NARRA: LYLIAN LORIEN
Todo había estado muy tranquilo durante los últimos cinco meses. Las sirvientas ya no hablaban de los rumores que circulaban por el palacio y, la verdad, eso era decepcionante. Ya no podría enterarme de nada de lo que se decía.
Y, aparte de eso, aunque ya podía caminar, lo frustrante era que cuando hablaba la mayoría no me entendía, y eso nunca me había gustado. En vidas pasadas me molestaba conmigo misma porque intentaba hablar y nunca podía hacerlo bien. En esta vida me estaba pasando otra vez.
Por eso odiaba los primeros meses, o incluso los primeros años, de la reencarnación.
Mientras me frustraba conmigo misma, Brietta apareció de la nada y me dijo:
—Lyli, vamos al jardín con mamá.
—Está bien, Bietta.
Ella me tomó de la mano y caminamos hacia el jardín, rumbo a la capilla que estaba en medio de este. Allí vi a mi madre, Luciana, con el rostro cansado. Llevaba un vestido lila suelto, el cabello también suelto y ligeramente estilizado. Además, tenía una manta sobre las piernas.
Apenas Brietta la vio, corrió hacia ella. Yo me quedé quieta en mi lugar. Mientras Brietta la abrazaba, mi madre me miró con una expresión agotada y me dijo:
—Ven, Lyli, acércate.
Y no sé por qué, de la nada, mi cuerpo se movió solo. Empecé a correr hacia ella mientras lloraba. No comprendía por qué estaba llorando. No podía detenerme. No entendía qué me ocurría. Era algo muy extraño, pero sentía un nudo en el pecho, un dolor profundo, y no sabía la razón.
De pronto tropecé con una piedra y caí al suelo, quedándome ahí entre lágrimas.
Cuando mi madre y mi Brietta se dieron cuenta, se alarmaron. Whitney corrió hacia mí, pero una voz masculina la detuvo.
—Detente. No la cargues.
Ella se quedó inmóvil. Su rostro palideció enseguida, pero obedeció e hizo una reverencia.
Alguien me levantó en brazos. Era el emperador, mi padre. Me sorprendió verlo; no lo veía desde hacía meses.
Y lo primero que me dijo no fue “feliz cumpleaños atrasado” ni “¿por qué lloras?”, sino:
—¿Por qué haces tanto escándalo, mocosa?
Lo dijo mientras me acercaba a mi madre y me limpiaba las lágrimas.
Pero cuando se detuvo frente a ella, abrió los ojos con impresión. Me dejó a un lado, se arrodilló y tomó las manos de mi madre.
—¿Qué te pasó, Luciana? ¿Por qué estás tan delicada?
—Estoy bien, Benedict.
—No, no lo estás.
Lo dijo con un tono casi suplicante, desesperado, como si algo se hubiera roto dentro de él.
Entonces pasó algo que nos sorprendió a Brietta, Whitney, Edmund y a mi. Benedict Lorien, emperador del Imperio Lorien, el imperio más poderoso de todos. El hombre conocido por no tener sentimientos… estaba llorando mientras sostenía las manos de mi madre.
El ambiente se volvió demasiado pesado. Edmund y Whitney se dieron cuenta de que algo iba a suceder, así que actuaron de inmediato. Edmund me cargó en brazos, Whitney tomó a mi hermana de la mano y nos sacaron de allí lo más rápido posible.
Cuando llegamos a las habitaciones, nos dejaron dentro. Whitney nos cambió de ropa y acomodó todo en silencio. Después nos arropó en la cama para que durmiéramos.
Salió afuera para hablar con Edmund. Para entonces, Brietta ya se había quedado dormida.
Y fue ahí cuando entendí que, en cualquier momento, algo podía pasarle a mi madre. Tenía que prepararme. Pero, mientras tanto, debía disfrutar el tiempo que me quedaba con ella.
Y cuando llegara el momento… tendría que proteger a Brietta aunque ella fuera la hermana mayor, eso no importaba yo horita era la más madura así que la voy a proteger e intenar protegerme a mi misma.