La vieja flama del amor

Capitulo 1

Mirándose en el espejo del sanitario del club dió un largo suspiro apagado, su piel oliva brillaba por las luces de neon, su maquillaje no estaba corrido solo porque la maquillista había utilizado la cantidad adecuada de polvo translúcido para que Mia no luciera como un helado derretido en verano en el escenario.

Había sido una función maravillosa que daba por concluida la temporada de "& Juliet" en el viejo Broadway, todavía podía recordar como le habían ofrecido el protagónico en el musical que tanto había amado desde niña. Ya que era la última función consideró que celebrar era lo apropiado, entonces, había hecho lo impensable, se había escapado de Ginger, su agente/asistente desde que puede recordarlo.

No es que la mujer fuera malvada, el asunto es que era prácticamente parte de su familia, y como buena familia la controlaba todo el tiempo.

Cuando era niña no había mucho problema, pero cuando creció se convirtió en un dolor de cabeza insoportable.

Respiró profundo bajando la cabeza para mirar el lavabo por el repentino mareo, puso sus manos a los lados del mismo y levantó la cabeza con la poca conciencia que le quedaba.

—Mierda. No es bueno —susurró acercándose más a su reflejo para peinar con los dedos su rebelde cabello castaño, las grandes ondas que tenía ya se estaban enredando.

Estaba borracha otra vez pese a haber "concluido" la rehabilitación, sus ojos avellana estaban cristalizados, perdidos en el horizonte sin rumbo.

Tenía que salir de ahí antes de que...

—¡Dios mio, no, no, no! —la puerta del sanitario se abrió de golpe en un ruido sordo, la silueta de una mujer mayor apareció algo borrosa—. Mia, que diablos.

Su agente, Ginger, la había encontrado después de una hora de desaparecida, tenía la respiración agitada como si hubiera corrido una maratón y el impecable peinado de un moño firme estaba ligeramente suelto. Se acercó a Mia y la tomó del brazo cual adolescente rebelde.

—Ya sé, soy de lo peor, mis padres se decepcionarán —la cabeza de Mia se fué para atrás y sintiendo la seguridad de tener a quien confia cerca se dejó llevar—. Ahora, vamos a casa.

—No es tan sencillo, si alguien te reconoció van a-...

—Nadie sabe quién soy —sonrió Mia—, estas personas están más entonadas que yo, y de seguro no saben lo que es una verdadera experiencia teatral.

Mia se aferró en un abrazo a Ginger y gritó sin vergüenza levantando el puño al cielo con molestia:

—¡Les falta clase en la sangre!

—Guarda silencio. —Ginger la apretó del brazo y se la llevó a rastras cruzando el umbral de la puerta.

—Me haces cosquillas —murmuró Mía—, si sigues siendo tan mala tendré que considerar si eres apta para el puesto.

Pasaron por un montón de gente "alegre" y gritona que saltaba con entusiasmo por una canción que ignorando el ritmo y poniendo atención a la letra era como mínimo vulgar. La sensación de los cuerpos apiñados en todo momento y la sofocante presión sería algo que Ginger no podría olvidar.

Muy mala experiencia.

—Te recuerdo que no trabajo para tí —dijo saliendo del club aliviada—, tus padres me confiaron prácticamente tu vida desde antes que pudieras pronunciar electroencefalografista.

—Que ridículo —Mia se rió con fuerza mientras entraba bruscamente al auto estacionado justo en la puerta—, eso no existe, lo inventaste.

—Hazme un favor y utiliza el diccionario por primera vez en tu vida. —Ginger subió al auto y comenzó a conducir poniendo la calefacción para que la joven malcriada no se resfriara.

Mia se puso comoda y notando a su alrededor encontró su maleta y abrigo que había dejado tirados en los camerinos del Gershwin. Se puso el abrigo con torpeza y recostandose en el respaldar acolchado sonrió con ligereza y dulzura al mirar por el espejo retrovisor a Ginger. Lo más acertado es que la había hecho correr con sus cosas por todo lado.

—¿Te he dicho cuánto te amo?

—Ay, no —Ginger maldijo apretando el volante—. No empieces con tu discurso de borracha, no es momento.

—Ya sé que estás molesta porque arruiné la racha de sobriedad, pero lo hice una vez, de seguro podré de nuevo.

—Entre eso y otras cosas será mejor que te alimentes, necesito que estés en todos tus sentidos —por un breve momento Ginger le pasó una bolsa de papel con un emparedado y una botella de agua de la guantera, su tono fué firme, no hubo una pizca de humor—. Te diré todo llegando a casa.

Mia tragó saliva y su cerebro reaccionó ante el miedo, parecía prepararse para una mala noticia, y sabía que no estaba lo suficientemente borracha como para no prestar atención a su alrededor. Era como si estuviera en la escuela otra vez y tuviera que entregarle a sus padres el boletín de calificación con materias reprobadas.

Al menos está vez nadie la golpearía.

Era "parcialmente" más libre que antes.

Su sufrimiento se agravó aún más cuando bajaron del auto y tomaron el ascensor del edificio en el parqueadero, Ginger no pronunció palabra alguna, se enfocó en escribir textos o algo así. Mia apretó los puños sintiéndo como una gota de sudor se formaba en su frente, odiaba demasiado las malas noticias, porque obviamente era una mala noticia, ya que cuando era buena el rostro de Ginger lo reflejaba.

Esta vez tenía las cejas fruncidas, la postura firme como soldado y los labios en una línea recta perfecta.

Mirando por las ventanas del ascensor panorámico Mia contempló la vista nocturna y parcial de la ciudad de Nueva York, siempre iluminada con colores dorados y platinados como dominantes, siempre ajena a la soledad de sus habitantes vacíos. A medida que subían maldijo vivir en el penthouse de uno de los edificios más altos de Manhattan.

Pero la vista, solo por eso vivía ahí.

Ginger bajó primero del ascensor y pasó la tarjeta por la puerta, no esperó a Mia y entró de inmediato, ni siquiera saludo al personal. Mia corrió en su detrás, un poco mejor después de comer saludó con cortesía al guardia y cerró la puerta detrás suyo.




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