieron poco a poco mientras Cyren deslizaba varios platos sobre la mesa de cristal.
—Señorita, debe comer. El trabajo puede verlo después.
Eris contuvo un gesto de fastidio.
«Otra vez esa voz…»
Aunque, para su desgracia, ya empezaba a sentir hambre. Tomó los cubiertos sin decir nada.
—Señorita, cuénteme… ¿cómo fue la experiencia en esa simulación?
Su mano se detuvo con la cuchara a medio camino. No quería hablar de eso. Pero una imagen se coló en su mente: una cocina, un niño pequeño que corría hacia ella y la abrazaba de las piernas. Instintivamente bajó la mirada para verle el rostro… y la imagen se esfumó antes de que pudiera distinguirlo.
Parpadeó. El apartamento volvió a rodearla.
—Nada que valga la pena decir… No lo volveré a hacer.
La luz roja de Cyren parpadeó, se deslizó por el techo, bajó por la pared y se detuvo cerca de la mesa.
—Señorita, si no quiere hablar, no lo haga.
Eris no respondió. Nunca le había gustado hablar más de lo necesario.
Terminó de comer. Estaba por tomar el Holos-Touch cuando la silla comenzó a deslizarse sola hacia el balcón. Frunció el ceño.
—Señorita, mire. El océano de noche es precioso. Hoy se ven las dos lunas.
Sin muchas opciones, miró hacia el horizonte. La oscuridad cubría el océano, y a lo lejos las luces de las ciudades flotantes brillaban como estrellas pequeñas reflejadas en el agua. Levantó la vista: las dos lunas iluminaban el cielo. Se quedó unos segundos observándolas, con solo el murmullo de las olas de fondo.
Era como si ya hubiera contemplado un paisaje parecido. En otro lugar, muy lejos de Sion.
—Señorita…
—¿Sí?
—¿En qué piensa?
Eris apartó la vista del cielo.
—No pienso en nada. Ve y prepara mi baño. Es hora de dormir.
La luz roja se alejó por el pasillo.
El baño alivió parte del cansancio que dejó la simulación, y el sueño llegó casi enseguida. En algún momento de la noche, las luces del apartamento se apagaron solas.
A la mañana siguiente, el desayuno ya estaba servido cuando una llamada apareció en el monitor principal. El rostro de la líder Magna ocupó toda la pantalla.
—Eris, ¿lista para volver? Ya revisé la información: es un planeta con mucho potencial. Necesito que salgas lo antes posible. Te espero.
La comunicación terminó. Eris miró la pantalla unos segundos. No tenía sentido quedarse más tiempo en casa. Dejó el desayuno a medias y caminó hacia la salida.
—Llévame al trabajo. No regresaré a dormir esta noche.
* * *
Al entrar al edificio, Eris ignoró el movimiento constante de empleados y subió al nivel ejecutivo. Encontró a Magna en plena conferencia holográfica y esperó a un lado, en silencio, mientras escuchaba la discusión sobre el último planeta que habían asegurado.
Para Eris, el debate era absurdo. Prime Frontier había llegado primero, y las corporaciones rivales no tenían derecho a intervenir. Magna fue tajante: rechazó cualquier propuesta de compartir los recursos y cortó la comunicación, visiblemente molesta. Suspiró y miró a Eris.
—Esa empresa cree que porque soy mujer soy fácil de engañar.
Señaló la silla frente a su escritorio.
—Siéntate. ¿Cómo estuvieron tus vacaciones?
Eris tomó asiento con calma.
—Gracias por preguntar, líder. Estuvieron bien. Estoy lista para salir cuando usted diga.
Magna la observó unos segundos.
—Solo piensas en el trabajo, Eris. Deberías distraerte un poco. ¿Cómo están tus padres? Ni siquiera les avisaste de que tenías unos días libres. Tu padre no deja de escribirme que te tengo trabajando como su esclava.
La mención de su familia le tensó el pecho. La ignoró.
—Líder, no se preocupe por eso. Según los informes, el nuevo planeta ofrece grandes oportunidades. Partiré mañana.
Magna acomodó unos documentos digitales y se los transfirió.
—Tu equipo ya está listo, pero hay un problema. Tu asistente presentó su renuncia… y sabes por qué.
Eris frunció el ceño y buscó en su memoria. No encontró ninguna razón.
—No lo sé.
—Claro que no lo sabes. —Magna suspiró—. Eris, no todos pueden trabajar como un robot, sin descanso y sin una vida fuera del trabajo. Tendrás que buscar un nuevo asistente por tu cuenta. En personal nadie quiere ese puesto.
Una ligera molestia cruzó el rostro de Eris. Se acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Si yo puedo… ¿por qué ellos no?
La respuesta le parecía evidente. Pero, al parecer, no a los demás.
Magna no respondió. Eris tampoco esperaba que lo hiciera.