La vida que recuerdo

Capítulo 1 La rutina

El despertador sonó a las seis y treinta de la mañana.

No fue un sonido brusco ni desagradable. Era el mismo tono suave que Elara Cruz había elegido meses atrás, con la intención de comenzar sus días con tranquilidad. Sin embargo, aquella mañana, como tantas otras, el sonido pareció más pesado de lo habitual.

Elara abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo blanco de su habitación mientras la luz tenue del amanecer se filtraba a través de las cortinas. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar. Se escuchaban motores lejanos, el ladrido ocasional de un perro y el ruido de alguna puerta cerrándose en la calle.

Era un día común.

Al menos, eso parecía.

Elara se sentó en la cama con un movimiento lento y pasó una mano por su rostro para despejar el sueño. El silencio de la habitación era cómodo, familiar. Había vivido en aquella casa durante casi toda su vida y cada objeto en el cuarto le resultaba conocido: el escritorio junto a la ventana, la pequeña biblioteca llena de apuntes universitarios, la lámpara de luz cálida sobre la mesa de noche.

Todo estaba exactamente donde debía estar.

Sin embargo, cada mañana experimentaba la misma sensación extraña.

Una sensación leve, casi imperceptible.

Como si algo en su vida estuviera ligeramente fuera de lugar.

Se levantó y caminó hacia la pared frente a su cama. Allí colgaban varias fotografías enmarcadas. Eran recuerdos familiares: cumpleaños, viajes, celebraciones escolares. Su madre siempre había dicho que las fotos ayudaban a recordar lo importante de la vida.

Elara observó una de ellas con atención.

En la imagen aparecía ella cuando tenía aproximadamente ocho años. Estaba sonriendo mientras sostenía un pastel de cumpleaños. A su lado estaban sus padres, ambos mirándola con orgullo.

Era una fotografía perfectamente normal.

Pero había algo en ella que siempre le provocaba una sensación difícil de explicar.

No era que no recordara el momento.

Podía describirlo con claridad: la música, las risas de los invitados, incluso el sabor del pastel de chocolate.

Los recuerdos existían.

Pero, de alguna manera, no se sentían completamente suyos.

Era como observar la vida de otra persona.

Elara apartó la mirada de la fotografía y suspiró suavemente.

Tal vez estaba pensando demasiado.

Desde que comenzó a estudiar psicología en la universidad, había desarrollado la costumbre de analizar cada pequeño pensamiento o emoción. A veces eso tenía ventajas; otras veces solo lograba complicar cosas que probablemente eran simples.

— Elara —se escuchó la voz de su madre desde el primer piso—. El desayuno ya está listo.

Elara parpadeó y respondió casi de inmediato.

—¡Ya bajo!

Se dirigió al espejo que estaba junto al armario. Su reflejo le devolvió la mirada con la misma expresión tranquila de siempre. Tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado y los ojos aún cargados de sueño.

Por un instante se quedó observándose con atención.

Y entonces volvió a sentir aquella sensación.

La misma de todas las mañanas.

No era miedo.

Ni incomodidad exactamente.

Era algo más sutil.

Como si estuviera mirando a alguien que conocía… pero no del todo.

Sacudió la cabeza con una pequeña sonrisa.

—Estoy pensando demasiado otra vez —murmuró para sí misma.

Tomó su mochila del escritorio y salió de la habitación.

Mientras bajaba las escaleras hacia la cocina, el aroma del café recién preparado llenaba la casa. Era un olor familiar, reconfortante, uno de esos pequeños detalles cotidianos que hacían que la vida pareciera estable y predecible.

Pero esa estabilidad estaba a punto de romperse.

Aunque Elara aún no lo sabía, aquel día aparentemente normal sería el comienzo de algo que cambiaría por completo su vida.

Algo que pondría en duda cada recuerdo que tenía.

Cada momento de su infancia.

Cada historia que creía conocer sobre sí misma.

Porque algunas verdades, cuando finalmente salen a la luz, no solo revelan el pasado.

También destruyen la realidad que creemos vivir.

Y Elara estaba a punto de descubrir una verdad que nunca debió recordar.

Elara entró en la cocina mientras acomodaba la correa de su mochila sobre el hombro.

Su madre estaba de pie junto a la mesa, sirviendo café en dos tazas. La luz de la mañana entraba por la ventana e iluminaba el pequeño espacio con un tono cálido. Era una escena cotidiana que se repetía casi todos los días.

—Buenos días —dijo su madre con una sonrisa tranquila.

—Buenos días.

Elara tomó asiento frente a ella. Sobre la mesa había tostadas, fruta cortada y un plato con huevos revueltos. Su madre siempre insistía en que el desayuno era la comida más importante del día.

Durante unos minutos comieron en silencio.

No era un silencio incómodo. Simplemente era uno de esos momentos tranquilos en los que no hacía falta decir nada.

—¿Tienes examen hoy? —preguntó su madre finalmente.

Elara asintió mientras bebía un sorbo de café.

—Sí. Psicología cognitiva.

—Siempre me ha parecido interesante esa carrera —comentó su madre—. Entender cómo funciona la mente debe ser complicado.

Elara sonrió ligeramente.

—A veces sí.

Hizo una pausa breve antes de continuar.

—La mente puede ser… muy extraña.

Su madre levantó la mirada por un instante, como si quisiera decir algo más, pero finalmente solo asintió.

Después del desayuno, Elara tomó su chaqueta y salió de la casa. El aire de la mañana era fresco y las calles todavía estaban relativamente tranquilas.

La universidad se encontraba a unos quince minutos caminando.

Mientras avanzaba por la acera, observó a las personas que comenzaban sus rutinas diarias: estudiantes con mochilas, trabajadores esperando el autobús, una mujer paseando a su perro.



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En el texto hay: psicologico, mistero, suspens

Editado: 18.03.2026

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