La Vigilia del Rey Errante

Calma equivocada

La hoja mellada de la espada cortó el aire en un movimiento torpe, poco elegante. No había gracia ni precisión en el golpe, solo repetición. Zillas, con el rostro cubierto de sudor y la respiración agitada, balanceaba el arma una y otra vez, impulsado más por la frustración que por la disciplina.

A unos pasos, sentado sobre un tronco caído, Kairn alimentaba una fogata con trozos de leña seca. Observaba a Zillas en silencio, con los ojos entrecerrados y una expresión severa en la que se adivinaba una clara insatisfacción. Tras un leve suspiro, alzó la voz.

—Ya basta. Ven a comer. El pescado está listo.

Zillas se giró de inmediato. Una sonrisa amplia y sincera se dibujó en su rostro, delatando el alivio de abandonar aquellos movimientos que, en su mente, lo hacían parecer un estupido. Guardó la espada y se acercó tan rápido como su cuerpo cansado se lo permitió. Al llegar, se dejó caer al suelo.

—¿Cuándo me enseñarás de verdad? —protestó—. Ya pasó una semana y lo único que hago es blandir la espada como un tonto.

Kairn le tendió el pescado envuelto en una hoja grande y respondió sin mirarlo:

—Antes de enseñarte cualquier movimiento, debes acostumbrarte al arma. A su peso. A la distancia. Al control.

Hizo una breve pausa y añadió, con un cansancio apenas disimulado:

—Y, por lo que veo, todavía te faltan varias semanas antes de aprender algo útil.

Zillas frunció el ceño, claramente ofendido, aunque no dejó de comer. Levantó la mirada hacia Kairn, que ahora contemplaba el bosque con una expresión distinta: menos dura, casi melancólica. Al verlo así, a Zillas se le escapó una leve sonrisa. Dio otro mordisco al pescado y luego alzó la vista al cielo, donde las estrellas comenzaban a adueñarse de la noche.

El silencio se asentó entre ellos, roto solo por el chisporroteo del fuego. Zillas ya se había acostumbrado a esos silencios; incluso había aprendido a apreciarlos. Sin apartar la mirada del cielo, preguntó:

—¿Y tú? ¿Cómo aprendiste a usar la espada?
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Sé que ahora hay pocos que puedan desafiarte… pero ¿siempre fue así?

Kairn bajó la mirada hacia sus manos. Las observó como si no le pertenecieran del todo y luego se volvió hacia Zillas.

—En Selene, todos aprendemos a luchar —dijo—. La espada forma parte de nosotros desde que somos niños.
Asintió levemente y añadió:
—Y no, no siempre fue así.

Se giró hacia su espada, apoyada cerca del fuego, y en sus ojos pasó una sombra de nostalgia.

—Hubo alguien… hace mucho tiempo… a quien nunca pude superar.

Zillas se incorporó un poco, sorprendido.

—¿En serio? —preguntó—. ¿Quién fue esa persona a la que el Rey San… Kairn Arxgneis no pudo vencer?

La palabra quedó suspendida en el aire, incompleta pero suficiente. Despertó recuerdos que ardían y cortaban más profundo que cualquier hoja. El rostro de Kairn se endureció. Se puso de pie sin responder y comenzó a apagar la fogata con movimientos lentos y cuidadosos.

—Duerme —dijo al fin—. Ya es hora. Yo haré la primera guardia.

Zillas parpadeó, confundido por el brusco cambio.

—¿Cómo? Pero si todavía es temprano y no me dijiste quién era…
Se detuvo. Recordó la última vez que había usado aquel apodo. Tragó saliva y cambió de tema.
—¿No es mejor dejar la fogata encendida? Para que no se acerque algún animal… o algo más

Kairn recogió su espada. La sostuvo un instante, mirándola con pesar, y luego esbozó una pequeña sonrisa.

—¿Mejor? —repitió—. Llama demasiado la atención. Y lo último que queremos en este bosque es que alguien nos note.
Se volvió hacia Zillas.
—Duerme. Te despertaré cuando sea tu turno.

Zillas asintió en silencio y se acomodó para descansar, mientras la noche cerraba sobre ellos.

Con los primeros hilos de luz filtrándose entre las copas del bosque, Zillas seguía haciendo guardia. O, al menos, eso debía estar haciendo. La noche había sido larga y el cansancio terminó por vencerlo; dormía apoyado contra un tronco, con la espada descansando torpemente a su lado.

Un sonido áspero, quebrado, lo arrancó del sueño. Despertó sobresaltado, aún aturdido, y giró con torpeza hacia el origen del ruido. Del otro lado del, Kairn yacía tendido sobre el suelo, atrapado en una agitación silenciosa. Sus labios se movían sin formar palabras claras; su respiración era irregular, cargada de una angustia que no pertenecía al amanecer. Zillas se levantó de un salto y se acercó con cautela.

—Kairn… —lo llamó en voz baja, posando una mano sobre su hombro—. Despierta.

No hubo respuesta.

El cuerpo del hombre se tensó de pronto. En un movimiento seco y preciso, impropio de alguien recién despertado, Kairn rodó sobre sí mismo, desenvainó la espada y se incorporó de un salto. Sus ojos recorrían el entorno con fiereza, como si el bosque entero fuese una amenaza latente.

Durante un segundo eterno, el acero quedó suspendido en el aire. Solo entonces reparó en Zillas. El joven lo observaba inmóvil, con los ojos esmeralda abiertos de par en par, una mezcla de miedo y desconcierto endureciendo su expresión. Kairn tardó un instante más en reconocer el presente. Cuando lo hizo, bajó lentamente la espada.

Zillas lo observaba en silencio, con los ojos esmeralda fijos en él, aún cargados de miedo. Finalmente habló:

—Ya amaneció.

Lo dijo restándole importancia a lo ocurrido, aunque no pudo evitar preguntarse por aquella expresión que nunca antes había visto en Kairn.

Este, ya más dueño de sí, permaneció unos segundos observando a su compañero. Luego apartó la mirada y comenzó a recoger sus cosas.

—Movámonos —dijo al fin—. Desayunaremos de camino.

Zillas intentó replicar, pero Kairn ya avanzaba entre los árboles. Resignado, recogió su equipo y aceleró el paso hasta quedar unos pasos detrás. Caminaron en silencio durante un buen tramo, envueltos en ese mutismo que ya se había vuelto habitual entre ellos, hasta que el aburrimiento —o quizá la necesidad de romper la tensión— venció a Zillas.




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