En medio de una noche sin luna, un hombre corría desesperado por el bosque con el terror deformándole las facciones. Sus ojos, abiertos de par en par, suplicaban un auxilio que la densa oscuridad circundante no pretendía otorgar, mientras detrás de él, entre la maleza, un silbido veloz y cercano cortaba el aire con la violencia de un parpadeo. El cansancio extremo había entumecido sus extremidades y no llegó a comprender el significado de aquel sonido hasta que un ardor intolerable le pierced la pierna izquierda. El impacto lo derribó de golpe; rodó varios metros sobre un lecho de hojas secas y raíces retorcidas, ahogando un grito de agonía en la garganta antes de bajar la vista hacia su propio cuerpo para descubrir una flecha de madera oscura atravesada en su pantorrilla.
Aferró el astil con manos trémulas en un intento desesperado por arrancarla, pero el dolor resultante fue tan agudo que le nubló la vista y lo obligó a desistir. Con el aire saliendo de sus pulmones en soplos ásperos y el corazón retumbando con la fuerza de un de un tambor en la inmensidad del bosque, se arrastró a duras penas dejando un rastro húmedo sobre la tierra hasta alcanzar la base de un roble centenario. Allí se encajó contra el tronco rugoso para contener el aliento, buscando la protección de las sombras en una quietud implacable que pareció prolongarse durante segundos interminables, aguardando lo inevitable.
La tensa espera se quebró de forma violenta cuando el silencio fue sepultado por el choque del acero, gritos ahogados y el sonido sordo del metal hendiendo la carne de sus perseguidores. Con la misma rapidez con la que había estallado la tormenta, el bosque volvió a sumirse en una calma absoluta, pero esta vez el silencio se sentía mucho más denso, pesado y cargado de una amenaza invisible que helaba la sangre del fugitivo. Incapaz de soportar la incertidumbre por más tiempo, asomó la cabeza por el costado del tronco y barrió la penumbra con la mirada, forzando la vista para desentrañar lo que aguardaba entre la arboleda.
Fue entonces cuando distinguió la silueta de un hombre erguido entre las sombras; sostenía una espada de cuya hoja desenvainada se desprendían gotas oscuras que morían lentamente sobre la tierra húmeda. A sus pies yacían tres cuerpos inmóviles, retorcidos como despojos que el propio bosque se apresuraba a reclamar, mientras el guerrero permanecía estático, revelando una inquietante naturalidad, como si aquella carnicería no le hubiera exigido el menor esfuerzo. El herido contempló la escena paralizado por una mezcla de pánico y asombro reverencial, hasta que la comprensión lo alcanzó: aquel misterioso combatiente no era su verdugo, sino su salvación. Al saberse a salvo, la última chispa de resistencia que lo mantenía en pie se evaporó; sus rodillas cedieron, el mundo a su alrededor se desdibujó en sombras difusas y, justo antes de perder el conocimiento, una leve sonrisa cansada se dibujó en sus labios mientras pronunciaba un nombre con un hilo de voz:
—Kairn Arxgneis…
El sol apenas arañaba el horizonte cuando el hombre comenzó a despertar. Todavía con los párpados pesados, lo primero que percibió fue una inusual sensación de confort y calor; al respirar hondo, el aire ya no transportaba el hedor metálico de la sangre o el frío del miedo, sino el aroma seco y familiar de la madera quemada. Sin embargo, antes de poder disfrutar de esa calidez, una punzada brutal de dolor le recorrió cada músculo del cuerpo. Intentó moverse, pero la cabeza le dio vueltas de inmediato y sus extremidades apenas respondieron a sus órdenes, pesadas como si estuvieran hechas de plomo.
Abrió los ojos con lentitud para encontrarse con las llamas danzantes de una pequeña hoguera donde un par de pescados se asaban lentamente, despidiendo un olor que despertó un vacío doloroso en su estómago. Al otro lado del fuego, distinguió a su compañero sentado, con los brazos cruzados y la espalda recta, aparentando dormir. Sin embargo, la tensión sutil en sus hombros delataba que su descanso era solo una fachada, una guardia latente que podía romperse ante el menor susurro de peligro en el bosque.
Tenía el aspecto de un hombre que llevaba demasiado tiempo viviendo a la intemperie: una melena desordenada de rizos castaños, una barba descuidada que le ensombrecía la mandíbula y la piel clara endurecida por el sol y el viento. Pese a la rudeza de sus ropas, conservaba un porte altivo, la elegancia intrínseca de quien en otra vida había caminado por salones de mármol. Sin abrir los ojos, Kairn habló con una voz profunda que pareció disipar la bruma matutina:
—¿Cómo se siente la pierna, Zillas?
Zillas, aún desorientado por la bruma mental, arrastró la mirada hacia su propia pierna. Descubrió que la herida estaba limpia y envuelta en vendas firmes. La flexionó ligeramente con las pocas energías de las que disponía, midiendo el dolor sordo que persistía en la carne antes de dejar escapar un suspiro cansado.
—Está bien... tan bien como puede estar una pierna que ha servido de blanco de tiro.
Una débil mueca, que pretendía ser una sonrisa, asomó en su rostro. Kairn apenas esbozó un gesto con la comisura de los labios y asintió una sola vez, manteniendo los ojos cerrados. El silencio regresó entre ambos durante unos instantes, pesado y reflexivo, hasta que el guerrero decidió hablar con una solemnidad descarnada:
—Los miembros de la caravana no sobrevivieron. Nos superaban en número... y sabían perfectamente que yo viajaba con ustedes. Concentraron la mayor parte de sus fuerzas en contenerme mientras el resto daba cuenta del grupo.
Kairn abrió al fin los ojos y contempló el bosque, ahora teñido por los tonos dorados del amanecer. Su rostro permanecía impasible, pero el peso de sus palabras pareció enfriar el ambiente. Zillas bajó la cabeza, fijando la vista en sus propias manos temblorosas mientras su postura se hundía bajo el peso de la culpa.
—Dunne se interpuso para darme una oportunidad —confesó, con la voz quebrada—. Me compró el tiempo suficiente para huir... y eso fue lo único que hice: correr como un cobarde. Y ni de eso fui capaz, porque me alcanzaron de todos modos. Si no hubieras aparecido en ese instante, mi historia habría terminado ahí. Solo fue suerte.